&17 - Nostalgia y Desafíos

Capítulo 17

Nostalgia y Desafíos

Entré a cuarto de primaria con la ciudad todavía atravesada en la garganta. Los años anteriores habían sido un camino de piedras, de esos en que uno aprende a caminar mirándose los pies. Pero el año siguiente, el quinto, trajo uno de esos encuentros que cambian el paisaje por dentro, aunque uno solo lo note décadas después, cuando mira hacia atrás y descubre que allí empezó algo.

Se llamaba Dairo Giraldo Vélez. Era delgado, moreno, de nariz chata, y llevaba unos lentes redondos que le agrandaban los ojos hasta hacerlos parecer más despiertos que los de cualquiera. A escondidas, sus alumnos le pusimos «el murcielaguito». No era burla. Era más bien una forma de cariño, porque había en él algo de esos animales que ven en la penumbra lo que los demás no alcanzan a distinguir. Él nos veía así: en lo oscuro, donde nadie más miraba, encontraba lo que cada uno tenía para dar, incluso en los que parecíamos no tener nada.

Con él, el dibujo se volvió mi refugio, una ventana por donde la cabeza aprendió a respirar de otra manera. La historia dejó de ser una lista de fechas y se volvió un lugar al que se podía viajar. La geografía se convirtió en un mapa de lugares posibles, y las ciencias naturales en explicaciones del mundo que pisábamos todos los días. En mis dibujos me ponía siempre la misma nota: «5!», un cinco admirado. Esa calificación no existía en ningún reglamento. La inventó él, como si la escala de siempre se le quedara corta para medir el entusiasmo. Yo la recibía cada vez como quien recibe una medalla que solo existe en una casa.

Ese mismo año me nombró, junto con otro compañero, encargado de la tienda escolar. Lo sentí como un honor del tamaño del mundo. A la hora del recreo atendíamos por un ventanuco pequeño y vendíamos gaseosas, bizcochos negros, rollos y otras golosinas. Desde ese ventanuco aprendí a mirar a la gente: quiénes llegaban con hambre de verdad, quiénes contaban las monedas dos veces, quiénes compartían lo que compraban, quiénes escogían en silencio.

La reina de la tienda era la Kolcana. Bajo el corcho de la tapa, algunas traían escrito «Kolcana paga», una promesa de premio inmediato que nos aceleraba el pulso, como si la suerte nos debiera algo y por fin decidiera pagar. Desde mi puesto fui juntando una buena colección de tapas premiadas. Con ellas armé una pequeña economía de favores: las cambiaba por más gaseosas o se las daba a algún amigo, y así fui descubriendo, sin saberlo, que la lealtad también se compra con poco. Tampoco era cosa de devolverlas.

Pero el murcielaguito nos dio algo más que dibujos y gaseosas. En el último tramo del año nos preparó para la secundaria como quien entrega un mapa de un territorio que todavía no se ha pisado. Nos contó cómo eran los profesores del bachillerato, cómo calificaban, qué esperaban, en qué se fijaban. Nosotros lo oíamos sin entender del todo, pero esas advertencias se nos quedaron grabadas como instrucciones cifradas que algún día nos iban a servir.

Al terminar quinto, los cinco primeros puestos quedaban exentos del examen de admisión al bachillerato. Para mi sorpresa, y para mi alegría secreta, quedé de quinto. Nunca supe si fue por mérito, por simpatía o por pura suerte. Tal vez el murcielaguito, que veía en la penumbra, alcanzó a ver algo que yo todavía no veía. Me quedó una confianza frágil, de vidrio delgado, que iba a necesitar en los años que vinieron.

En 1967 entré al Liceo Enrique Vélez Escobar. Lo habían fundado en 1963 en el barrio San Pío X de Itagüí, pero cuando llegué funcionaba en una finca llamada La Navarra. La casona era vieja, de muros de adobe y corredores anchos, y tenía un aire señorial que hacía que el tiempo caminara más despacio. La primera vez que crucé su corredor sentí algo raro, como si la casa me reconociera. Me recordaba a la Hacienda Dinamarca de San Carlos, donde di mis primeros pasos. O quizá era yo quien la reconocía a ella, porque todos llevamos dentro una casa de la infancia que nunca fue tan perfecta como la recordamos.

Había una huerta para una materia que se llamaba «prácticas agrícolas», donde aprendimos que la paciencia también echa raíces. Había una piscina de cemento que nos salvaba del sol del mediodía. Y había una cancha de fútbol mal hecha y peor nivelada, donde, mientras durara el partido, nadie era más que nadie.

De La Navarra lo que más recuerdo es el primer recreo. Nos daban un pocillo grande de café humeante, pan fresco y queso amarillo. Era un gesto sencillo, pero para muchos de nosotros aquel desayuno a media mañana era el primero del día, y eso lo sabían los que lo servían. El café nos calentaba las manos y algo más adentro. Todavía hoy, cuando el olor del café me sorprende a media mañana, vuelvo por un instante a aquellos corredores.

Mi tiempo en La Navarra fue corto. En el segundo año de bachillerato el colegio se trasladó al barrio Santa María, y dejamos aquella casona como quien deja una casa de la infancia, sin saber que no iba a volver.

Los años siguientes fueron más ásperos. Las advertencias del murcielaguito servían, pero no alcanzaban para todo. La física y la geometría se me resistían. Entonces llegó 1972. El profesor Albeiro, que dictaba filosofía y psicología, reprobó a la mayoría del curso, y yo estaba entre ellos. Perdimos el año. El escándalo fue tal que terminó con la salida del rector, lo que nos dio, si no justicia, por lo menos la compañía de una injusticia reconocida.

Cargué esa derrota mucho tiempo, como una piedra en el bolsillo que uno toca sin querer a cada paso. Mientras otros recibían su diploma, yo me quedé mirando desde afuera, con la sensación de que el mundo me había dicho, sin levantar la voz, que no era suficiente.

Terminé el bachillerato de noche, cuando ya trabajaba. Llegaba al aula con el cansancio del día pegado a la ropa, me sentaba en los pupitres que otros habían ocupado por la mañana y abría los cuadernos bajo una luz amarillenta que zumbaba. Nadie me puso un cinco admirado. Ya no hacía falta: alguien, años atrás, me había enseñado a ver en la penumbra.

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