***CAPÍTULO 1 —* ENTRE SURCOS Y SUEÑOS

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Capítulo 1

— ENTRE SURCOS Y SUEÑOS

La Hacienda Dinamarca

[Esta mañana, en Montreal, dejé hervir la leche sin querer. La nata se pegó al borde de la olla y la despegué con el dedo, como a los cinco años, antes de saber que ese gesto era ya una forma de memoria. El sabor no era el mismo. Nunca es el mismo. Pero bastó para que la cocina se llenara de otro aire, para que el invierno de afuera retrocediera un poco, y yo volviera —sin moverme de esta silla— al kilómetro cinco del camino que se torcía entre las montañas rumbo a San Carlos.]

Allí quedaba la Hacienda Dinamarca. En ese claro de tierra fértil y aire recién estrenado empezó a escribirse la parte de la historia que nos tocó vivir. Don Delio Yepes, hombre próspero de Granada, había comprado aquellas tierras en los años treinta sin sospechar que un acto tan sencillo —una firma, un lote, un amanecer cualquiera— iba a decidir el rumbo de varias generaciones. Las decisiones que más pesan casi nunca hacen ruido al caer.

Fue entonces cuando mi padre, Juan Salazar —Don Juano, como lo llamaban en aquellas tierras—, nacido en 1912 en alguna vereda perdida entre Santuario y Granada, empezó a trabajar junto a Don Delio. Lo que comenzó como un jornal cualquiera duró casi cuarenta años. No hubo juramentos ni contratos solemnes: hubo madrugadas. Una detrás de otra, sin faltar, hasta que la constancia se volvió indistinguible del paisaje.

Don Juano no era hombre de discursos. Era de manos. Manos callosas que contaban, sin palabras, historias de madrugadas frías y tardes de sol bravo, de cosechas generosas y sequías que ponían a prueba la paciencia del más entero. Conocía la tierra como se conoce a una persona vieja: sus caprichos, sus generosidades, sus silencios. Por eso Don Delio no lo veía como un trabajador más, sino como el guardián tácito de todo lo que la hacienda era.

Pero la vida, que rara vez consulta antes de actuar, decidió complicarle el camino.

Mi padre enviudó joven, con seis hijos pequeños y una finca que no esperaba por nadie. Rosalba, la menor de aquel primer capítulo, apenas daba sus primeros pasos cuando la casa se quedó sin la voz de su madre. Fue entonces Mamá Julita quien tomó cartas en el asunto. Madre de Rosa Tulia —la primera esposa— y también de Otilia, era de esa estirpe de mujeres antioqueñas que resolvían las tragedias con la misma calma con que se remienda un costal: sin aspavientos, sin demora y con hilo doble.

Desde Granada, casi como quien manda un refuerzo para una cosecha difícil, envió a Otilia "a ayudarle a Don Juano mientras se organizaba".

La ayuda, como era de esperarse, terminó organizándose sola.

Así, sin noviazgos de novela, mi padre encontró el amor por segunda vez, y dentro de la misma familia, hay que decirlo: Otilia era su cuñada, hermana de su primera esposa. Visto con ojos de hoy podría parecer un enredo; en aquellas tierras y en aquellos tiempos era, más bien, una solución sensata. La familia ya se conocía, la confianza estaba sembrada, y los niños no tendrían que acostumbrarse a una desconocida.

La boda fue modesta, como correspondía al carácter del novio. Don Juano llegó a la ceremonia con su mejor sombrero —el que reservaba para los domingos y las ocasiones grandes— pero sin zapatos. No por descuido ni por pobreza: los zapatos, a su modo de ver, eran un protocolo que le apretaba el pie tanto como la solemnidad le apretaba el espíritu. El sombrero bastaba. Era un hombre de principios selectivos.

Otilia llegó vestida de novia. Con el mismo traje que su hermana Rosa Tulia había guardado doblado en el fondo de un baúl, como se guardan las cosas que algún día podrían volver a necesitarse. La tela olía a alcanfor y a tiempo detenido, pero quedaba bien. La vida en el campo enseña a no desperdiciar lo que todavía sirve, y un vestido de bodas es de esas prendas que no pierden su propósito por haber cumplido ya el de otra.

El detalle más elocuente de aquella transición no fue el traje, ni el sombrero, ni los pies descalzos. Fue el calendario. Entre Rosalba —la última hija del primer matrimonio— y Leticia —la primera del segundo— pasó tan poco tiempo que el pueblo no alcanzó a terminar un murmullo cuando ya tenía material para el siguiente. Don Juano no era hombre de duelos largos. Tenía una finca que atender, seis hijos que criar y los días contados, como los tiene cualquiera. El luto se lo llevó el viento de las cordilleras, y no se volvió a hablar del asunto.

De ese segundo matrimonio brotamos Leticia, Rocío, yo —Abelardo, Pelusa para quienes me conocieron antes de que yo mismo supiera mi nombre—, Francisco, Martha, María Edilma, Nohemí y el benjamín, Fabio. Un árbol frondoso, sí, pero perfectamente lógico para la época: cuando la vida apretaba, las familias se arreglaban entre ellas. La nuestra se arregló con una eficiencia que todavía admiro.

Entre las figuras de aquella constelación familiar sobresalía Gilberto, mi hermano de espíritu apacible, conocido en la hacienda como el patrón bebe leche. El apodo no era una burla: era la descripción exacta de un rito. Con el primer resplandor del alba, Gilberto cruzaba el corral, saludaba a las vacas con voz pausada —como quien saluda a viejas amigas que nunca fallan— y vertía la leche recién ordeñada en su jarro de barro. La bebía despacio, con la calma de quien no necesita apurarse porque ya sabe adónde pertenece.

Desde niño había aprendido a descifrar los gestos de los animales como si fueran palabras escritas en un idioma más antiguo que el español y más honesto que muchos de los que circulaban por el pueblo. Don Delio lo sabía, y lo trataba no como ayudante sino como guardián legítimo. Gilberto hablaba poco. Pero los animales le respondían, y eso, en el campo, equivale a una elocuencia considerable.

Mi propia historia comenzó un 19 de marzo de 1952, día de San José. El sol bañaba los cafetales con esa luz particular de la mañana antioqueña: no el oro encendido del mediodía, sino algo más suave, del color de la panela recién colada. Doña Genoveva, la matrona que me recibió entre sus manos expertas, me miró un instante con la seriedad de quien acaba de leer algo en el aire y declaró: «Este niño tiene la fuerza de la tierra y el espíritu del viento». No sé si fue profecía o costumbre. Pero algo de eso me ha acompañado, y a veces, en las madrugadas de este otro invierno, todavía lo escucho.

La vida en la hacienda tenía su propia música, hecha de cosas concretas: el aroma del chocolate en la cocina de leña, el olor húmedo de la tierra recién regada, el rumor del trapiche cuando la molienda estaba en marcha. La huerta nos rodeaba con naranjos, mandarinos, plátanos y papayos que eran, a la vez, despensa y escenario de juegos. Allí no existían los límites entre lo útil y lo bello. Todo era las dos cosas a la vez.

Mis recuerdos más nítidos empiezan siempre igual: en la oscuridad previa al amanecer, cuando mi madre preparaba el termo de café con leche para mi padre. Era un gesto nocturno, casi secreto, que se convertía en regalo de madrugada: el café se mantenía caliente, la nata se posaba en la superficie y le daba un sabor que no he vuelto a encontrar en ninguna parte. Quizás porque los sabores de la infancia no están hechos de ingredientes, sino de circunstancias.

Yo me despertaba junto a mi padre a esa hora en que el mundo todavía no decide si va a continuar. Éramos los dos solos, en el silencio cómplice del amanecer, compartiendo el café como algo que no se nombraba para no gastarlo. No hablábamos mucho. No hacía falta. Había entre nosotros esa quietud que solo existe entre personas que se conocen bien, o entre personas que aún no se conocen del todo pero ya se quieren.

Después de ese primer café, mi padre salía a recibir a los trabajadores del corte, y la hacienda empezaba a vibrar con una energía distinta: voces, pasos, herramientas, el olor del sudor mezclado con el de la tierra. Gilberto, mientras tanto, orquestaba el ordeño con su serenidad de siempre, y nosotros, los más pequeños, nos volvíamos sus ayudantes entusiastas, aprendiendo los secretos del ganado bajo una paciencia que no se le agotaba nunca.

El calendario de la hacienda lo marcaban las cosechas: maíz, café, plátano, naranjas. Pero había un acontecimiento con categoría propia: la molienda. En una ramada dispuesta para ese fin, el trapiche procesaba la caña con la ayuda de una rueda enorme que movía el agua de la quebrada. Era una ingeniería sencilla y poderosa, como suelen serlo las mejores soluciones. El jugo dorado corría, espesaba, se volvía panela ante nuestros ojos. Nosotros mirábamos sin entender del todo el milagro, que es, probablemente, la mejor manera de presenciar uno.

Los domingos tenían su propia liturgia. Mi padre iba al mercado —no faltó nunca— y después, cumplidas las compras y las transacciones, se quedaba un rato con sus amigos del pueblo, compartiendo cervezas y esa conversación que solo existe entre hombres que han trabajado la misma tierra y se conocen sin necesidad de explicarse. Era su manera de pertenecer a algo más grande que la hacienda.

El mundo, en aquella época, terminaba en un punto del camino que todos llamaban La Quiebra: ese lugar intermedio entre Granada y San Carlos donde la carretera se rendía y el resto del viaje había que hacerlo a pie o a caballo. El límite no nos pesaba. Al contrario: le daba a cada salida la textura de una aventura y a cada regreso el sabor de un reencuentro.

Para los ojos de un niño, la Hacienda Dinamarca no tenía bordes. Desde la casa se veían mundos distintos: el trapiche, los establos, los cafetales que cambiaban de color con las estaciones, y más allá las montañas, que guardaban todo aquello como las paredes de una casa muy antigua. Me veo corriendo descalzo por los potreros, los pies aprendiendo de memoria cada piedra, cada hondonada, cada recoveco de una tierra que nos quería sin condiciones.

Las mariposas cruzaban entre las flores de manzanilla que crecían sin pedirle permiso a nadie en los bordes de los cultivos. Ese olor —intenso, limpio, con algo de dulce y algo de amargo— todavía me asalta de improviso en algún parque lejano, y por un instante vuelvo a ese tiempo en que la infancia era un estado permanente y cada día empezaba con la certeza de que algo bueno iba a ocurrir.

[Esta noche el cielo de la ciudad me deja ver apenas unas pocas estrellas, entre el humo y las luces artificiales. Las miro y siento una mezcla que no he aprendido a nombrar: paz y extrañeza, gratitud y algo parecido a la nostalgia, aunque no exactamente eso. Pienso que podrían ser los ojos de los que ya no están: mi padre, madrugador y descalzo sobre la tierra que conocía como la palma de su mano; mi madre, cuyas manos convertían el desayuno en una ceremonia sin proponérselo; todos los que compartieron aquellos días que ahora solo viven en mí.]

El tiempo sigue su curso, y yo ya no discuto con él. Pero algo de aquellos días permanece —no como reliquia ni como lamento, sino como raíz. En cada amanecer, en cada olor de tierra mojada, en cada taza de café con nata, la Hacienda Dinamarca vuelve a existir un momento: el lugar donde aprendimos, sin que nadie nos lo enseñara, que el paraíso quedaba cerca, entre surcos y sueños, sostenido por el trabajo de unas manos que ya no están.

Mañana, cuando hierva la leche, volveré a mirar la nata un instante antes de retirarla. No sé todavía qué me va a decir.


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Queridos amigos:

Al llegar al final de este capítulo, quiero expresar mi más sincero agradecimiento por formar parte de mi vida y acompañarme en este viaje literario. Los invito a sumergirse en estas páginas con el mismo cariño con el que las escribí y a compartir sus pensamientos, anécdotas y reflexiones con sus seres queridos. Sus historias son un valioso complemento a las mías, y nada me alegraría más que saber que estas memorias han tocado su corazón de alguna manera.

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Con todo mi afecto y gratitud,
Abelardo Salazar

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