& 6. Los Salazar Suarez - Crónicas de una Familia ‘Rica’ de Mentiras

Capítulo 6

Crónicas de una familia «rica» de mentiras

Bajo el cielo ancho de Dinamarca vivíamos los Salazar Suárez en un curioso limbo entre la riqueza y la pobreza. Éramos, como murmuraban los vecinos con una mezcla de envidia y lástima, «ricos de mentiras»: dueños de un reino hecho de sueños y ganado prestado, sobre una tierra que no era nuestra pero que queríamos como a la propia piel. Vivíamos a la sombra de don Delio Yepes —hacendado y patriarca de una de las familias más nombradas de Granada—, una sombra de terciopelo gastado que protegía y, al mismo tiempo, ahogaba un poco.

Ocupábamos la más antigua de las tres casonas de la hacienda, cada una con su carácter y sus manías, y las tres unidas por una peculiaridad que hoy parece increíble: ninguna tenía sanitario. Las necesidades más básicas se resolvían con una naturalidad que ahora me asombra. El campo era nuestro baño, y los árboles frutales, nuestros confidentes. Nos veían llegar con paso apurado y regresar con el alivio dibujado en la cara, como si entendieran que la vida humana también tiene sus urgencias.

Con el tiempo llegué a sospechar que aquellos árboles sabían de nosotros más que cualquier vecino: habían visto nuestras carreras al amanecer, nuestras visitas al atardecer y los debates filosóficos que alguno intentaba sostener mientras cumplía con el deber. Quizá por eso sus frutos eran los más dulces y abundantes de toda la comarca: crecían nutridos por una mezcla imposible de tierra fértil y secretos de familia.

Allí el tiempo corría al paso de las cosechas, y mi padre corría con él. Cada día, antes de que cantaran los gallos, se levantaba como quien acude a una cita que nadie más oía. Se calaba el sombrero gris, deshilachado de tantas jornadas, y salía hacia los surcos de maíz y plátano. Los que todavía estábamos envueltos en el sueño lo veíamos desde la ventana. Sus pies descalzos —más raíces que pies— se hundían en la tierra húmeda, y a esa distancia ya no se sabía dónde terminaba él y dónde empezaba el suelo que nos daba de comer.

Volvía en las tardes doradas, oliendo a tierra, con los ojos cansados pero encendidos, como quien le ha ganado a la dureza de vivir por lo menos un día más.

—¿Ya comieron? —preguntaba al entrar, con su voz ronca—. No se me vayan a dormir sin echarle algo al estómago.

—Sí, papá —respondíamos al unísono, aunque a veces fuera mentira.

Mi madre sostenía la casa con una fortaleza que parecía brotarle de la tierra misma. Tenía los ojos claros y unas manos que sabían de todo: curaban con ungüentos de hierbas, preparaban sancochos que olían a hogar y estiraban cada peso como si fuera de caucho.

—Esta semana no hay mucho —decía, mientras revolvía la olla—. Pero con un poco de arroz, un huevo y mucho cariño, hasta las piedras se vuelven comida.

La llegada de don Delio alteraba el ritmo de los días. El dueño de nuestro pequeño imperio de cartón aparecía en el horizonte montado en una mula tan grande como su apellido. Alto como un guamo, obeso y entrado en años, se erguía sobre la montura como un monarca en trono ambulante, a medio camino entre lo solemne y lo cómico, con la barriga meciéndose al paso del animal. Bajo el sol se secaba la frente con un pañuelo descolorido, mientras sus ojos pequeños y astutos buscaban a lo lejos una sola figura: la de mi hermano Gilberto.

—¡Gilberto, muchacho! —tronaba—. ¿Cómo va mi ganado? ¿Las vacas están gordas?

—Gordas y contentas, don Delio —respondía Gilberto, acercándose con su sonrisa de medio lado—. Como si supieran que usted viene a visitarlas.

—Eso me gusta oír —reía don Delio, y la barriga se le sacudía entera—. Esta finca es tan tuya como mía, muchacho. Lo que necesités para el ganado, pedímelo.

Porque si don Delio era el dueño en los papeles, quien reinaba de verdad en Dinamarca era Gilberto. Conocía la hacienda hasta en sus rincones más discretos, y la confianza que el viejo le tenía era absoluta. Los pocos días que don Delio pasaba en la finca se le iban en conversar con él y en oírle el parecer. Gilberto decidía y mandaba con una autoridad que le venía, a partes iguales, de conocer la tierra y de saberse creído.

Con los animales tenía un entendimiento que nadie le enseñó. Caminaba entre el ganado como uno más de la manada, y su voz se mezclaba con los mugidos como si hablaran el mismo idioma.

—Vaca, vaca, no te me vayás a poner brava —le decía a una novilla nerviosa—. Yo no te voy a hacer nada. Solo quiero que te dejés ordeñar.

Y la vaca, como si entendiera, bajaba la cabeza y se quedaba quieta. Mandaba en la hacienda entera y se cobraba el mando en espuma, con su jarro de leche tibia: por algo era «el patrón bebe leche».

Mi padre miraba todo aquello desde su orilla, entre el asombro y la resignación. Don Delio llegaba preguntando por Gilberto, no por él. De su afición a la botella no se hablaba en casa, y el triunfo del hijo —sin que nadie lo dijera— le dolía un poco: en los surcos seguía mandando él, pero la hacienda ya obedecía a otro.

—Ese hombre duerme tranquilo —decía— porque Gilberto le cuida hasta los sueños.

Gilberto tenía, además, aire de galán de folletín, y un éxito con las mujeres que rozaba lo mitológico. Lo querían por igual los peones y las damas de sociedad que a veces visitaban la hacienda. Montado en su caballo Blanquito, sus correrías llegaban hasta San Carlos y Granada, y dejaban a su paso historias de amor y desengaño que luego se contaban junto al fuego.

—¿Y esa morena de San Carlos? —le preguntaba algún peón, con sonrisa pícara.

—Esa es historia vieja, compadre —respondía Gilberto, ajustándose el sombrero.

—Usted sí es un peligro, patrón. Lo conocen las mujeres de media Antioquia.

—Ellas me conocen y yo las conozco —decía, guiñando un ojo—. Pero el que se las lleva, se las aguanta.

Puertas adentro mandaba otra autoridad. Doña Genoveva Osorno, la partera que asistía a mi madre, venía a quedarse por largas temporadas: llegaba para un parto y seguía después, semanas enteras, ayudando en los oficios de la casa. Era una mujer menuda, con mirada de águila y voz de trueno, capaz de convertir nuestro bullicio en un cuartel. Hasta Gonzalo, el mayor de los varones, se encogía delante de ella. Mi madre —quizá por agotamiento, quizá por una sabiduría que apenas ahora empiezo a entender— le había cedido plenos poderes para contener el caos, y doña Genoveva los ejercía con cariño rudo y justicia instantánea.

—¡A la cama todos! —gritaba, y la voz le rebotaba en las paredes de tapia—. ¡Y no quiero oír ni un susurro!

Yo, que era de genio vivo y rabieta fácil, conocí de primera mano sus métodos. Cuando me daba por patalear o por desafiarla, no perdía tiempo en discursos: me agarraba del brazo, me metía al pozo del lavadero y me echaba poncheradas de agua hasta que se me enfriara el carácter.

—¿Ya se te pasó la rabieta? —preguntaba, con las manos en las caderas.

—S-sí, doña Genoveva —tartamudeaba yo, tiritando.

—Pues entonces a la cama. Y que no se repita.

No sé si era castigo, remedio o bautizo, pero funcionaba. Salía de allí más calmado, más dócil y, según ella, «con el demonio espantado».

No todo en mí era rabieta. Cerca de la casa, entre arrayanes floridos, había un pequeño lago de aguas plateadas. Un día, movido por una curiosidad que rozaba la malicia, atrapé allí un patito amarillo con un anzuelo improvisado y un grano de maíz. Pero al verlo forcejear, indefenso, algo se me apretó por dentro. Con las manos temblando lo solté de vuelta al agua, y me quedé un rato mirando cómo se alejaba, liviano otra vez.

De esas cosas estaba hecha nuestra fortuna de ricos de mentiras: un jarro de leche tibia, una mula grande como un apellido, un patito que se alejaba sin rencor. Lo sabíamos, y no nos importaba. Lo que todavía no sabíamos era cuánto podía durar una sombra prestada.

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Comentarios

  1. Hombe Abel que cronica tan espectacular , tan amena …tan…..genial!

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  2. Al leer tu relato familiar, sólo tengo admiración por tan excelente forma de hacerlo. La verdad te felicito, no sólo por el estilo sino por toda la historia familiar tan pintoresca que logra absorver y a la vez deleitar con tan agradable historia.
    Muchas gracias por compartirlo. Beatriz

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  3. Me encuentro muy motivado y expentante de leer tu maravilloso libro… he reido mucho

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