3. * El Encanto y Sabiduría de Leticia
Para los que prefieren escuchar el audio
Capítulo 3
El Encanto y Sabiduría de Leticia
En el jardín de mi infancia —un lugar donde los rosales crecían más por terquedad que por abono, y las creencias se sembraban como cilantro, a puñados y sin mucho orden— reinaba Leticia, mi hermana mayor. Ella era la flor más resplandeciente del terruño familiar, pero también la única que lograba que hasta el viento se detuviera a escucharla.
Mientras yo me enredaba en una guerra fría con mi hermano menor Francisco —ese cometa bendecido que todo lo hacía bien y sin esfuerzo aparente, como si la vida le hubiera dado un manual de instrucciones y a mí solo el envoltorio— Leticia flotaba entre nosotros como luna llena: quieta, sabia, y peligrosamente inmune a nuestras pataletas hormonales. Ella tenía esa virtud de las mujeres del campo: no se inmutaba ante tormentas que a nosotros nos parecían apocalipsis, porque había visto cosas peores en el corral.
Una tarde, bajo un cielo que parecía cosido con retazos de aguinaldos y regaños viejos, señalé con el dedo una nube oscura cargada de tormenta y dije con tono de profeta de barrio, de esos que venden bendiciones por dos reales:
—¡Mira esa nube tan negra!
Leticia, que nunca dejó que la poesía se fuera a dormir sin cepillarse los dientes, me fulminó con su sabiduría desde la mecedora donde hilaba pensamientos mientras desgranaba mazorcas.
—No digás eso, hermano. Las nubes son divinas. Te arriesgás a que se abra y te grite: “¡Más negra está tu alma, infeliz!”. Y ahí sí, ni rezando te salva el aguacero.
¡Santo Dios! Desde ese día no volví a mirar una nube sin pedirle permiso. Y todavía hoy, cuando el cielo se encapota, me quedo quieto, como quien espera el regaño de una tía brava, preguntándome si la nube me está juzgando… o si simplemente iba de camino y yo fui el que se asustó de más.
Leticia tenía el don de convertir cualquier regaño en una epifanía. Podía estar pelando papas y, sin levantar la vista, soltar una sentencia que le hubiera tomado tres borradores a un filósofo. En mis años de adolescente con espíritu de mico tití y alma de revolucionario de parroquia —convencido de que el mundo se arreglaba alzando la voz, como si las injusticias fueran moscas que se espantan a sombrerazos— logré sacarla de quicio una sola y única vez. Me armé de argumentos sin pies ni cabeza y me le fui encima en una discusión que pensaba ganar por volumen. Ella, imperturbable como santo de yeso, esperó a que yo hiciera una pausa para respirar —error estratégico— y lanzó su misil teológico sin alzar la voz, con la misma tranquilidad con que se echa agua al café:
—Hay dos cosas inútiles en esta vida: un bombillo prendido al sol y discutir con un ignorante.
Yo, que ya iba por el segundo párrafo del alegato y había ensayado la réplica final en el espejo, quedé con la boca abierta como vaca viendo pasar el tren. Y no había tren en San Carlos.
Los domingos, para Leticia, eran sagrados. Pero no sagrados de misa con cura simpático que reparte hostias y palmaditas en la espalda, ¡no! Sagrados al estilo del Antiguo Testamento, versión nuestra madre: con fuego, azufre y escoba en su sitio. Según ella, barrer en domingo era invocar al demonio con escoba en mano. Un día domingo me pilló barriendo el patio —yo, que quería demostrar iniciativa y ganar puntos celestiales— y me echó esa mirada suya que habría hecho sentir culpable al mismo Lucifer en edad escolar. No dijo nada. Solo señaló la escoba, luego el cielo, y negó con la cabeza lentamente, como quien ve a un niño jugando con un cuchillo de cocina. Desde entonces, los domingos para mí fueron de reflexión, siesta obligada y culpa moderada.
Nuestra madre Otilia era manantial inagotable de creencias. Pregonaba que los niños sin bautizar y sin primera comunión eran como salvajes animalitos todavía, inacabados en su camino espiritual, a medio hacer. Yo esperaba con impaciencia el día de mi primera comunión, soñando con el traje blanco, las velas, el incienso, y sobre todo, con ese momento en que uno deja de ser "casi persona" para convertirse en "persona de verdad", según la cartilla celestial que ella llevaba tatuada en el alma.
Pero Francisco, como siempre, se me adelantó. Su ceremonia fue un evento de ensueño: regalos, aplausos, una iglesia llena celebrando su camino hacia Dios, como si el cielo mismo hubiera bajado a felicitarlo. Ocho días después llegó mi turno, y la magia parecía haberse tomado vacaciones en alguna playa que yo no conocía. Solo unos pocos "noveleros" estaban allí, y la distancia entre su día y el mío se instaló en algún rincón del pecho, callada como esas cosas de la infancia que no se mencionan pero que tampoco se olvidan del todo. Francisco, bendito él, ni siquiera lo notó. ¿Cómo iba a notarlo? Su vida era una procesión de victorias y la mía, un ensayo general de derrotas.
En aquel jardín donde las sombras de Francisco se alargaban y las mías a veces se confundían con la maleza, Leticia era mi meridiano. No hacía grandes gestos ni pronunciaba discursos. Solo estaba, con esa presencia suya de árbol antiguo —de esos que han visto pasar tormentas, sequías, y pájaros que no vuelven—, enseñándome, sin proponérselo, que la luz no se mide en aplausos ni en iglesias llenas un domingo. La luz, me enseñó Leticia sin decírmelo nunca, se mide en la manera como uno aprende a estar en el mundo: sin competir, sin compararse, sin necesitar que nadie atestigüe la propia existencia.
El misterioso caso de los dientes de Leticia y Rocío
Entre los sucesos que el tiempo guarda con una sonrisa torcida —de esas que se reserva para cuando uno cree que ya entendió todo— hay uno que regresa solo cuando menos lo espero: el enigma de los dientes de mis hermanas. Al llegar a los trece y catorce años, Leticia y Rocío se transformaron, no por los sortilegios habituales de la adolescencia —que ya bastante trabajo tenían con los cambios de voz y de humor de los varones de la casa—, sino por una decisión que las dejó, de buenas a primeras, como pajaritos sin pico.
Por razones que todavía no termino de entender —y que en esa época no me atrevía a preguntar porque las mujeres de la casa manejaban un código de silencios que yo no había descifrado—, a ambas les fueron extraídas todas las piezas dentales, en dos tandas bien definidas y dolorosamente recordadas.
La primera estuvo a cargo del temible Carepalo, único dentista de San Carlos y personaje que parecía salido de un cuento donde el humor y el espanto se dan la mano. Su consultorio, si es que así podía llamarse, era una pieza oscura con olor a eucalipto viejo y a resignación. La silla, una reliquia que seguramente había visto más guerras que pacientes, rechinaba como si protestara por cada alma que se sentaba en ella. Las herramientas eran pocas y rústicas: un alicate que había servido para todo menos para dientes, una espátula que parecía comprada en la ferretería, y un frasco de algodón que nunca se sabía si estaba limpio o solo acostumbrado a la vida dura.
Carepalo trabajaba con una filosofía muy suya: “Si Dios le dio dientes, yo se los quito”. Y así, sin anestesia —o con una que era más rumor que alivio—, metía sus dedos callosos en la boca del paciente, explorando como quien busca oro en una mina abandonada. No avisaba. No contaba hasta tres. No decía “abra grande”. Simplemente agarraba el diente y lo hacía volar como si fuera un pájaro liberado de su jaula. El paciente apenas alcanzaba a rezar un Padre Nuestro entre gritos, mientras Carepalo celebraba la extracción con un “¡Eso era lo que lo tenía jodido, mijo!”.
En San Carlos, ir donde Carepalo era un rito de iniciación: los niños salían sin dientes pero con carácter; los adultos, sin dientes pero con historias; y las mujeres, como ellas, sin dientes pero con un silencio que nadie se atrevía a descifrar.
La segunda tanda corrió por cuenta de los dentistas de Bello, célebres no solo por su destreza en las extracciones sino también por la elaboración de dentaduras postizas en Medellín, que en aquel entonces representaban una artesanía de cierta distinción, casi como mandar a hacer un traje a medida. Pero la fama de Carepalo quedó para siempre: todavía hoy, si uno escucha un rechinar de silla en la madrugada, no es el viento. Es Carepalo, buscando otro diente que volar.
Desde entonces, sus sonrisas se convirtieron en un desfile discreto de dentaduras. En aquellos años, tener dientes postizos era casi un lujo, una marca de quien podía costear algo más que resignarse al hueco. Si, además, la pieza llevaba una corona de oro, el portador ascendía de inmediato en el escalafón social no escrito. Leticia y Rocío, sin embargo, llevaban su situación dental con una calma que desmentía cualquier drama, como si los dientes propios fueran un detalle menor en el orden más amplio de las cosas —como la hora de la siesta o la dirección del viento.
Yo, en mi confusión de niño curioso, nunca entendí por qué mis hermanas, tan sensatas para todo lo demás, habían soltado sus dientes sin mayor resistencia. El misterio añadía un toque de comicidad a nuestra ya pintoresca vida. A veces imaginaba que existía algún mercado clandestino de dientes en San Carlos, y que Leticia y Rocío, con su temple habitual, habían hecho allí sus propios negocios. Otras veces las veía sonreír y pensaba que, quizás, los dientes de verdad eran un estorbo para la sabiduría, y que por eso ellas se habían desprendido de los suyos, como quien se quita un zapato apretado.
Pero la historia de sus dientes tenía otro capítulo, más íntimo y más duro. La adaptación a las dentaduras postizas no era solo un asunto mecánico: era un rito de iniciación con un dolor propio. El remedio que la tradición prescribía para fortalecer las encías era la piedra lumbre —esa sustancia astringente que, disuelta en agua, ardía como promesa incumplida—. Se creía que aceleraba la cicatrización y preparaba la boca para recibir la dentadura nueva. Lo que nadie mencionaba con suficiente claridad era la clase de dolor que traía consigo: un ardor que no pedía permiso, que se instalaba en las encías como un inquilino indeseado y se quedaba el tiempo necesario para que uno aprendiera a convivir con él.
Rocío recuerda con precisión esos momentos: el sonido del trozo de piedra lumbre disolviéndose lentamente en el vaso —ese crujido blanco que prometía alivio y entregaba fuego—, el temor instalado ya antes de llevar el enjuague a la boca, y luego la inevitable invasión de ese ardor que no pedía permiso y se instalaba como un recuerdo que uno no invitó pero tampoco puede echar. Aun así, día tras día, con la disciplina silenciosa que aprendieron de nuestra madre —esa mujer que podía coser una camisa y planear una novena al mismo tiempo—, se sometían al ritual. La esperanza era sencilla: que el mañana doliera un poco menos. Y a veces, contra todo pronóstico, el mañana efectivamente dolía menos.
Años después, en las reuniones familiares, cuando Leticia sonreía —y sonreía a menudo, porque era de esas personas que encuentran motivos para sonreír en los lugares más inesperados— había algo en esa sonrisa que iba más allá de los dientes postizos de Medellín. Era la sonrisa de quien ha pasado por el fuego y ha decidido, casi por elegancia, no hablar demasiado de ello. Rocío también. Las dos hicieron su vida, sus matrimonios, sus propios jardines, con la misma naturalidad con que uno aprende a vivir con una cicatriz que ya no duele pero que tampoco desaparece del todo.
En el telar de nuestras memorias de San Carlos —ese pueblo donde el tiempo se medía en cosechas y en misas, y donde cada familia guardaba su propio catálogo de rarezas— el misterioso caso de los dientes de mis hermanas quedó bordado con hilo de humor y de ternura. No como una tragedia, sino como lo que fue: una rareza de los tiempos, una marca de época, y una lección silenciosa sobre la dignidad que no depende de lo que uno conserva, sino de cómo sigue adelante con lo que le quedó.
Porque al final, pienso ahora que escribo esto, los dientes no eran lo importante. Lo importante era la manera como Leticia y Rocío enfrentaron aquello —y todo lo demás—: con esa mezcla de estoicismo campesino y humor que solo se aprende en los pueblos donde las noticias llegan tarde y la vida se vive despacio, como quien desgrana una mazorca, fila por fila, sin prisa pero sin pausa.
El secreto eterno
Y hablando de secretos, hay uno que Rocío me confesó hace poco, ya con el pelo blanco y la memoria en orden, como quien abre un cofre que ha estado cerrado décadas y descubre que lo que guardaba sigue intacto. Me lo dijo entre risas, con esa risa suya que suena igual que cuando éramos niños, y yo sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo.
Resulta que Álvaro, su marido —ese hombre bueno y distraído que la acompañó toda la vida, y que la acompañó con una devoción que solo los hombres de pueblo saben tener—, jamás, en más de cincuenta años de matrimonio, se dio cuenta de que Rocío usaba dentadura postiza.
—¿Cómo es posible? —le pregunté, incrédulo—. ¿Nunca te vio sin ella? ¿Nunca se dio cuenta de nada?
Rocío se llevó la mano a la boca, como si aún guardara el secreto entre los labios, y me contó la historia con el sigilo de quien revela un misterio sagrado. Había desarrollado una rutina digna de una espía: se levantaba antes que él, se ponía la dentadura en el baño con la puerta cerrada y se aseguraba de que Álvaro nunca la viera sin ella.
Álvaro, que trabajaba en mecánica automotriz desde muchacho, tenía ese cansancio honrado de los hombres que pasan el día entre motores, grasa y carburadores. Llegaba a la casa con el olor a taller pegado a la ropa y con la nobleza intacta, como si cada carro que arreglaba le dejara un poco más de paciencia en el alma. Por eso, cuando llegaba la noche, Rocío solo tenía que esperar unos minutos: él caía rendido como un costal apenas tocaba la almohada, con ese sueño profundo que solo conocen los que han pasado el día peleando con tornillos y bujías.
Entonces, con la misma delicadeza de quien guarda una reliquia, Rocío retiraba la dentadura y la escondía en su estuche, como si fuera un tesoro que debía permanecer invisible. Durante el día jamás se le escapaba un gesto que delatara el artificio. Comía con naturalidad, reía sin reservas y besaba a su marido con la misma pasión de siempre. Y Álvaro, que vivía más pendiente del sonido de un motor que del de una sospecha, jamás notó nada. Para él, la sonrisa de Rocío era tan auténtica como el ronroneo de un carro recién afinado.
A veces pienso que ese pacto silencioso entre ellos —ella cuidando su secreto, él confiando sin preguntar— era una forma de amor que solo se entiende en los pueblos: una ternura hecha de discreción, de respeto y de esas pequeñas mentiras piadosas que sostienen la armonía doméstica. En ese pacto, la dentadura de Rocío no era un engaño, sino una cortesía. Una manera de mantener intacta la magia cotidiana, como quien pule una pieza de motor para que siga funcionando sin ruido.
—¿Y nunca te preguntó? —insistí.
—Nunca —respondió ella, con una mezcla de orgullo y ternura—. Yo creo que ni se le pasó por la cabeza. Para él, yo era yo, con dientes o sin ellos. Simplemente no era algo que él mirara.
Esa respuesta me dejó pensando. Porque el secreto no era realmente que Álvaro no se hubiera dado cuenta. El secreto —y aquí viene lo hermoso— era que a él no le importaba. Rocío podía haber tenido dientes de maíz, dientes de palo, o ningún diente, y Álvaro la habría mirado igual: con esa mirada suya de hombre que encuentra belleza en las cosas simples, y que había decidido, desde el primer día, que ella era perfecta.
Rocío guardó ese secreto durante cinco décadas. No por vergüenza —ella no sentía ninguna—, sino porque descubrió que había algo dulce en tener un misterio que solo ella conocía, una pequeña isla privada dentro de su matrimonio. Y tal vez, también, porque le divertía pensar que Álvaro, tan observador para las cosechas y el clima, fuera tan ciego para lo que tenía al lado. Como si el amor tuviera sus propios filtros, y el suyo hubiera decidido enfocarse solo en lo esencial.
Ahora que Álvaro ya no está, Rocío me contó el secreto con la misma emoción con que se guarda una carta de amor. No para desahogarse, sino para compartir algo que siempre le hizo sonreír por dentro. Yo la escuché y no pude evitar reírme, pero también sentir una especie de envidia por ese amor tan a prueba de dentaduras.
—¿Y Leticia? —pregunté, curioso—. ¿Su marido también se dio cuenta?
Rocío sonrió con picardía.
—Leticia nunca necesitó esconder nada. Su marido lo supo desde el principio. Pero ella, como siempre, lo convirtió en otra cosa. Cuando él le preguntó, ella le dijo: "¿Y a vos qué te importa? Los besos no se dan con los dientes, se dan con el alma". Y él no volvió a preguntar.
Así eran ellas. Cada una con su estilo, cada una con su secreto, cada una con su manera de navegar el amor. Leticia, con la verdad dicha como una sentencia poética. Rocío, con la discreción de quien entiende que algunos misterios no necesitan ser resueltos.
Al final, pienso ahora, los dientes postizos fueron solo el pretexto. Lo que realmente tenían —lo que todas las mujeres de esa generación tenían, y que nosotros los hombres apenas empezamos a entender— era una sabiduría práctica para la vida: saber cuándo hablar, cuándo callar, y cuándo reírse de todo, incluso de uno mismo. Esa sabiduría no se aprende en los libros, ni en las misas, ni en los dentistas de Bello. Se aprende viendo a las mujeres de la familia —a nuestra madre, a Leticia, a Rocío— moverse por la vida como quien camina por un camino de piedras, sin quejarse, y encontrando flores en las grietas.
Esa noche, después de la confesión de Rocío, me fui a dormir pensando en Álvaro. En cómo se había ido sin saber el secreto más pequeño de su esposa, y cómo ese desconocimiento era, quizás, la prueba más grande de su amor. Porque al final, el amor verdadero no es el que lo sabe todo. Es el que, sin saberlo todo, elige quedarse.
----------------------------------------------------------- Para los que prefieren escuchar el audio ---------------------------------------------------------- <<CAPITULOS DEL LIBRO >> —-------------------------------------------------------
- 0 - ROLOGO Pinceladas de Recuerdos
- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir
---------------------------------------------------------
Estoy emocionado de compartir una gran noticia con ustedes: mi libro está disponible en Amazon por solo $0.99 USD. Quisiera invitarlos a que aprovechen esta oferta y me ayuden a alcanzar la lista de los más vendidos.
Cada compra no solo me acerca a este objetivo, sino que también es una oportunidad para que más personas conozcan mi trabajo. Además, cualquier reseña positiva que puedan dejar sería inmensamente apreciada y contribuiría enormemente a la visibilidad del libro.
¡Gracias de antemano por su apoyo y por acompañarme en este viaje literario!
Comprar Pinceladas de recuerdos aquí
--------------------------------------------------------

Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
--------------------------------------------
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------
Comentarios
Publicar un comentario