CAPÍTULO 1 —* ENTRE SURCOS Y SUEÑOS

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Capítulo 1

— ENTRE SURCOS Y SUEÑOS

[Hay una fotografía que nadie tomó. No existe en ningún cajón ni en ningún álbum, y sin embargo la veo con más nitidez que cualquier retrato verdadero: mi padre, descalzo, de espaldas al amanecer, su silueta recortada contra la luz tierna de los cafetales aún en penumbra. La recuerdo así, incompleta. Tal vez porque lo que no alcanzamos a guardar a tiempo solo puede vivir como un fantasma suave en la memoria —y los fantasmas, a diferencia de las fotografías, nunca se destiñen.]


En el kilómetro cinco, antes de que el camino se retorciera entre las montañas rumbo a San Carlos, quedaba la Hacienda Dinamarca. Allí, en ese claro de tierra fértil y aire limpio, empezó a escribirse la parte de la historia que nos tocó vivir. Don Delio Yepes, hombre próspero de Granada, había comprado aquellas tierras en los años treinta sin saber que ese acto aparentemente sencillo —una firma, un lote, un amanecer cualquiera— terminaría marcando el destino de varias generaciones. Así funciona la vida: sus decisiones más silenciosas son las que más pesan.

Fue entonces cuando mi padre, Juan Salazar —Don Juano, como lo nombraban en aquellas tierras—, nacido en 1912 en alguna vereda perdida entre Santuario y Granada, inició su camino junto a Don Delio. Lo que empezó como un trabajo más se convirtió en una travesía de lealtad y constancia que se extendió por casi cuatro décadas: un río fiel a su cauce, avanzando sin ruido pero sin desviarse jamás.

Don Juano no era un hombre de discursos. Era de manos. Manos callosas que contaban, sin palabras, historias de madrugadas frías y atardeceres ardientes, de cosechas abundantes y sequías que ponían a prueba la paciencia del más entero. Conocía la tierra como se conoce a una persona vieja: sus caprichos, sus generosidades, sus silencios. Por eso Don Delio no lo veía solo como un trabajador, sino como el guardián tácito de todo lo que la hacienda era.


Pero la vida, que rara vez consulta antes de actuar, decidió complicarle el camino.

Mi padre enviudó joven, con seis hijos pequeños y una finca que no esperaba por nadie. Rosalba, la menor de ese primer capítulo, apenas daba sus primeros pasos cuando la casa quedó sin la voz de su madre. En esas circunstancias, fue Mama Julita quien tomó cartas en el asunto. Madre de Rosa Tulia —la primera esposa— y también de Otilia, Mama Julita era de esa estirpe de mujeres antioqueñas que resolvían tragedias con la misma calma con que se remienda un costal: sin aspavientos, sin demora y con hilo doble.

Desde Granada, y casi como quien manda un refuerzo para una cosecha difícil, envió a Otilia "a ayudarle a Don Juano mientras se organizaba".

La ayuda, como era de esperarse, terminó organizándose sola.

Así, sin discursos ni novelas, mi padre encontró el amor por segunda vez —y, hay que decirlo, dentro de la misma familia. Porque Otilia era cuñada suya. Hermana de su primera esposa. Lo cual, visto con los ojos de hoy, podría parecer un enredo, pero en aquellas tierras y en aquellos tiempos era, más bien, una solución práctica: la familia se conocía, la confianza ya estaba sembrada, y los niños no tendrían que acostumbrarse a una desconocida.

La boda fue modesta, como correspondía al carácter de mi padre. Don Juano llegó a la ceremonia con su mejor sombrero —ese que reservaba para los domingos y las ocasiones de importancia— pero sin zapatos. No por descuido ni por pobreza, sino porque los zapatos, a su modo de ver, eran un protocolo que le apretaba tanto el pie como la solemnidad el espíritu. El sombrero bastaba. Era un hombre de principios selectivos.

Otilia, por su parte, llegó vestida de novia. Con el mismo traje que su hermana Rosa Tulia había guardado doblado en el fondo de un baúl, como quien guarda algo que algún día podría volver a necesitarse. La tela olía a tiempo guardado, a alcanfor y a promesas viejas, pero quedaba bien. La vida en el campo enseña a no desperdiciar lo que todavía sirve, y un vestido de bodas es de esas cosas que no pierden su propósito con el uso ajeno.

El detalle más elocuente de aquella transición, sin embargo, no fue el traje ni el sombrero ni la ausencia de zapatos. Fue el calendario. Entre Rosalba —la última hija del primer matrimonio— y Leticia —la primera del segundo— el tiempo transcurrido fue tan breve que el pueblo no alcanzó a terminar de murmurar una cosa cuando ya tenía material para la siguiente. Don Juano no era hombre de duelos prolongados. Tenía una finca que atender, seis hijos que criar y una vida entera por delante. El luto se lo llevó el viento de las cordilleras, y punto.

De ese segundo matrimonio brotamos Leticia, Rocío, yo —Abelardo, Pelusa para quienes me conocieron antes de que yo mismo supiera mi nombre—, Francisco, Martha, María Edilma, Nohemí y el benjamín, Fabio. Un árbol genealógico frondoso, sí, pero perfectamente lógico para la época: cuando la vida apretaba, las familias se arreglaban entre ellas. Y la nuestra, hay que decirlo, se arregló con notable eficiencia.


Entre los personajes que adornaban nuestra constelación familiar, sobresalía Gilberto, mi hermano de espíritu apacible y mirada serena, conocido por todos como el patrón bebe leche. Su apelativo era más que un mote: era la descripción exacta de un ritual. Con el primer resplandor del alba, Gilberto cruzaba el corral, saludaba a las vacas con voz pausada —como quien saluda a viejas amigas que nunca fallan— y vertía la leche recién ordeñada en su jarro de barro. La absorbía despacio, con la calma de alguien que no necesita apurarse porque ya sabe adónde pertenece.

Desde niño, Gilberto había aprendido a descifrar los gestos de los animales como si fueran palabras escritas en otro idioma —uno más antiguo que el español y más honesto que muchos de los que circulaban por el pueblo. Don Delio lo sabía, y por eso lo veía no como un ayudante sino como un guardián legítimo de la hacienda. Gilberto no hablaba mucho. Pero los animales le respondían, y eso, en el campo, equivale a una elocuencia considerable.


Mi propia historia comenzó un 19 de marzo de 1952, día de San José. El sol bañaba los cafetales con esa luz particular de la mañana antioqueña —no el oro brillante del mediodía, sino algo más suave, más parecido al color de la panela recién colada. Doña Genoveva, la matrona que me recibió entre sus manos expertas, me miró un momento con esa seriedad de quien acaba de leer algo en el aire y declaró: Este niño tiene la fuerza de la tierra y el espíritu del viento. No sé si fue profecía o costumbre. Pero algo de eso me ha acompañado.

La vida en la hacienda tenía su propia música, hecha de cosas concretas: el aroma del chocolate en la cocina de leña, el olor húmedo de la tierra recién regada, el ruido del trapiche cuando la molienda estaba en marcha. La huerta nos rodeaba con naranjos, mandarinos, plátanos y papayos que eran, a la vez, despensa y escenario de juegos. Los límites entre lo útil y lo bello no existían allí. Todo era las dos cosas.


Los recuerdos más nítidos de mi niñez comienzan siempre de la misma manera: en la oscuridad previa al amanecer, cuando mi madre Otilia preparaba el termo de café con leche para mi padre. Era un gesto nocturno, casi secreto, que se transformaba en regalo de madrugada: el café se mantenía caliente, la nata de la leche se posaba en la superficie y le daba un sabor que yo no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte. Quizás porque los sabores de la infancia no están hechos de ingredientes sino de circunstancias.

Yo me despertaba junto a mi padre en esas horas en que el mundo todavía no ha decidido si va a seguir o no. Éramos los dos solos, en el silencio cómplice del amanecer, compartiendo el café como si fuera algo sagrado. No hablábamos mucho. No hacía falta. Había entre nosotros esa clase de quietud que solo existe entre personas que se conocen bien o entre personas que aún no se conocen del todo pero ya se quieren.

Después de ese primer café, mi padre se preparaba para recibir a los trabajadores del corte. La hacienda comenzaba entonces a vibrar con una energía diferente: voces, pasos, herramientas, el olor del sudor mezclado con el de la tierra. Mientras tanto, Gilberto orquestaba el ordeño en los establos con su serenidad característica, y nosotros, los más pequeños, nos convertíamos en sus ayudantes entusiastas, aprendiendo los secretos del ganado bajo una paciencia que nunca se le agotaba.

El calendario de la hacienda lo marcaban las cosechas: maíz, café, plátano, naranjas. Pero había un evento que tenía categoría propia: la molienda. En una ramada dispuesta especialmente para ese fin, el trapiche procesaba la caña con la ayuda de una rueda enorme que movía el agua de la quebrada. Era una ingeniería sencilla y poderosa, como suelen ser las mejores soluciones. El jugo dorado corría, espesaba, tomaba forma de panela. Nosotros mirábamos sin entender del todo el milagro, que es probablemente la mejor manera de presenciar un milagro.

Los domingos tenían su propia liturgia. Mi padre iba al mercado —nunca faltaba— y después, una vez cumplidas las transacciones y compras necesarias, se quedaba un rato con sus amigos del pueblo, compartiendo cervezas y el tipo de conversación que solo existe entre hombres que han trabajado la misma tierra y se conocen sin necesidad de explicarse. Era su manera de pertenecer a algo más grande que la hacienda.

El mundo más allá de nuestra finca terminaba, en aquella época, en un punto del camino que todos llamaban La Quiebra —ese lugar intermedio entre Granada y San Carlos donde la carretera se rendía y el resto del viaje había que hacerlo a pie o a caballo. Ese límite no nos pesaba. Al contrario, le daba a cada salida la textura de una aventura y a cada regreso el sabor de un reencuentro.


La extensión de la Hacienda Dinamarca parecía no tener bordes para los ojos de un niño. Desde la casa se veían mundos distintos: el trapiche activo, los establos, los cafetales que cambiaban de color con las estaciones, y más allá, las montañas que guardaban todo aquello como paredes de una casa muy antigua. Me veo corriendo descalzo por esos potreros, mis pies aprendiendo de memoria cada piedra, cada hondonada, cada recoveco de aquella tierra que nos quería sin condiciones.

Las mariposas pasaban entre las flores de manzanilla que crecían sin pedirle permiso a nadie en los bordes de los cultivos. Ese olor —intenso, limpio, con algo de dulce y algo de amargo— me devuelve todavía, cuando aparece de improviso en algún parque o jardín lejano, a ese tiempo en que la infancia era un estado permanente y cada día empezaba con la certeza de que algo bueno iba a ocurrir.


Hoy, en las noches tranquilas de la ciudad, cuando el cielo me regala algunas estrellas entre el humo y las luces artificiales, siento una mezcla difícil de nombrar: paz y extrañeza, gratitud y algo parecido a la nostalgia, aunque no exactamente eso. Miro el firmamento y pienso que esas estrellas podrían ser los ojos de los que ya no están: mi padre con su figura madrugadora y sus pies descalzos sobre la tierra que conocía como la palma de su mano, mi madre con sus manos que convertían el desayuno en una ceremonia sin proponérselo, y todos los demás que compartieron aquellos días que ahora solo existen en mí.

El tiempo sigue su curso. Eso ya lo sé. Pero me aferro a la convicción de que algo de aquellos días permanece —no como reliquia ni como lamento, sino como raíz. En cada amanecer, en cada aroma de tierra húmeda, en cada taza de café con nata, vive algo de la Hacienda Dinamarca. Un lugar donde aprendimos, sin que nadie nos lo enseñara explícitamente, que el paraíso no estaba en ningún lugar lejano. Estaba ahí, entre surcos y sueños, entre montañas y familia, sostenido por el trabajo de manos que ya no están y por la memoria de los que todavía recordamos.

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Queridos amigos:

Al llegar al final de este capítulo, quiero expresar mi más sincero agradecimiento por formar parte de mi vida y acompañarme en este viaje literario. Los invito a sumergirse en estas páginas con el mismo cariño con el que las escribí y a compartir sus pensamientos, anécdotas y reflexiones con sus seres queridos. Sus historias son un valioso complemento a las mías, y nada me alegraría más que saber que estas memorias han tocado su corazón de alguna manera.

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Con todo mi afecto y gratitud,
Abelardo Salazar

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