&13 - La fuerza del destino: La luz al final del túnel

Capítulo 13

La fuerza del destino: la luz al final del túnel

Alfonso tenía veintidós años. Para los menores había sido más un padre que un hermano, el que volvía cada tarde con algo en el bolsillo y la risa por delante, y su muerte dejó la casa a oscuras en plena Navidad. Ese año se fue como se van los años malos, sin que nadie saliera a despedirlo.

Con el año nuevo, la vida nos empujó hacia adelante a su manera, que es sin preguntar, y el luto se fue mezclando con la rutina. Los hermanos volvimos a la escuela, menos Leticia y Rocío, a quienes les tocó quedarse en la casa ayudando a mi madre. Yo tenía trece años cuando me matricularon en la Escuela Simón Bolívar, en el barrio del mismo nombre.

Nunca supe cómo, porque no llevaba un solo papel que diera fe de lo que había estudiado, pero me inscribieron en cuarto grado. Para mí, que había dejado la escuela de niño para despulpar café y cargar bultos, aquello fue una pesadilla. Me sentía fuera de lugar en todo: no entendía lo que explicaban, no sabía responder lo que preguntaban, y el tablero se me llenaba de cosas que los demás parecían haber aprendido en otra vida. Como era de esperar, no di la talla, y al poco tiempo me bajaron a tercero. Fue una humillación que me dolió más de lo que dejé ver. A los trece años, sentado entre niños que apenas me llegaban al hombro, me tocó aprender lo que la hacienda no me había dejado aprender.

Pero el año se terminó, y yo llegué entero al final. Con tropiezos y con días en que quise tirar la toalla, lo saqué adelante. Me acuerdo de una tarde de fin de año, mirando cómo se apagaba la luz sobre los techos, con una mezcla de orgullo por lo logrado, de nostalgia por lo que se quedaba atrás y de unas ganas enormes de ver lo que venía.

Mientras tanto, la casa de Itagüí también pedía a gritos un cambio. Estaba vieja y agrietada, con los muros gastados y las mismas goteras de siempre, que ya nos habían dado bastante de qué hablar. Otra vez fue Gonzalo, el mayor de los varones, quien vio la salida. Con lo que dejó la venta de la casita de San Carlos y con la indemnización por la muerte de Alfonso, se abrió por primera vez la posibilidad de tener algo propio. Era plata con olor a duelo. Nadie lo dijo, pero todos lo sabíamos.

Gonzalo le echó el ojo a un lote en Guayabal, en el barrio Cristo Rey. No era propiamente una ganga: la mitad estaba debajo de una laguna, y por quedar en una esquina se sabía de antemano que algún día la casa tendría que tumbarse para darle paso a una vía que ella misma estorbaba. Cualquier otro habría visto un pantano con fecha de vencimiento. Gonzalo vio una casa.

Don Jesús Mejía, el mismo que nos había arrendado en Itagüí sin más garantía que una palabra, se volvió el padrino de la obra. Puso su experiencia y su generosidad en los momentos en que todo amenazaba con venirse abajo, y la casa de Cristo Rey se levantó en unos seis meses, un tiempo que a nosotros nos pareció de milagro.

Nos pasamos apenas estuvo el casco. No tenía ventanas, ni puerta, ni piso, y el sanitario era poco más que una promesa de privacidad. Los que alguna vez nos habíamos dado ínfulas con el único inodoro de Dinamarca aprendimos allí a hacer nuestras cosas con un ojo puesto en la puerta que no existía. Pero era nuestra. Después de toda una vida en casas ajenas, la de los Yepes, la de don Jesús Mejía, por primera vez dormíamos bajo un techo que era de la familia.

Cristo Rey era entonces un barrio a medio hacer, nacido del éxodo. En sus comienzos había caña brava y tejares, y allí llegaron familias desplazadas por la violencia buscando dónde empezar de nuevo. Muchas pudieron hacerlo gracias a don Arturo Vásquez Lema, un hombre del que en el barrio se hablaba casi como de una leyenda, que les permitió construir sus casas ladrillo a ladrillo.

Las calles tenían su propia música. Estaban el Bar Clarita y La Esquina del Tango, donde las noches se alargaban entre historias y canciones, y estaban las heladerías, Los Dos Faros, La Americana de don Gabriel Durango y El Palmar, que de heladerías no tenían sino el nombre: en ninguna vendían helado, y en todas se servía de todo lo demás. Alrededor quedaban el Zoológico Santafé, el viejo Aeropuerto Olaya Herrera y fábricas como la Nacional de Chocolates, que le daban al sector trabajo y movimiento.

A los quince años, esas calles eran mi mundo entero. Las caminaba con una mezcla de ganas y de miedo que no sabía nombrar: el peso de lo que la familia esperaba de mí, la incertidumbre de lo que vendría y, al mismo tiempo, la sensación de que todo estaba por hacerse. Fue allí, creo, donde empecé a encontrar mi voz, aunque entonces apenas me temblaba en la garganta y no sabía todavía que algún día la usaría para contar todo esto.

Hoy el progreso le ha cambiado la cara al barrio, pero hay cosas que no se borran. Guayabal Cristo Rey fue mi barrio y mi casa, el lugar donde mi corazón siempre encontrará bonitos recuerdos.

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Comentarios

  1. Don Abel, que recuerdos tan lindos, también me transporta a mi niñez, a mi juventud, donde fuimos muy felices con mis ocho hermanos gracias a Dios todos estamos bien y unos padres ejemplares, donde reinaba el amor. Ahora en muchas ocasiones nos reímos en la finca añorando todos esos momentos lindos de nuestra vida y con unas grandes anécdotas. También tuve grandes amistades, que todavía hoy conservamos y nos reunimos con frecuencia, cada vez contamos anécdotas y nos reímos de nuestra ingenuidad y lo rico que pasábamos y compartimos con tan poco. Somos un grupo llamado INFANCIA, donde lo integramos 15 hermanos, hemos celebrado la primera comunión, los quince, los cuarenta, los cincuenta, los sesenta y este año estamos programado la celebración de los 70 años. Es lindo recordar y veo la diferencia con la juventud de ahora donde no hay esa camaradería, ese sentirnos todos igual sin tratar de sobresalir, esa gran sincera amistad. Es rico evocar esos lindos recuerdos.
    ~Ligia Isabel~

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