& 5. Melodías de una Infancia Rural
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Capítulo 5
Melodías de una infancia rural
Crecimos trece hijos —cinco del primer matrimonio y ocho del segundo, porque Carlota se fue a los seis meses—, suficientes para levantar una república propia, con leyes que cambiaban según quién gritara más fuerte y decretos que solían ratificarse a punta de chancleta. Cada uno de mis hermanos orbitó a su manera alrededor de aquella vida de campo, que fue nuestra primera escuela y la que más nos duró: allí aprendimos a distinguir el canto del turpial del regaño de mi madre, a correr más rápido que las gallinas cuando se les subía la ira, y a sobrevivir a discusiones que estallaban y se disolvían con la misma rapidez de las tormentas de julio. La hacienda Dinamarca, de don Delio Yepes, fue nuestro universo entero, y nosotros lo llenamos de ruido, de travesuras y de sueños que apenas cabían entre las trojas de maíz.
Todavía oigo esas voces, enredadas unas con otras, como si nunca se hubieran ido. No caben todas en un capítulo: las que aquí falten tendrán su turno más adelante.
Gonzalo, el mayor de mis medios hermanos varones, tenía un don singular: parecer ocupado sin mover un solo terrón. Se las arreglaba para verse pensativo incluso cuando no pensaba en nada, como si la vida le debiera una explicación y él estuviera esperando que se la entregaran por escrito. En esas veredas la escuela era un lujo raro; quien quería aprender algo tenía que agarrarlo al vuelo, y Gonzalo lo agarraba todo. Aprendió las letras con un abecedario que le enseñó doña Genoveva Osorno, la partera de la región, que decía —no sin cierta alarma— que «este muchacho va a terminar leyendo hasta los pensamientos ajenos». Y casi lo logró: leía almanaques viejos, recetas, etiquetas de remedios y, sobre todo, los periódicos en que venía envuelta la carne. Decía que así se mantenía informado, aunque la mitad de esas noticias llegaban con olor a chicharrón y la otra mitad con manchas que él interpretaba, muy serio, como «subrayados del destino».
—Yo sé dónde ponen las garzas —anunciaba con la solemnidad de un profeta, y le creíamos, porque si lo había leído en un papel de carnicería debía ser verdad.
Tenía, según su propio decreto, «la salud del burro y la fe del carbonero», y enfrentaba la vida con una terquedad que lindaba con lo sobrenatural. «A mí no me entra ni la bala ni el machete», proclamaba inflando el pecho, aunque lo único que de verdad le entraba sin resistencia era el sueño después del almuerzo.
Hoy, rondando los noventa años, lo imagino igual: apoyado en una herramienta impecablemente limpia —porque rara vez la usaba—, pelando un palito de mortiño con la misma dedicación con que antes desentrañaba los misterios del universo. La vida no lo venció; más bien parece que él la convenció de ir más despacio. Sus sueños lo llevaron primero a las calles de Medellín y después a las llanuras nevadas de Canadá, detrás de esa promesa de abundancia que seduce a tantos. Nunca supe si encontró las garzas.
Gilberto, en cambio, tenía el oficio de la risa: la observación más simple, pasada por su boca, salía convertida en chiste. Mi apodo, «Pelusa», fue durante años su mina favorita. En mi piel pecosa y mi pelo claro y flechudo él veía —o decía ver— al carnicero albino del pueblo, comparación que repetía con la fidelidad de un estribillo.
—¡Eh, Pelusa! —gritaba entre risas—. ¿Ya afilaste el cuchillo hoy?
Y yo, entre la vergüenza y la risa, sentía cómo esas palabras me iban tallando una identidad que no había pedido, pero que tampoco supe rechazar del todo.
Alfonso fue la oveja negra del rebaño: su hogar era el mundo, y su techo, la generosidad de vecinos como don Juvencio Loaiza. La enfermedad de mi padre lo trajo de vuelta, y de pronto se encontró, con las manos encallecidas, cargando decisiones que no había pedido. Con Gonzalo, sería él quien nos abriera el camino hacia Medellín.
Manuel, taciturno como las montañas del Quindío que lo acogieron, hablaba poco y escribía menos, pero cuando lo hacía, sus cartas decían más de lo que cabía en el papel: una vida entre cafetales y peligros. La cicatriz que le dejó en la espalda un ataque guerrillero era, sin que él lo buscara, el mapa más honesto de su fortaleza.
En casa, mi hermana Rocío y yo vivíamos en un vaivén de pleito y reconciliación que nunca terminaba de aburrirnos. Leticia mediaba con la paciencia de quien ya ha visto ese mismo pleito mil veces: decía que la familia es como un bosque, que cada uno de nosotros era un árbol con las raíces entrelazadas bajo tierra, invisibles pero necesarias para que ninguno cayera solo. Las quejas que Rocío llevaba ante mi padre, sin embargo, a menudo terminaban convertidas en correazos para mí, justicia sumaria como tantas cosas en esa casa. Las raíces, por lo visto, no alcanzaban a proteger las nalgas.
Hay una anécdota que resume mejor que cualquier discurso lo que fuimos de niños: la de la tortuga. Gilberto y yo decidimos, con la lógica inapelable de la infancia, que en su carne estaba la cura para la asfixia de mi padre. La pobre criatura, más sabia que nosotros, se atrincheró en su caparazón y resistió con estoicismo nuestros embates. Yo me quedé de guardia horas enteras, armado de una cabuya y de una determinación que hoy me parece casi conmovedora, esperando que asomara aunque fuera la punta de la nariz.
Cuando Gilberto volvió del trabajo y me encontró todavía en el mismo puesto, se rio con ganas y sacó unas tenazas que en sus manos parecían menos una herramienta que un instrumento de tortura. Yo me refugié en un rincón, tapándome los oídos, incapaz de presenciar el desenlace de nuestra cacería. Al caer la noche, mi madre preparó el brebaje con la gravedad de quien oficia un rito, y lo que siguió fue un concierto de ruidos poco dignos de describir: mi padre, víctima inocente de nuestro celo terapéutico, pasó la noche entera lidiando con los efectos de aquel remedio casero. Al amanecer, entre la risa nerviosa y algo de vergüenza, juramos dejar la medicina en manos de quienes sabían. La tortuga no tuvo la misma suerte de poder jurar nada.
Los domingos teníamos otro ritual, menos accidentado. Caminábamos los cinco kilómetros hasta San Carlos, y antes de salir mi madre nos preparaba para el encuentro con la civilización con la dedicación de quien pule una obra que sabe imperfecta. Con un pañuelo humedecido en saliva —ese elixir que solo las madres se permiten usar sin asco— nos frotaba la cara como si quisiera borrar, junto con la mugre, cualquier huella de vida campestre. A la orilla del río, nuestros pies descalzos, acostumbrados a la tierra, se encontraban de golpe con la extrañeza de unos zapatos reservados para las ocasiones importantes.
La plaza de San Carlos se abría ante nosotros como un cuadro en movimiento: campesinos negociando con la seriedad de diplomáticos, perros mirando con ojos golosos la carne colgada en los toldos, y en medio de todo, la cantina de Culetarro. Su piano desvencijado, cansado pero todavía terco, molía canciones que se nos quedaron grabadas: Sonaron cuatro balazos, Rama seca, La enorme distancia, El puente roto. Sentados afuera, entre el humo de los cigarrillos y el olor denso del alcohol, aprendimos de la naturaleza humana más de lo que nos enseñaban, entre semana, en el salón de clase. Entre esa cantina, el palo de mangos y la iglesia se armaba un triángulo casi sagrado, y cada domingo, dentro de él, crecíamos un poco más.
La música también vivía en la finca. El radio transistor que mi padre compró en un momento de prosperidad breve se convirtió en el centro de nuestras noches, a pesar de su voz gangosa y sus caprichos. Mi padre se sentaba a comer en el corredor mientras el radio, colgado en su lugar de siempre, llenaba el aire de melodías, y la lámpara de caperuza dibujaba sombras que parecían moverse al ritmo de la música. Cada cucharada de arroz, huevo y fríjoles que nos servía era, a su manera silenciosa, un «los quiero» que no necesitaba palabras. Jugábamos a adivinar la próxima canción —Las horas negras, La consentida, El buque de más potencia de Tony Aguilar, los temas del Dúo América— y no importaba que el sonido llegara distorsionado: en nuestra imaginación, cada nota sonaba perfecta.
Con los años he vuelto muchas veces a esas noches, y siempre encuentro algo nuevo en ellas, como si la memoria, en vez de gastarse, se afinara. Fuimos pobres en cosas y sobrados en música. Y a veces, cuando la casa se queda callada, me parece que el radio sigue encendido en aquel corredor, gangoso y terco, y que alguno de nosotros, desde lejos, todavía acierta la canción que viene.
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<<CAPITULOS DEL LIBRO >>
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- 0 - ROLOGO Pinceladas de Recuerdos
- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir
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