& 12 "Renacer en la selva de cemento: La Historia de los –Incaparinos–"
Capítulo 12
Renacer en la selva de cemento
La primera vez que llovió en Itagüí descubrimos que la casa de don Jesús Mejía tenía casi tantas goteras como tejas. Era una casa vieja, cansada de años, y cuando caía un aguacero el agua se colaba por el techo con un murmullo que terminamos por aprender de memoria. Aun así, cada gota nos recordaba lo que no habíamos tenido en semanas: un techo sobre la cabeza, aunque fuera prestado y aunque fuera de colador.
Los primeros días los pasamos con el piso por cama y la escasez por compañía. El cambio fue de un día para otro. Al amanecer ya no nos despertaban los pájaros sino el ruido de los camiones y ese pulso de la ciudad que no paraba nunca, ni de día ni de noche. Hasta lo más elemental tuvo que aprenderse otra vez. Del fogón de leña pasamos a un fogoncito eléctrico de un solo puesto, con unos resortes que se ponían rojos al calentar. Francisco, que siempre quiso saber cómo funcionaban las cosas, vio un día que los resortes no estaban rojos y les puso el dedo encima. Se llevó un buen quemón, y nosotros la lección sin tener que pagarla.
Con ese aparatico, el más ordinario de todos, mi madre se las arreglaba para darles de comer a doce bocas, una olla detrás de otra, con una fe que no le cabía en la cocina. La leche ya no salía de la vaca sino de una botella que traía el lechero, y mi madre, que no perdía el humor ni en las peores, la bautizó «leche de carro». Lo decía riéndose, pero en esa risa cabía todo lo que habíamos dejado atrás.
Por esos días se cruzó en su camino el doctor Úsuga, de San Carlos, que había atendido la llegada de Fabio. Conmovido por nuestra situación, le hizo una propuesta que solo podía nacer de la bondad: hacerse cargo del niño y criarlo él. Mi madre le agradeció el ofrecimiento y se negó en redondo. Ya habíamos perdido demasiado para perder también un hijo, aunque fuera para que viviera mejor. El doctor Úsuga entendió, y en lugar de insistir se convirtió en nuestra brújula: le indicó a mi madre dónde buscar atención médica, dónde vacunar a los pequeños y a qué puertas se podía tocar en busca de ayuda.
Don Jesús Mejía y su esposa, doña Suzana, que además de dueños de la casa eran nuestros vecinos, hicieron el resto. Por sugerencia suya, mi madre fue al Hospital San Rafael de Itagüí, y de allá volvió con una buena porción de leche en polvo, queso amarillo e incaparina. Fue el primero de muchos viajes.
Rocío, que ya vivía con nosotros, no tardó en descubrir que en la casa de al lado vivía Álvaro Monroy. Las monjas habían hecho su trabajo; la puerta de al lado hizo el suyo. Pronto fue su novio y, con el tiempo, su esposo.
La incaparina, la abuela de la bienestarina, se volvió la base de nuestra comida. Se repartía gratis a las familias pobres, y en nuestra casa se tomaba por la mañana, al mediodía y, cuando no había más, también por la noche. Con ella se calmaba el hambre, aunque no las burlas: en el barrio hubo quienes empezaron a llamarnos «los incaparinos». Lo decían para rebajarnos. Con los años, el apodo terminó siendo de las pocas cosas de esa época que recordamos con orgullo.
Mientras mi madre sostenía la casa, Gonzalo, el mayor de los varones, sostenía lo de afuera. La puerta que don Gustavo Yepes le había dejado entornada empezó a abrirse de verdad. Don Gustavo, el hijo heredero de don Delio, era hombre de recursos en Medellín: dueño de Transportes Yepes, una empresa de trasteos cuyos camiones fueron los primeros de su clase que se vieron en la ciudad, y de la mayoría de los buses del barrio Castilla, una flota que llevaba el mismo nombre. Sus buses los mandaba a reparar a Superbus, el taller de más renombre en el oficio, afiliado a la empresa canadiense Superior Coach. Quién nos iba a decir entonces que Canadá, ese nombre pintado en un aviso de taller, terminaría siendo el lugar desde donde yo escribiría estas páginas. Por intermedio de Gonzalo y de don Gustavo, Gilberto entró a trabajar en Superbus, y más tarde también Manuel.
Gonzalo, por su parte, se acomodó en Guayaquil, donde don Gustavo tenía un depósito de compraventa de café. Allá le tocó de bulteador: cargar y descargar camiones el día entero, con la espalda doblada bajo los sacos. Más de una vez fui a llevarle el almuerzo, y todavía me acuerdo de la impresión que me daba verlo trabajar así, entre el polvo y los gritos del mercado. A Alfonso, también con la ayuda de don Gustavo, le salió un puesto de carretillero, junto con un amigo suyo, en el Almacén Su Papá, una cacharrería de variedades en pleno Carabobo.
Eran trabajos de mala muerte, pero para nosotros fueron una victoria. Cada bulto que Gonzalo levantaba, cada bus que salía reparado del taller y cada carretilla que Alfonso empujaba por Carabobo era un plato más en la mesa.
Alfonso era el menor de los hijos del primer matrimonio de mi padre, y de todos los hermanos grandes era el que más se dejaba querer. Cada tarde esperábamos su regreso del trabajo, porque nunca llegaba con las manos vacías: siempre traía alguna sorpresa pequeña, un dulce, una chuchería, un cuento de la calle. En diciembre de 1965 se adelantó a la Navidad y nos repartió los aguinaldos: el primer balón que tuvimos en la vida, y muñecas para las hermanas menores. Para nosotros eran tesoros raros, de los que solo se ven en las vitrinas. Fue su último diciembre.
Ese año yo estaba en San Carlos. Mi madre tenía la costumbre de mandarnos en vacaciones donde algún pariente, para aliviar un poco la carga de la casa. Alfonso quería pasar la Navidad con su novia, que vivía allá, y de paso visitar la tumba de mi padre. En la madrugada del 25 de diciembre, cuando todavía quedaba en el aire el ruido de la Nochebuena, salió hacia el pueblo con Álvaro Monroy. Nunca llegó. Murió en un accidente de tránsito, en el camino. Venía hacia el mismo pueblo donde yo estaba, hacia la tumba de mi padre, y fue la noticia la que llegó en su lugar.
Cuando volví a Itagüí, mi madre me recibió con un abrazo en el que trataba de ahogar el llanto, el mismo abrazo con que nos habíamos despedido de mi padre dos años antes. La casa todavía estaba de luto: un altar con cirios encendidos, y los rezos de la novena por las tardes.
Yo no estuve en el velorio. Lo que pasó allí me lo contó, mucho tiempo después, Manuel González, un amigo de la familia de toda la vida. Esa noche llovió como si el cielo tuviera algo que decir, y las goteras de la casa, las mismas que habíamos aprendido a oír desde la primera noche, cayeron justo sobre el lugar donde velaban a Alfonso. Había que correr el féretro, secar, volver a acomodar las flores, y la lluvia no daba tregua. Manuel lo contaba bajando la voz, como quien todavía no se explica la puntería del agua. Al otro día escampó, y esa misma tarde enterramos a Alfonso en el cementerio de Itagüí.
Fue poco el tiempo que lo tuvimos en la ciudad, pero me dejó cosas que no se gastan. Una tarde de sol de 1965 nos llevó a Francisco y a mí al estadio, a ver a Nacional contra Tolima. Francisco y yo ya andábamos divididos, uno con el Medellín y el otro con Nacional, pero esa tarde gritamos juntos. De ahí nos quedó el fútbol para toda la vida. Y cada vez que lo pienso, en la tribuna sigue sentado Alfonso, entre los dos.
- 0 - ROLOGO Pinceladas de Recuerdos
- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir

Don Abel, tu conmovedor escrito, nos demuestra, la valentía de tu madre y el buen recuerdo que aunque con dificultades económicas, todo se supera con el amor familiar, considero que todos estos episodios lo hacen a uno más fuerte y a valorar cada día la unión familiar y el esfuerzo para salir adelante, cuando eras niño cuando te imaginabas que tu futuro fuera en el exterior y más aún en un país Como Canadá. Muy muy bueno tu relato.
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