*** No 44 "Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir"
CAPÍTULO 44
Entre risas y lágrimas
Escribo de noche. La calle se ha vaciado y en el apartamento sólo queda el zumbido del refrigerador. Es el último capítulo y lo sé: la mano va más despacio.
A medida que avanzo en estas memorias me sorprendo riéndome de la vida que he vivido. No es una risa burlona. Es la risa de quien reconoce, tarde, el tamaño verdadero de las cosas: las desgracias que parecieron montañas se han vuelto colinas. Siguen ahí, pero ya les veo la cima.
De joven me prometía: «Dejaré una huella imborrable en el mundo». Lo decía en voz alta, y la frase me parecía justa. Hoy, frente a estas hojas, no sabría señalar dónde quedó esa huella. Sospecho que, si existe, cabe en muy pocas personas, y que ninguna de ellas lo sabe.
A veces, en mitad de una frase, no sé si estoy riendo o llorando. Me río de mis torpezas, de los miedos que no llegaron a cumplirse, de la seriedad con que sostuve opiniones que ya no defiendo. Y otras veces lloro sin aviso, por lo que no hice y por los que ya no están para decirme que exagero.
Menos mal que todavía somos capaces de llorar. Todos tenemos nuestros momentos de flaqueza, pequeñas grietas por donde se asoma lo que verdaderamente somos, y el llanto es una salvación discreta: una puerta que se abre justo cuando las otras se están cerrando. Me ocurre seguido al releer lo que escribo. Se asoma Medellín entre las líneas: mi familia hablando toda al mismo tiempo, los amigos de entonces, las tardes largas en que no pasaba nada y no hacía falta que pasara. No llega como un sobresalto, sino como una luz que se cuela por una rendija del día, y me quedo quieto hasta que pasa. Algunos lectores me han confesado que estas páginas les sacaron unas lágrimas. Lo entiendo. Las que llegan sin violencia no arrasan nada: dejan la casa lavada.
Llorar no es rendirse. En esta edad del silencio he llegado a pensar que es casi lo contrario: una manera terca de no volverse piedra.
La muerte no me aterra como antes. (Escribo «no me aterra» y algo en mí se queda mirando la frase, sin creerla del todo.) Sigo aquí, a esta hora, y eso me basta como respuesta provisional.
En las madrugadas, cuando todavía no hay nadie en la calle, me llega una sensación difícil de nombrar: como si el sueño y el insomnio se hubieran puesto de acuerdo para dejarme en medio. Es en esos minutos cuando las máscaras que llevo durante el día se aflojan y me quedo desnudo ante una pregunta que no formulo. Hay una tristeza ahí, pero no es amarga; es una tristeza que abraza, el eco de algo que quise y no supe retener. Después amanece y me lavo la cara.
Recuerdo momentos que llamé felicidad. Ahora no sé si lo fueron o si fueron apenas una tregua: unas horas en que el ruido cesó y todo pareció encajar. Sigo buscando esa tregua, aunque sospecho que la busca es lo único que se puede tener. He aprendido, también, que la vida no pide que uno sea fuerte todo el tiempo. Permite quebrarse, caer, perder el rumbo durante meses. Lo demás lo hace el cuerpo solo: uno se levanta porque hay que hacer el mercado, porque alguien llama, porque afuera está nevando y hay que salir igual.
Todo lo que he contado en este libro ocurrió antes. Antes del frío, antes de los papeles, antes de aprender a decir mi nombre de otra manera para que lo entendieran. Este libro termina donde terminó aquella vida: en las calles empinadas de Medellín, en 1988, cuando el olor del café empezó a mezclarse con el miedo y una ciudad entera aprendió a hablar en voz baja.
Lo que vino después no cabe aquí. El avión. El primer invierno, que fue un invierno dentro de otro. Marie-Andrée. Teresa y Janusz. Una paloma que volvía cada día a la ventana de un apartamento donde yo no conocía a nadie. Y una audiencia que se alzó ante mí como una pared, hasta que un oficial llamado John Burque levantó los ojos y me dijo, en un idioma que yo apenas empezaba a entender: «Bienvenido a Canadá».
Todo eso tiene su propio libro. Lo estoy escribiendo. Se llamará Pinceladas de vida, y empieza exactamente donde este termina: con un hombre que sale de su país en 1988 creyendo que va de paso.
A los que aparecen en estas páginas y a los que no alcancé a nombrar; a mi familia, a los amigos de Medellín —los que quedaron, los que se fueron, los que ya no están—: gracias por haberme dado una infancia que todavía me alcanza para escribir. Y a usted, que llegó hasta aquí: no tengo nada que enseñarle. Sólo le dejo esto, que es lo que tengo.
Afuera nieva sobre Montreal, despacio, como si tuviera toda la noche por delante. No he olvidado mis raíces: he aprendido a cultivar un jardín nuevo sin arrancar las flores del anterior. Apago la lámpara y me quedo un rato más, con la primera frase del otro libro dándome vueltas y todavía sin escribir.
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<<CAPITULOS DEL LIBRO >>
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0 - ROLOGO - "Pinceladas de Recuerdos"- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir
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Un Relato de Memorias y Sueños
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Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.Parte 4
El Jardin de lo vivido
—Dialogando con el tiempoParte 5
Diálogos desde la edad del silencio
— Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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