3. El Encanto y Sabiduría de Leticia
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Capitulo 3
El Encanto y Sabiduría de Leticia
En el jardín de mi infancia —donde los rosales crecían más por terquedad que por abono, y las creencias se sembraban como cilantro, a puñados y sin mucho orden— reinaba Leticia, mi hermana mayor, la flor más resplandeciente del tierrero familiar. Mientras yo me enredaba en una guerra fría con Francisco, ese cometa bendecido que todo lo hacía bien y sin esfuerzo aparente, Leticia flotaba entre nosotros como luna llena: quieta, sabia, y peligrosamente inmune a nuestras pataletas hormonales.
Una tarde, bajo un cielo que parecía cosido con retazos de aguinaldos y de regaños viejos, señalé una nube cargada de tormenta y dije con tono de profeta de barrio:
—¡Esa nube está negra!
Leticia, que nunca dejó que la poesía se fuera a dormir sin cepillarse los dientes, me fulminó con su sabiduría:
—No digás eso, hermano. Las nubes son divinas. Te arriesgás a que se abra y te grite: "¡Más negra está tu alma, infeliz!"
¡Santo Dios. Desde ese día no volví a mirar una nube sin pedirle permiso.
Leticia tenía el don de convertir cualquier regaño en una epifanía. En mis años de adolescente con espíritu de mico tití y alma de revolucionario de parroquia, logré sacarla de quicio una sola vez. Me armé de argumentos sin pies ni cabeza y me le fui encima en una discusión que pensaba ganar por volumen. Ella, imperturbable como santo de yeso, lanzó su misil teológico sin alzar la voz:
—Hay dos cosas inútiles en esta vida: un bombillo prendido al sol y discutir con un ignorante.
Yo, que ya iba por el segundo párrafo del alegato, quedé con la boca abierta como vaca viendo pasar el tren.
Los domingos, para Leticia, eran sagrados. Pero no sagrados de misa con cura simpático, no. Sagrados al estilo del Antiguo Testamento, versión mamá Otilia. Según ella, barrer en domingo era invocar al demonio con escoba en mano. Una vez me pilló trapeando el patio y me echó esa mirada suya que habría hecho sentir culpable al mismo Lucifer en edad escolar. Desde entonces, los domingos para mí fueron de reflexión, siesta obligada y culpa moderada.
Otilia, nuestra madre, era manantial inagotable de creencias. Pregonaba que los niños sin bautizar y sin primera comunión eran como animalitos todavía, inacabados en su camino espiritual. Yo esperaba con impaciencia el día de mi primera comunión. Pero Francisco, como siempre, se me adelantó. Su ceremonia fue un evento de ensueño: regalos, aplausos, una iglesia llena celebrando su paso hacia Dios. Ocho días después llegó mi turno, y la magia parecía haberse tomado vacaciones. Solo unos pocos estaban allí, y la distancia entre su día y el mío se instaló en algún rincón del pecho, callada como esas cosas de la infancia que no se mencionan pero que tampoco se olvidan del todo.
En aquel jardín donde las sombras de Francisco se alargaban y las mías a veces se confundían con la maleza, Leticia era mi meridiano. No hacía grandes gestos ni pronunciaba discursos. Solo estaba, con esa presencia suya de árbol antiguo, enseñándome —sin proponérselo, que es la única manera de enseñar lo que de verdad vale— que la luz no se mide en aplausos ni en iglesias llenas un domingo.
El misterioso caso de los dientes de Leticia y Rocío
Entre los sucesos que el tiempo guarda con una sonrisa torcida, hay uno que regresa solo cuando menos lo espero: el enigma de los dientes de mis hermanas. Al llegar a los trece y catorce años, Leticia y Rocío se transformaron, no por los sortilegios habituales de la adolescencia, sino por una decisión que las dejó, de buenas a primeras, como pajaritos sin pico.
Por razones que todavía no termino de entender, a ambas les fueron extraídas todas las piezas dentales, en dos tandas bien definidas y dolorosamente recordadas. La primera estuvo a cargo del temible Carepalo, dentista de San Carlos apodado así por nuestra madre —que lo llamaba don care-Jesús— y conocido en el pueblo tanto por sus métodos como por su poca delicadeza de mano. La segunda tanda corrió por cuenta de los dentistas de Bello, celebres no solo por su destreza en las extracciones sino también por la elaboración de dentaduras postizas en Medellín, que en aquel entonces representaban una artesanía de cierta distinción.
Desde entonces, sus sonrisas se convirtieron en un desfile discreto de dentaduras. En aquellos años, tener dientes postizos era casi un lujo, una marca de quien podía costear algo más que resignarse al hueco. Si, además, la pieza llevaba una corona de oro, el portador ascendía de inmediato en el escalafón social no escrito. Leticia y Rocío, sin embargo, llevaban su situación dental con una calma que desmentía cualquier drama, como si los dientes propios fueran un detalle menor en el orden más amplio de las cosas.
Yo, en mi confusión de niño curioso, nunca entendí por qué mis hermanas, tan sensatas para todo lo demás, habían soltado sus dientes sin mayor resistencia. El misterio añadía un toque de comicidad a nuestra ya pintoresca vida. A veces imaginaba que existía algún mercado clandestino de dientes en San Carlos, y que Leticia y Rocío, con su temple habitual, habían hecho allí sus propios negocios.
Pero la historia de sus dientes tenía otro capítulo, más íntimo y más duro. La adaptación a las dentaduras postizas no era solo un asunto mecánico: era un rito de iniciación con un dolor propio. El remedio que la tradición prescribía para fortalecer las encías era la piedra lumbre —una sustancia astringente que, disuelta en agua, ardía como promesa incumplida—. Se creía que aceleraba la cicatrización y preparaba la boca para recibir la dentadura nueva. Lo que nadie mencionaba con suficiente claridad era la clase de dolor que traía consigo.
Rocío recuerda con precisión esos momentos: el sonido del trozo de piedra lumbre disolviéndose lentamente en el vaso, el temor instalado ya antes de llevar el enjuague a la boca, y luego la inevitable invasión de ese ardor que no pedía permiso. Aun así, día tras día, con la disciplina silenciosa que aprendieron de Otilia, se sometían al ritual. La esperanza era sencilla: que el mañana doliera un poco menos.
Años después, en las reuniones familiares, cuando Leticia sonreía, había algo en esa sonrisa que iba más allá de los dientes postizos de Medellín. Era la sonrisa de quien ha pasado por el fuego y ha decidido, casi por elegancia, no hablar demasiado de ello. Rocío también. Las dos hicieron su vida, sus matrimonios, sus propios jardines, con la misma naturalidad con que uno aprende a vivir con una cicatriz que ya no duele pero que tampoco desaparece del todo.
En el telar de nuestras memorias de San Carlos, el misterioso caso de los dientes de mis hermanas quedó bordado con hilo de humor y de ternura. No como una tragedia, sino como lo que fue: una rareza de los tiempos, una marca de época, y una lección silenciosa sobre la dignidad que no depende de lo que uno conserva, sino de cómo sigue adelante con lo que le quedó.
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- 0 - ROLOGO Pinceladas de Recuerdos
- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir
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