*** 28 "Cuentas y Cuentos: Las Anécdotas Más Divertidas del Banco"

Capítulo 28

Cuentas y Cuentos: Las Anécdotas Más Divertidas del Banco

Los ochenta pasaron de moda más rápido que un pantalón de bota campana empolvado en el fondo del armario, más fugaces que el rastro de Paco Rabanne en el cuello de un ejecutivo despeinado por el viento de la tarde. Pero dejaron historias, esas que uno cuenta cuando el tiempo ha limado las aristas y solo queda la risa, el asombro, la incredulidad dulce de haber vivido aquello.

El banco era, en esencia, una discoteca en potencia. De hecho, años después consumaría esa metamorfosis, como si el destino arquitectónico de sus pisos siempre hubiera estado escrito en la vibración subterránea de los viernes culturales. Cambiaba de nombre con la misma frecuencia errática con que yo cambiaba de peinado: del señorial Banque Nationale de Paris pasó al más criollo Banco Mercantil, luego al solemne Banco de Crédito y Comercio, hasta convertirse en Banco Andino en 1993, época que ya no me tocó presenciar pero de la que oí hablar como quien oye leyendas. ¿Por qué tantos cambios? Quizás para confundir a los ladrones, o más probablemente porque los dueños padecían de una indecisión crónica similar a la mía frente al catálogo infinito de Netflix.

Pero en ese banco —con su identidad líquida y sus muros que olían a tinta, a billetes contados mil veces, a café recalentado— no solo se contaba dinero: se tejían historias. Realismo a secas, crudo, hilarante, a veces cruel, sin el consuelo poético del realismo mágico, aunque a ratos se le pareciera peligrosamente. Desempolvemos ahora esas perlas que quedaron ocultas en el baúl de las nostalgias, brillando todavía con luz propia bajo el polvo de los años.

El Joven Hippie y el Gerente Suspicaz: El Interrogatorio de Don Lucas

Mi primera anécdota fue tan directa que me dejó flotando entre la incomodidad y el rubor involuntario, como cuando alguien te pregunta tu peso en público. Recién llegado al banco, flacuchento y con pinta de hippie descafeinado —cabello largo, ropa colorida pero sin excesos, que conste—, tuve que entregarle un sobre directamente a Don Luis Carlos, el gerente, en la privacidad intimidante de su oficina. Aprovechó la situación para lanzarme una pregunta sin anestesia previa, filosa como navaja recién afilada:

—¿Cómo le va, joven? Cuénteme... ¿usted consume marihuana?

Me quedé más helado que el hielo de paletero, ese que echa humito blanco y se derrite entre los dedos. Don Lucas —así le decían con cariño mezclado de respeto— debió pensar que yo era más mariguano que Karolo, el mismo que organizó el festival de Ancón por esos tiempos. No sé de dónde brotó la inspiración —tal vez del mismo pozo turbio de donde los políticos sacan sus frases más memorables—, pero le respondí con la convicción de un evangelista en plaza pública:

—No, señor. Yo ni licor consumo. Lo único que tomo es juguito de maracuyá.

El viejo sonrió con esa mezcla de incredulidad y benevolencia que tienen los abuelos cuando los nietos mienten descaradamente pero con gracia. Tuve la fortuna de que no me ordenara un test de sangre, porque habría perdido el año sin apelación: el resultado habría revelado que encontraron un poco de sangre en mi torrente alcohólico, no al revés.

Pero las mentiras piadosas hay que soltarlas cuando la ocasión lo demanda. En aquellos tiempos, cuando la marihuana —o maracachafa, como también la llamaban— era más común que la arepa en el desayuno, mi apariencia de Jesucristo en Woodstock levantaba más sospechas que un maletín abandonado en el aeropuerto haciendo tic-tac. Pero yo, fiel a mi estilo de vida supuestamente saludable, solo me drogaba con el ácido benévolo de mi jugo de maracuyá. Que los hippies de verdad me perdonen por ser tan light, tan aguado en mis rebeldías.

Así sobrevivía uno, en un banco que cambiaba de identidad más rápido que un agente secreto, al primer interrogatorio existencial. Don Lucas, satisfecho o resignado con mi respuesta frutal, me dejó seguir en mi puesto. Después de todo, en una época donde el dinero crecía más rápido que la inflación —y eso ya es decir algo—, un hippie tomando jugo de maracuyá era quizás lo más normal que podía encontrarse en esas oficinas donde lo anormal era la norma y la cordura, un bien escaso.

De Banco a Discoteca: Un Baile con la Nostalgia

Tiempos aquellos, cuando uno era joven y los bancos eran bancos, no discotecas con luces de neón palpitando como corazones electrónicos donde antes se firmaban pagarés con tinta azul y dedos temblorosos. Pero así es la vida: cambiando siempre, adaptándose a colores que nunca pedimos pero que terminamos usando.

Me encontraba en una de mis escapadas habituales de viernes por la noche, buscando ese lugar donde la música fuera buena, la compañía mejor, y los recuerdos... bueno, eso dependía enteramente del lugar y de cuántos tragos llevara encima. La sorpresa me golpeó cuando, al pasar por donde antes se erguía con solemnidad comercial la Banque Nationale de Paris, me topé con una discoteca. Donde antes se guardaba oro, ahora se guardaban los pasos de baile más extravagantes que la dignidad humana puede tolerar.

«¡Pero bueno!», exclamé. «¿Qué pasó aquí? ¿Los cajeros ahora sirven mojitos en vez de billetes?»

No pude resistir la tentación. Entré como quien entra a un sueño o a una pesadilla, todavía sin decidir cuál. El ascensor, ese que tantas veces me había transportado a la oficina del gerente con la resignación de quien sube al patíbulo, ahora me elevaba hacia un universo de luces estroboscópicas y música que hacía temblar las paredes. Al llegar al tercer piso —donde antes se tomaban decisiones financieras trascendentales—, ahora se tomaban decisiones mucho más urgentes: ¿salsa o merengue? ¿Daiquiri o guaro doble?

Las puertas del ascensor se abrieron sobre un espectáculo que desafiaba mi memoria: todo el piso convertido en discoteca, sumergido en penumbra estratégica, con destellos de colores que cortaban la oscuridad como cuchillos de luz. El bar ocupaba exactamente el lugar donde estuvo la oficina de Don Lucas, y la pista de baile se extendía sobre lo que fue el santo sanctórum de la administración.

«¿Esto es real?», me pregunté en voz alta, mientras una camarera sonriente me entregaba un trago que yo no había pedido pero acepté con el pragmatismo del que no rechaza regalos del destino.

—Esto sí que es inesperado —comentó un hombre a mi lado, con una sonrisa tan nostálgica como la mía, ambos reconociéndonos instantáneamente como náufragos del mismo naufragio—. ¿Tú también trabajaste aquí?

—Sí, claro. Pasé años en este lugar. Mi nombre es Hugo Jiménez. Luz Mery Duque, mi cuñada, también trabajaba aquí, detrás de esos escritorios que ahora son parte del bar —respondí, señalando con el vaso como quien señala ruinas de una civilización perdida—. Parece que no soy el único que vino a ver en qué se convirtió todo esto.

—Oh, yo también trabajé aquí, aunque hace mucho. ¡Qué tiempos aquellos! —dijo, y ambos reímos con esa complicidad instantánea que solo comparten quienes nadaron en las mismas aguas turbias del pasado.

La noche avanzó entre risas y recuerdos que brotaban como manantiales cada vez que el alcohol aflojaba las compuertas de la memoria. A cada trago, las anécdotas del banco cobraban vida, se inflaban, adquirían colores que tal vez nunca tuvieron pero que ahora parecían más reales que la realidad misma. Recordé mi primer día, el nerviosismo que me hacía sudar bajo la camisa al cruzar el umbral de la Banque Nationale de Paris, sin sospechar que aquellos pasillos serían testigos de tantas vidas entrelazadas. Las reuniones con Don Lucas, siempre tan serio que parecía haberse tragado un reglamento bancario al nacer, y los días interminables en la administración donde el tiempo se arrastraba como caracol cuesta arriba.

—¿Te acuerdas de Rosa Inés? —preguntó mi nuevo compañero de nostalgia, señalando el antiguo rincón de las fotocopiadoras, ahora inundado de luces de colores y humo artificial.

—¡Cómo olvidarla! Siempre tan estricta con el archivo, pero con un corazón de oro escondido bajo esa fachada de sargento prusiano —respondí, riendo ante la imagen de Rosita bailando salsa en ese mismo espacio donde antes reinaba el orden alfabético y el olor a papel viejo.

La pista de baile era un torbellino de movimiento donde los cuerpos se mecían como algas bajo el agua, y en medio de esa noche que tenía algo de mágico y mucho de imposible, una hermosa compañía me envolvió en un abrazo que parecía salido de otra dimensión temporal. Los recuerdos se agolpaban —tristes y melancólicos como viejas fotografías descoloridas, pero también llenos de vida—, creando una mezcla embriagadora más potente que cualquier licor.

—A veces los cambios no son tan malos, ¿verdad? —dije, mientras el último trago de la noche descendía por mi garganta, dejando un sabor agridulce, mitad alcohol, mitad melancolía.

—No, no lo son —respondió él, con una mirada que reflejaba el mismo torbellino que yo sentía.

Y así, en esa discoteca insólita que fue banco y ahora era templo del olvido temporal, celebramos el ayer y el hoy con la certeza de que algunos lugares nunca mueren realmente: solo se transforman, conservan algo esencial bajo la superficie. Como nosotros mismos.

El Pintoresco Viejo Man del Banco

Los personajes del banco eran tan variopintos y folclóricos que parecían arrancados de las páginas de Condorito, cada uno con su exageración particular. En ese carnaval de caricaturas humanas, no podía faltar Jairo Giraldo, mejor conocido como el viejo man, un apodo que se le pegó con la tenacidad de una canción pegajosa que no puedes sacarte de la cabeza.

¿Y por qué ese apodo tan peculiar? Por su saludo característico, ese «¿Hola, viejo man?» que soltaba con la naturalidad de quien respira, una frase que se contagiaba más rápido que un vallenato en diciembre. Más tarde, por algún giro del destino —o tal vez por una noche de tragos donde las palabras se tuercen y adquieren vida propia—, pasó a ser conocido como el viejo mandrágoras, un título que le sentaba todavía mejor, como traje hecho a medida.

Nuestro viejo man era un espécimen particular: en edad no llegaba siquiera a la treintena, pero aparentaba más años que Matusalén y su cohorte de patriarcas bíblicos. ¿La razón de su envejecimiento prematuro? Unas cicatrices en el rostro, recuerdos imborrables de un acné juvenil tan rebelde como el temperamento de su dueño. Además, usaba lentes con cristales gruesos porque era más cegato que topo perdido en discoteca, navegando a tientas entre luces que no alcanzaba a descifrar. Era como si la vida le hubiera dado un combo promocional sin pedirlo: lleve sus cicatrices y de ñapa le regalamos la miopía.

Los Sábados Futboleros: El Portero Ciego

Los fines de semana, después de los obligados guarilaques del viernes —esas reuniones etílicas que dejaban el hígado pidiendo tregua—, llegaban los sábados futboleros. Ya se imaginarán el rendimiento deportivo de estos etílico-deportistas, arrastrando resacas como cadenas invisibles. Nos reuníamos a jugar fútbol en la cancha de Crown Litometal, justo frente al zoológico Santa Fe, donde el viejo man vivía al lado, una proximidad geográfica que facilitaba su participación aunque no mejorara su desempeño.

Siempre jugaba de portero. No por sus habilidades felinas ni por ningún talento deportivo oculto, sino porque siempre estaba enguayabado hasta las pestañas. Su única estrategia consistía en ocupar espacio bajo los tres palos y rezar para que el balón no fuera en su dirección.

Pero lo verdaderamente cómico era su ritual de portero. Por temor completamente lógico a recibir un balonazo en pleno rostro, se quitaba los lentes y los dejaba cuidadosamente en la base del palo de la portería, como quien deposita una reliquia sagrada. Un portero que prefería no ver, que elegía la ceguera voluntaria antes que arriesgarse a perder sus únicos ojos funcionales. Pero cuando el equipo contrario se acercaba peligrosamente a su arco, el viejo man corría torpemente a ponerse los lentes, verlo dudar entre atajar el balón o ajustarse las gafas era un espectáculo digno de Chaplin, como si la vida le presentara una disyuntiva irresoluble.

La Irresponsabilidad Personificada: La Fiesta Épica

La responsabilidad no era su fuerte. Era tan ajeno a ese concepto como un gato al agua. Alberto Ochoa, con su humor más ácido que limón concentrado, solía decir con esa crueldad cariñosa que solo permiten las amistades verdaderas:

—El viejo man es tan irresponsable que si le dieran una finca para manejarla, sería capaz de chocarla.

Como si una finca fuera un Renault 4 desbaratado. También bromeaba con ponerlo a administrar una casa de citas: era como pedirle a un huracán que ordenara una biblioteca.

Pero no se dejen engañar por su aspecto bonachón y su sonrisa perpetua, porque detrás de esa fachada amigable se escondía un desastre con patas. La joya de la corona de su irresponsabilidad llegó cuando su hermano, el profesional de la familia, se fue de vacaciones a la costa con su familia y, en un acto que desafiaba toda lógica humana y divina, le dejó encargada su casa en Bello al viejo man. Era como amarrar un perro con longaniza y esperar que la longaniza sobreviviera.

¿Y qué hizo nuestro héroe en esa respetable casa residencial que le confió su hermano con ingenuidad suicida? Pues lo que cualquier ciudadano irresponsable haría en su lugar: organizó una parranda tan monumental que hasta Gabriel García Márquez la habría incluido en Cien años de soledad como el evento apocalíptico que finalmente destruye Macondo.

La fiesta fue tan descomunal que la casa terminó sellada por las autoridades por uso indebido de una vivienda residencial. Imagínense a la policía llegando al amanecer, entre botellas rotas y cuerpos dormidos en posiciones imposibles, diciendo con voz oficial:

—Esta casa ha sido más maltratada que la Constitución Nacional. Queda clausurada hasta nuevo aviso.

El viejo man convirtió la residencia de su hermano en algo entre discoteca clandestina y casa de dudosa reputación, un híbrido monstruoso que ni las autoridades sabían cómo clasificar. Me ruborizo al admitir que fui uno de los asistentes a aquel aquelarre. Pero ¿qué le vamos a hacer? Así era él: un desastre ambulante pero con un corazón fiestero que adoraba la recocha, el desmadre organizado. Y aunque sus aventuras nos sacaban canas verdes, siempre terminábamos riéndonos de sus imprudentes pilatunas, porque la risa era la única forma de digerir semejante cantidad de absurdo.

En ese Medellín de los ochenta, donde el banco cambiaba de nombre como de camisa y la responsabilidad era un concepto tan extraño como la paz duradera, el viejo man no era la excepción sino la regla encarnada: un tipo que no llegaba a los treinta pero vivía como si cada día fuera el último, un portero que prefería no ver antes que ver su derrota, un cuidador de casas que organizaba fiestas dignas de terminar con la policía y el arrepentimiento. Mi ciudad, donde la realidad supera cualquier ficción con pasmosa facilidad. Qué tiempos aquellos, cuando la cordura era opcional y la locura, un estilo de vida.

Los Viernes Culturales

Los mal llamados «viernes culturales» del banco eran como un oasis en medio del desierto laboral, un respiro que comenzaba puntualmente a las cuatro de la tarde, cuando las puertas se cerraban al público y el ambiente se llenaba de buen humor y expectativa. Una tradición tan obligatoria como el himno nacional en un partido de la Selección Colombia.

En ese escenario festivo, Juan Javier, el jefe de extranjero, era el maestro de ceremonias indiscutible, el encargado de organizar las famosas «bebetas» —esas reuniones informales donde el licor fluía con la generosidad de río crecido y se bebía con la premura desesperada de maratonista en los últimos kilómetros—.

¿Y quién creen que era el primero en ofrecerse para recolectar el dinero de la vaca? Pues el más ingenuo del lugar, nuestro querido viejo man. Era como poner a un zorro a cuidar el gallinero. Él hacía la colecta con una seriedad que ya quisieran los del DANE en sus censos más rigurosos, pasando de escritorio en escritorio con aire de recaudador oficial.

Pero aquí viene lo bueno: al final de cuentas, el viejo man salía más beneficiado que político en periodo electoral. No daba su cuota para la vaca, se emborrachaba generosamente a cuenta de sus colegas, y para colmo de la impunidad, hasta le sobraba dinero para el taxi de vuelta a casa. Un Warren Buffett del aguardiente: invertía cero pesos y obtenía dividendos abundantes en forma de guayabo cortesía de la casa y transporte gratis.

El Galán de los Piropos Trasnochados

Pero esperen, que la cosa se pone todavía mejor. La mamá de Ligia Isabel, doña Ligia, de vez en cuando visitaba el banco para ver a su hija. Una señora siempre muy propia y bien arreglada, como si en vez de ir a un banco estuviera asistiendo a misa de doce. Como Ligia Isabel casi siempre estaba ocupada atendiendo clientes, a la mamá le tocaba esperar sentada en la recepción, observando el ir y venir de la gente con paciencia de santa.

Entraba entonces en escena nuestro amigo viejo man, que no tenía ni la más remota idea del parentesco que existía entre ambas mujeres. Para él, cualquier ser con falda era una potencial conquista. Ver a doña Ligia sentada ahí, elegante y sola, era como mostrarle un ratón a un gato: se le activaban todos los instintos cazadores de forma automática.

Así que ahí iba nuestro Romeo de segunda, tirándole los perros a doña Ligia sin el menor asomo de pudor. Sus técnicas de coqueteo eran tan anticuadas como su apodo, reliquias de otra época, pero él las usaba con la confianza ciega de un vendedor de elixires milagrosos en plaza de mercado:

—¿Qué hace una estrella volando tan bajito?

—Con un bombón como usted, no me importaría ser diabético el resto de mis días.

Doña Ligia, lejos de ofenderse, se divertía como en una comedia de teatro de barrio. Más tarde, entre risas que le sacudían todo el cuerpo, le contaba a su hija las aventuras del galán equivocado, del pretendiente que no sabía que estaba cortejando a la suegra potencial de alguien más:

—Hija, ¿te imaginas? ¡Ese muchacho me estaba echando los perros! Debe pensar que soy Elizabeth Taylor en sus buenos tiempos.

Y es que para el viejo man cualquier mujer mayor de cuarenta era una diva de Hollywood esperando ser descubierta. Este episodio le subía el ego a doña Ligia más que un ascensor en el edificio Coltejer, como si el viejo man, sin saberlo, le hubiera regalado un lifting facial gratis, una inyección de juventud verbal.

Ese era el viejo man en toda su compleja dimensión. Un tipo que no podía ver una escoba con falda porque se le tiraba en plancha, como Higuita ejecutando el escorpión imposible. No importaba si la escoba era la mamá de una compañera, una clienta despistada o la señora de la limpieza: para él, toda mujer merecía sus galanterías añejas. Él mismo pregonaba su filosofía de vida sin vergüenza:

«De mosca pa'rriba, todo es cacería legítima.»

En un banco donde los viernes se volvían culturales —léase etílicos sin eufemismos—, donde la vaca para el trago la manejaba el más irresponsable del equipo, y donde un empleado le coqueteaba descaradamente a las mamás de sus colegas sin saberlo, cualquier cosa era posible. Eran tiempos en que la cordura se iba de vacaciones cada fin de semana sin avisar, y personajes como el viejo man nos recordaban que en Medellín la realidad siempre tiene un chorrito generoso de aguardiente antioqueño y un trasfondo inevitable de vallenato tocando en alguna parte.

Y como si los viernes culturales no fueran suficiente castigo para nuestros maltratados órganos internos, los sábados por la mañana, con el guayabo a cuestas más pesado que una hipoteca a treinta años, nos reuníamos en la misma cancha frente al zoológico Santa Fe para jugar un partido que nadie en su sano juicio hubiera organizado. ¡Qué gloriosamente irresponsables éramos! Una mezcla embriagadora de juerga y deporte amateur, un balance contable donde las fiestas eran los activos y el guayabo, los inevitables pasivos.

Goles Olímpicos y Decepciones en la Cancha

Sucedía a veces que las chicas más entusiastas del banco, esas mismas que nos veían luchar con calculadoras prehistóricas durante toda la semana, se animaban a venir a vernos jugar los partidos sabatinos. Su presencia femenina nos daba una motivación adicional para lucirnos en la cancha polvorosa, como si cada gol pudiera ser un ascenso laboral. Queríamos demostrarles que éramos verdaderos cracks del balón, tan hábiles con los pies como supuestamente lo éramos con los números —aunque ambas afirmaciones fueran bastante discutibles bajo la luz cruda de la realidad—.

Un día en que las chicas hacían acto de presencia en las improvisadas tribunas, la suerte me sonrió de una manera tan inesperada que todavía me cuesta creerlo. Desde mi posición en la punta derecha, casi pegado al banderín de córner, lancé un centro con la intención básica de que alguno de mis compañeros lo rematara con fortuna. Pero el destino tenía otros planes. Con el viento a mi favor, saqué un centro que se elevó por los aires, describiendo una parábola perfecta, y luego descendió suavemente hasta colarse en el fondo de la red contraria. ¡Un gol olímpico! Un golazo de antología que hubiera hecho llorar a James y replantearse toda su carrera futbolística.

Salí corriendo a celebrar, más eufórico que inversionista en día de ganancias extraordinarias, los brazos alzados en V de victoria. En mi mente ya me veía en las portadas de El Colombiano: «Ex banquero anota gol de película en cancha del zoológico». Esperaba la ovación de las chicas en la tribuna improvisada, las imaginaba gritando mi nombre, pidiéndome autógrafos, tal vez hasta mi número telefónico.

Pero oh, destino cruel y burlón. ¡Estaban todas completamente distraídas! Pegadas a la malla del zoológico como moscas a la miel, mirando pasar los buses por la avenida con la concentración de científicos observando un fenómeno raro. ¿Y por qué semejante distracción colectiva? ¡Trataban de ver a Agripina, el famoso chimpancé, la atracción estrella del zoológico!

Mi gol del siglo había pasado más desapercibido que una cláusula en letra pequeña al final de un contrato bancario, eclipsado por la curiosidad de las chicas por un primate enjaulado que probablemente en ese momento estaba rascándose las axilas sin ninguna gracia particular. Así era la vida en el banco y sus alrededores: llena de sorpresas inesperadas y desengaños previsibles. Mis compañeros se burlaron de mí durante días, diciéndome que hasta un chimpancé tenía más fans que yo, y yo me quedé con la satisfacción secreta de haber marcado el gol más extraño, improbable y divertido de mi vida —celebrado, como todo lo memorable de esta ciudad, en la más completa soledad, mientras el público miraba deliberadamente hacia otro lado, buscando al mono.

El Festival de Tango y el Taxista

¡Ah, el viejo mandrágoras! Un verdadero maestro consumado en el arte milenario de la picardía y las mañas callejeras. Y yo, su fiel escudero en más de una aventura que rayaba en lo delirante.

Imagínense la escena: una noche cualquiera —aunque ninguna noche con el viejo man era realmente cualquiera—, regresábamos de una juerga épica por los lados de Manrique, ese barrio con alma de tango y corazón de milonga. Habíamos estado en un festival de tango, de esos que te dejan el alma vibrando a ritmo de dos por cuatro y el hígado pidiendo auxilio con señales de humo.

Ya entrada la madrugada —esa hora indefinida donde la noche muere y el día todavía no nace—, con más música que comida en el estómago, el apetito nos atacó a dúo con ferocidad inesperada. No cualquier antojo: el cuerpo nos pedía a gritos unos ricos pasteles de pollo del afamado Pollo Dorado, esa institución gastronómica que ha salvado más madrugadas que todos los santos del calendario juntos.

Tomamos un taxi en el barrio Manrique cuando ya la noche iba de salida. Era un viaje largo, de polo a polo geográfico: el viejo man vivía en el barrio Santa Fe y yo en Cristo Rey, Guayabal, así que compartíamos ruta en un tramo considerable. Cuando pasábamos por el centro, justo en esa esquina mítica de la calle Maturín con Palace donde se erige como faro para náufragos el legendario Pollo Dorado, el aroma inconfundible a masa frita y pollo condimentado nos activó las papilas gustativas como alarma de incendios. Sus pasteles eran tan grandes que a esa hora de la madrugada no eran simplemente comida: ¡eran salvavidas, anclas de salvación para náufragos del alcohol!

Con la boca hecha agua, le pedí al taxista que me esperara más adelante mientras compraba los ansiados pasteles. El hombre, que seguramente también arrastraba su propia trasnochada, accedió sin mayor resistencia. Me bajé rápidamente, dejando al viejo man sentado atrás como rehén involuntario, una prenda de confianza que garantizaba mi regreso. ¿No?

La esquina del restaurante estaba más concurrida que concierto de Juanes en su mejor momento. Mientras yo hacía la fila interminable, apareció de repente el viejo man a mi lado, materializado de la nada, con esa prisa característica de quien huye de la escena del crimen antes de que lleguen las sirenas.

—¡Vámonos, vámonos! —me apuró—. ¡El taxista ya se fue! Ya le cancelé la carrera. Mira, justo aquí está el paradero de los buses y colectivos de Itagüí.

Confié en sus palabras con la ingenuidad del borracho cansado que solo quiere llegar a casa. Lo miré con algo de sospecha —conocía de memoria la capacidad infinita de nuestro genio del engaño para inventarse realidades alternativas—, pero el cansancio pesaba más que la suspicacia.

Nos montamos en el bus colectivo, pasteles calientes en mano. Pero algo no cuadraba: el viejo mandrágoras tenía una risita específica, de esas que delatan una travesura recién horneada, todavía caliente como los pasteles que cargábamos.

—Viejo man, ¿vos le pagaste al taxista? —le pregunté, sabiendo la respuesta con la misma certeza con que sé que el aguardiente arde al bajar.

Me respondió entre risas apenas contenidas, orgulloso de su hazaña:

—Viejo Abel, nos acabamos de ahorrar la mitad de la carrera. Para nuestros bolsillos flacos, eso era como pagar la cuota inicial de un apartamento en El Poblado.

No había que ser Sherlock Holmes para deducir lo evidente. No le había pagado ni un peso al taxista: le había dicho al pobre hombre que iba al baño a resolver una urgencia fisiológica. ¡Ja! El único baño que visitó fue el metafórico de su conciencia —si es que tenía una—, donde se lavó las manos como Pilatos, declarándose inocente de toda culpa.

Ese era el viejo mandrágoras en su esencia más pura. Un pícaro de estirpe antigua, descendiente espiritual de aquellos pícaros españoles del Siglo de Oro, capaz de sacarle jugo a una piedra árida y de convencer a un taxista de que un paseo inexistente al baño era parte integral del servicio contratado.

En el banco éramos colegas respetables durante las horas de oficina, hombres serios de números precisos. Pero en las calles nocturnas de Medellín, después de una noche de tango y tragos que nublan el juicio, nos convertíamos en personajes de comedia, improvisando guiones absurdos donde la astucia callejera y la escasez crónica se daban la mano fraternalmente. Mientras el bus nos llevaba a casa dando tumbos por calles vacías, entre mordiscos hambrientos a esos pasteles que sabían a victoria ilícita, yo miraba al viejo man de reojo y pensaba: «Este tipo es un fenómeno digno de estudio. Si Newton se descuida dos segundos, es capaz de darle la vuelta completa a la ley de la gravedad y convencernos de que arriba es abajo».

«Un día de estos», me decía yo mismo con la clarividencia profética del borracho filosófico, «sus mañas lo van a meter en un lío del que ni siquiera su ingenio podrá sacarlo». Pero esa noche, con el estómago finalmente lleno y la billetera milagrosamente intacta gracias a su dudosa gestión, solo podía admirar su ingenio torcido con una mezcla de horror y respeto. Después de todo, en esta ciudad donde todo es posible, a veces la picardía es el único capital real que uno tiene, el único saldo positivo en la cuenta bancaria de la supervivencia. Y el viejo man, con todos sus defectos, era el gerente general de ese banco informal.

Las Aventuras Nocturnas del Viejo Man en Casa de Melania: El Cheque Fosforescente

Aquí va otra historia antológica de nuestro personaje, ese al que llamábamos el viejo mandrágoras o simplemente el viejo man según el grado de afecto o exasperación del momento. Jairo Giraldo de nombre oficial, era genuinamente famoso por su inventiva torcida, que no conocía fronteras morales ni geográficas.

En aquellos tiempos, nuestros salarios se pagaban con cheques físicos que venían acompañados de un desprendible de pago, casi idéntico en tamaño y apariencia al cheque mismo. Este desprendible detallaba meticulosamente el valor exacto, el nombre completo del beneficiario y los demás datos bancarios. Fue precisamente este papel aparentemente inocente el que inspiró al viejo man en una de sus más ingeniosas —aunque moralmente reprobables— travesuras nocturnas.

Una noche, nuestro protagonista se encontraba en la ya famosa casa de lenocinio de Melania, la madame con corazón de empresaria. Un lugar donde las chicas te llaman «mi amor» sin haberte visto antes en la vida y donde el dinero se esfumaba con la velocidad de un rayo. Pero el viejo man, siempre recursivo como MacGyver criollo, no se inmutó ante la escasez temporal de efectivo. En un momento de inspiración diabólica, sacó el desprendible de su cheque de pago y lo usó audazmente como medio de pago legítimo. Las casas de placer siempre operaban a media luz estratégica, y bajo esa iluminación tenue, el desprendible incluso adquiría un aspecto fosforescente, brillaba levemente como cheque legítimo bajo luz negra. Nadie dudaría de su autenticidad en esas condiciones de poca visibilidad.

Con una calma budista que no levantaba la menor sospecha, entregó el falso cheque como quien paga la cuenta del restaurante un martes cualquiera. Sabía que eventualmente lo identificarían —no era precisamente un genio criminal tapando huellas—, pero eso no le importaba en lo más mínimo. Al menos esa noche la pasaría a cuerpo de rey y se pegaría una buena despelucada, como él solía decir con esa franqueza que rayaba en lo obsceno.

El lunes siguiente, inevitable como el amanecer después de la borrachera, la realidad tocó a nuestra puerta con los nudillos duros. Llegaron al banco preguntando específicamente por Jairo Giraldo, y la sorpresa fue mayúscula entre todos nosotros. Por supuesto, el viejo man ya había tenido tiempo de rebuscar el dinero durante el fin de semana y pagar su deuda de honor —o deshonor—, evitando que el escándalo escalara a proporciones catastróficas. ¡Imagínense si el asunto hubiera llegado a oídos del severo Don Lucas! Hubiera sido su despido fulminante.

Esta anécdota se convirtió rápidamente en mito fundacional entre nosotros. El viejo man, con su astucia moralmente dudosa pero innegablemente efectiva, logró una noche de placer a crédito improvisado usando nada menos que un desprendible de pago como moneda de cambio. Una hazaña que, aunque reprobable desde cualquier ángulo ético, nos dejó a todos con una mezcla de asombro, admiración involuntaria y risa contenida que explotaba en las pausas del café.

Jubilados al Ataque: Aventuras, Risas y Sugar Daddies en el Banco

En aquellos tiempos, los viernes eran días especiales en el banco: era cuando llegaban los viejitos jubilados de Cajanal a cobrar sus pensiones mensuales, ese dinero ganado con décadas de trabajo que ahora llegaba con cuentagotas. Nos moríamos de risa —una risa compasiva pero inevitable— al observar las ingeniosas artimañas que utilizaban para proteger su dinero recién cobrado de los peligros de la calle. Algunos se metían los billetes donde nunca da el sol y se agarraban la pretina de los pantalones con una cabuya gruesa, como si fueran auténticos guardianes medievales de un tesoro incalculable.

Fernando Castañeda, cajero veterano y cronista no oficial de la vieja guardia, tenía desde su puesto la vista privilegiada de todo el espectáculo humano.

—Era un espectáculo digno de verse —nos dice Fernando recordando con una sonrisa que le arruga toda la cara—, ver cómo algunos escondían su dinero entre las partes nobles del cuerpo, amarrando la pretina de sus pantalones con cabuya como si fuera un tesoro pirata recién desenterrado.

Otro clásico eran aquellos ancianos que llegaban acompañados de dos o tres familiares oportunistas, listos como atletas en posición de salida para cobrar el cheque en cuanto lo tuvieran en sus manos temblorosas, cada uno con su propia idea de cómo gastar ese dinero antes incluso de que fuera oficialmente cobrado. Pero sin duda la historia que más risas generaba entre nosotros era la del viejito que llegaba invariablemente acompañado de su moza, mucho más viva y despierta que él, que no solo lo acompañaba con devoción sospechosa sino que tomaba las riendas completas de toda la operación financiera.

—Era la tesorera, la contadora, la administradora y la reina absoluta de su corazón senil, todo en uno —comentaba Fernando entre carcajadas—. No lo sabíamos entonces, pero estábamos presenciando en tiempo real el nacimiento de los modernos sugar daddies, aunque en aquel tiempo los conocíamos con nombres menos elegantes: viejos verdes o viejos morbosos. Por cierto, ¿alguien sabe por qué lo de «verdes»? Siempre me lo he preguntado sin encontrar respuesta satisfactoria. El misterio persiste.

La Anécdota del Negro Balvin y Nancy Cifuentes

Una de las anécdotas más repetidas fue la del negro Balvin cuando hacía el puesto de visador. Era estricto hasta la médula, irreverente por naturaleza, y se caracterizaba por su severidad inflexible en la aplicación de las normas de seguridad del banco. Nada pasaba por su escritorio sin la debida inspección.

Balvin era el guardián implacable encargado de verificar si los cheques tenían fondos suficientes y estaban debidamente firmados por el beneficiario legítimo. Un día llegó un anciano de aspecto humilde a cobrar un cheque extendido a nombre de Nancy Cifuentes, un nombre inequívocamente femenino.

Balvin lo llamó con voz de autoridad:

—Señor, este cheque está a nombre de una mujer. Debe ser la beneficiaria en persona quien lo cobre. Son las reglas.

El viejito, extrañado, respondió con naturalidad:

—¡Yo soy Nancy!

Balvin, incrédulo, pidió la cédula del señor y la examinó con cuidado. Al confirmar que efectivamente, legal y oficialmente, su nombre registrado era Nancy, soltó una carcajada tan estrepitosa que retumbó por toda la oficina como campana de iglesia.

—¡No jodás! —gritó—. ¿Nancy de verdad? ¿Tu nombre es Nancy?

La carcajada resonó por todos los rincones del banco, y todos terminamos sumándonos a la celebración de lo absurdo. Fernando, aprovechando la ocasión, bromeó con el viejito:

—Don Nancy, la próxima vez háganos el favor de presentarse con falda y tacones altos para que le creamos más fácil lo de su nombre.

El anciano, lejos de ofenderse, rió de buena gana y explicó la historia detrás de su nombre: un capricho de su padre, quien siempre había soñado con tener una hija y ponerle ese nombre. Al no llegarle nunca la hija anhelada, decidió imponerle el nombre a su hijo varón de todas formas, condenándolo a una vida de explicaciones eternas.

Reflexión Final: La Vida de los Viejitos

Estas historias, repletas de humor involuntario, nos hacían el día a día laboral más llevadero. Pero llegar a viejo con limitaciones económicas no es asunto de risa. A medida que los años pasan, las risas de juventud se transforman imperceptiblemente en burlas, y el dinero se vuelve más esquivo que nunca.

—La vida no es fácil para nadie, pero ellos encuentran su manera particular de seguir adelante —reflexionaba Fernando, con esa sabiduría que dan las décadas de observar la condición humana desde detrás de una ventanilla de banco—. Cada quien usa las herramientas que tiene: una cabuya para sostener los pantalones donde guarda su pensión, o una sonrisa coqueta para asegurarse el cheque del mes y quizás algo más.

Ah, viejos tiempos del banco, entre cheques que prometían sueños y sonrisas que ocultaban miedos: cada día era, sin proponérselo, una lección práctica de economía... y una clase de humanidad en su expresión más cruda y verdadera.



--------------------------------------------------------- <<CAPITULOS DEL LIBRO >> —-------------------------------------------------------

---------------------------------------------------------

Estoy emocionado de compartir una gran noticia con ustedes: mi libro está disponible en Amazon por solo $0.99 USD. Quisiera invitarlos a que aprovechen esta oferta y me ayuden a alcanzar la lista de los más vendidos. Cada compra no solo me acerca a este objetivo, sino que también es una oportunidad para que más personas conozcan mi trabajo. Además, cualquier reseña positiva que puedan dejar sería inmensamente apreciada y contribuiría enormemente a la visibilidad del libro. ¡Gracias de antemano por su apoyo y por acompañarme en este viaje literario! Comprar Pinceladas de recuerdos aquí --------------------------------------------------------

Comentarios

  1. Abelardo, que disfrute tan grande, la lectura de tus anécdotas, me reí demasiado. Me gustaría ver alguna foto, si es posible, del "viejo man" y del Dr. Luis Carlos.~Lina M.

    ResponderBorrar
  2. Don Abel, estás anécdotas están de comprar boletas en palco, me reí todo el tiempo, tu manera d contarlas es genial y lo va llevando a uno como si estuviera en esos lugares jajajaja. ~Ligia Isabel

    ResponderBorrar
  3. Abelardo hola… Te cuento que he estado leyendo tus historias, son espectaculares; cómo no nos habíamos dado cuenta antes que teníamos todo un genio para escribir. He disfrutado mucho. te felicito de corazón por escribir tan lindo todos esos recuerdos que nos hacer transportar a esas épocas. Un abrazo. ~Luz Marina~

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Mas leidos...

0 * PRÓLOGO: Viaje a las entrañas de una familia memorable

No 23 “Los años setenta: "Caminos Entrelazados: Un Relato de Sueños y Desafíos"

No 34 «Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad»

No 38 "La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza:"

*** 25 "Momentos Inolvidables: Memorias de un Empleado Bancario"