*** 25 "Momentos Inolvidables: Memorias de un Empleado Bancario"

Capítulo 25

Memorias de un empleado bancario: Nostalgias, tumultos y reconocimientos inesperados


Los recuerdos llegan con la suavidad de una brisa que arrastra consigo el polvo de los años, y también con el peso de lo que ya no regresará. En 1977, La Banque Nationale de Paris —ese nombre que para mí era una melodía susurrada en un idioma lejano— se transformó en el Banco Mercantil. Para algunos, aquello no fue más que un giro administrativo, un trámite corporativo ejecutado con frialdad burocrática; pero para mí fue el primer desgarro de un sueño que había alimentado en silencio durante años.

Aquel nombre francés, con su elegancia discreta y su promesa exótica, había sido siempre una ventana abierta hacia mundos imaginados. Yo soñaba con caminar algún día por las calles empedradas de Montmartre, respirar el aire húmedo del Sena, perderme en librerías antiguas donde los volúmenes olían a tiempo detenido. El francés fluía en mi mente como un río manso, sin esfuerzo, como si mi lengua hubiese nacido para pronunciar esas vocales redondeadas. El inglés, en cambio, se me resistía como una cuesta empinada: entre más la subía, más se alejaba la cima, y con ella mi paciencia.

Cuando el banco cambió de nombre sentí un pellizco en el pecho, la melancolía difusa de las despedidas que uno no elige. Era como si cerraran una puerta en la casa de mis anhelos. Quién sabe qué aventuras me esperaban; lo único seguro era que el francés que tanto amaba quedaría relegado a un rincón de mi imaginación —y el inglés, ese enemigo con el que nunca hice las paces, seguiría esperándome, terco, en la esquina siguiente.


Las tardes en el banco de nombre francés estaban impregnadas de un espíritu juvenil vagamente revolucionario —aunque no precisamente por parte de los empleados—. Los años setenta, vibrantes y convulsos, nos trajeron más de una sorpresa, y no todas tenían que ver con balances contables.

Los viernes no solo anunciaban el fin de semana, sino también el preludio de alguna revuelta estudiantil. Nos tocaba lidiar con el canje de divisas mientras el olor de los gases lacrimógenos se colaba por cada rendija, impregnando las cortinas, irritando la garganta como recordatorio de que la ciudad hervía afuera. Pero hubo un día en que la cosa escaló a niveles de película —y no precisamente del género que termina con atardeceres apacibles.

Eran pasadas las siete de la noche. La mayoría de los empleados ya se había ido, salvo Carlos González, el celador, y yo, todavía terminando mis labores. La calma se rompió cuando un grupo de estudiantes decidió que nuestro banco era el escenario perfecto para su descontento político.

Con la puntería de un mal lanzador, tiraron varias piedras contra las puertas de vidrio. El estruendo de los cristales fue apenas el preludio: un cóctel molotov voló por el aire con la intención de convertir nuestro tranquilo refugio financiero en una antorcha. Por suerte, el lanzador tenía más entusiasmo que puntería: la botella apenas alcanzó a entrar por el hueco recién formado, y las cortinas se salvaron por centímetros.

El toque cómico lo puso El Colombiano al día siguiente. El titular proclamaba con solemnidad: «Atacado por vándalos el Banco Nationale de Paris con bomba molotov; su gerente, Carlos González, se encontraba en el lugar junto con otro empleado, cuyo nombre se reservó». Nuestro celador había sido ascendido a gerente por obra y gracia del periodismo apresurado. A mí, en cambio, jamás me preguntaron nada —protegido, sin querer, en el anonimato del «otro empleado».

Así transcurrían nuestros días: entre transacciones y piedras, entre cifras y cócteles molotov fallidos.


Algo que llamaba la atención al caer la noche era la cantidad de niños de la calle —gamines, como se les llamaba con ese galicismo cruel que en francés significa simplemente «niño», pero que en Colombia cargaba todo el peso de la marginación— merodeando los alrededores del banco. Niños entre cuatro y siete años. Algunos dormían pegados a la reja plegadiza, esperando a que el celador la bajara para que después no los despertara con el ruido metálico de subirla.

Justo frente a la puerta principal había una rejilla que daba al subterráneo de la energía eléctrica, donde probablemente hacía más calor. Allí bajaban a pasar las noches frías, uno por uno, una niña entre ellos, deseándole buenas noches al celador con voces rasposas de adultos diminutos y prematuramente envejecidos.

Recuerdo haber compartido mi inquietud con algunos compañeros. «Es la realidad que nos toca vivir», decían, encogiéndose de hombros, y volvían a sus tareas con esa resignación que a veces se disfraza de pragmatismo. Yo no lograba hacer lo mismo: esas caras sucias y esos ojos cansados se quedaban mirándome desde las sombras mucho después de que se cerraba la reja.


El año 1977 no solo trajo el cambio de nombre, sino también un traslado: de la esquina de la calle Colombia con Sucre pasamos al Parque de Berrío, en el local que había sido la sede principal del Banco Cafetero. No era solo cambiar de dirección; era vestirse con una identidad nueva en un espacio que ya respiraba historia.

El edificio fue remodelado de arriba abajo. Recuerdo bien cómo las burdas cajas enrejadas —que parecían más jaulas para pollos que mostradores de un banco— fueron desmanteladas para dar paso a un diseño más digno. Por fuera, las esculturas históricas que adornaban el muro exterior fueron retiradas sin mayor ceremonia y terminaron guardadas en la cava del banco: la belleza, a la sombra del dinero, que era lo único que allí se consideraba con valor contable. La prensa local no dejó pasar la controversia.

Aun así, algo del edificio antiguo sobrevivió: las columnas forradas en mármol se quedaron como un guiño a la elegancia de otra época, mientras el Banco Mercantil terminaba de nacer con su nombre nuevo. Entre polémicas y remodelaciones, el banco cambiaba de piel, y yo seguía ahí, convencido de que cada cambio, grande o pequeño, era una semilla más de lo que estaba por venir.


El día de la mudanza fue, como todo en la vida de un banco, logística meticulosa con su toque de caos controlado. Un sábado por la mañana, cada uno recogía sus efectos personales para el gran traslado.

El banco estaba cerrado, claro —los bancos de la época no abrían los fines de semana, y los cajeros automáticos eran apenas un sueño futurista—, pero eso no parecía saberlo todo el mundo.

Mientras estábamos reunidos comentando el traslado, una señora entró por la puerta abierta, confundida por el trajín inusual, y se acercó directamente a Bernardo Rivera:

—¿Señor, podrían cambiarme este cheque?

Bernardo, que nunca se quedaba sin palabras, la miró como si ella hubiera propuesto cambiarle el curso al río Medellín. Con la seriedad de un juez de la República, respondió:

—Los fines de semana no se ofrecen servicios bancarios, señora.

La pobre mujer, ante la cara de póker de Bernardo, se retiró con más dudas que con las que había llegado.

Apenas se fue, Bernardo soltó el comentario que nos hizo estallar en carcajadas:

—¡A tantas inocentes vaquitas que les caen rayos y no caerle uno a esta señora!

Fue la anécdota perfecta para bajarle la seriedad al día. Y así, entre bromas, seguimos empacando nuestras vidas rumbo al Banco Mercantil renovado.


En 1977 los bancos de Medellín se midieron en los «II Juegos Bancarios Medellín 1977», organizados con esmero por el Banco de la República. Para mí fueron de los mejores momentos de mi vida laboral: el trabajo dejaba de ser transacciones y se volvía camaradería, sudor compartido, gritos de aliento en canchas improvisadas.

Nuestra delegación compitió en fútbol y tenis de mesa, y yo además me animé con la exposición de pintura libre. En fútbol, aunque el equipo era bueno gracias al ojo de Bernardo Rivera —que conocía el balón como la palma de su mano—, competíamos en desventaja: los bancos grandes tenían de dónde escoger jugadores, y nosotros apenas un puñado de voluntariosos.

El tenis de mesa, en cambio, era mi terreno. En el segundo piso del banco había una mesa donde pasaba horas practicando, calculando ángulos con precisión casi obsesiva, solo para no hacer el oso frente a los otros bancos. Disputé unos tres o cuatro encuentros y perdí apenas uno, lo cual, para alguien que aprendió a jugar entre archivadores, no estaba nada mal.

Una anécdota que guardo con cariño ocurrió en uno de los últimos partidos, un enfrentamiento muy «ruñido», como diría Bernardo, en la sucursal de Envigado. Entre el público estaba Lina Montoya, con quien había tenido algunos coqueteos en el pasado. Al ganar el partido, Lina saltó a abrazarme y me dio un beso en la mejilla; yo, empapado en sudor, no supe si sentirme avergonzado o halagado. La relación nunca pasó de ahí, pero el recuerdo se quedó intacto.

Esos Juegos Bancarios fueron una mezcla perfecta de competencia y camaradería, de los días en que el trabajo y la juventud cabían en la misma cancha.


La exposición de pintura, en el Banco de la República, fue la cereza del pastel. Yo, pintor de pacotilla sin ninguna formación, me atreví a participar con un cuadro titulado «Tradiciones».

Eran tantos los concursantes que llevé mi cuadrito sin la menor esperanza, solo por no dejar pasar la oportunidad —esa mezcla de timidez y osadía que caracteriza a los pintores de domingo—.

Cuál no sería mi sorpresa cuando Blanca Restrepo, una amiga del Banco del Comercio, me llamó con la noticia:

—Anda, mira la exposición. Tu cuadro sacó «mención de honor» entre todos los participantes, ¡es como un tercer puesto!

Y remató:

—La gente que mira la exposición dice que debía haber sido el primero.

Fui a comprobarlo de incógnito, mezclado entre los visitantes, escuchando comentarios con el corazón acelerado. Mi entrañable amiga Ligia Isabel terminó quedándose con el cuadro, que todavía conserva —aunque, para ser sincero, nunca le cobré ni un tinto por el favor de guardarme la gloria en su sala.

Más allá de la «mención de honor», ese reconocimiento fue la prueba de que mis sueños no cabían únicamente en la ventanilla del banco, y de que valía la pena seguir explorando lo que llevaba dentro.


Entre este torbellino de recuerdos, me cuesta ubicar el momento exacto en que cada compañero fue llegando al banco. Cada uno, a su manera, se fue integrando, y algunas anécdotas siguen brillando como destellos en la penumbra del pasado.

Una de las primeras historias fue la de Elkin Restrepo, de los primeros empleados contratados allá por 1972, más por su experiencia en la Caja Agraria que por estudios formales. En cuentas corrientes era el hombre orquesta, hacía de todo un poco —hasta repartir tintos, exageraba él—. Como en esos días llegaban pocos clientes, solía comentar con su ingenuidad de siempre:

—¿Tan poca clientela? ¿Con qué nos van a pagar?

Estaba también Edgardo Echeverri, que se vanagloriaba de haber llegado antes que el propio banco. Sin estudios formales, pero con esa malicia indígena que se le daba silvestre, trabajaba de mesero en el Club Campestre El Rodeo. Cuenta la historia que, antes de que el banco abriera en Medellín, don Luis Carlos Saldarriaga —nuestro gerente, más encartado que gallina criando patos— tenía que hospedar a la plana mayor: Christian Domeq, Mr. Vandebeck, Mr. Tremosa y el señor Carreño de Bogotá. Sin nada resuelto, y viendo a Edgardo atender la mesa con su desparpajo de siempre, le preguntó:

—¿Usted, por casualidad, no tiene dónde alojar a estos amigos por tres noches?

Edgardo, con su sonrisa astuta:

—Espere, señor, déjeme consultar.

Volvió al rato:

—Qué pena, señor, pero todo está copado.

—¿No se puede hacer nada? —insistió don Luis Carlos, ya casi rogando.

Edgardo, con un brillo de picardía:

—Bueno... yo podría conseguirles cuarto, pero me despiden del trabajo.

Don Luis Carlos no lo pensó dos veces:

—No se preocupe, yo le ofrezco trabajo. Tome mi tarjeta y venga el lunes a la entrevista.

Así fue como Edgardo se saltó todas las convocatorias y empezó a trabajar en el almacén ocho días antes que todo el mundo. Su malicia y su labia le abrieron una puerta que ningún formulario le habría abierto.


Otra de esas anécdotas que todavía me sacan risa fue mi primera «gran metida de pata» en el banco. Recién nombrado mensajero, aún «zanahorio y buñuelo» y lleno de buena voluntad, me mandé una que no se me olvida.

Luz Mery Montoya, «La Mona», me encargó ir a la farmacia de la cuadra por un removedor de uñas. Fui, cumplí el encargo, y de regreso me topé en la puerta con Darío Osorio, el jefe de personal, que me preguntó con su aire de autoridad:

—¿Qué es eso que lleva ahí, joven?

—Es un removedor que me pidió comprar Luz Mery —respondí, inocente y sin malicia.

Don Darío no dijo nada, solo me lanzó una mirada que no supe interpretar. Días después salió una circular prohibiéndoles a los mensajeros hacer vueltas personales en horario laboral. Sentí la cara arder de la vergüenza: sin querer, había «metido los guayos».

Con el tiempo me reí bastante de mi propio error —quería ayudar, y terminé estrenando reglamento—. Desde entonces aprendí a pensarlo dos veces antes de aceptar encargos que no me correspondían.

Esa anécdota, y tantas otras como ella, son las que le dan calor a los recuerdos del banco. Cada uno de nosotros puso su cuota, y entre todos armamos algo que, visto hoy, todavía brilla.

Notas:

Sacol: Sustancia muy volátil, usada para pegar la suela de los zapatos, con la cual se drogan los niños de la calle o gamines.

Gamin: Niño de la calle. Esta palabra en francés no tiene la connotación que tiene en Colombia. En francés significa niño normal y corriente

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Comentarios

  1. Sin palabras. Excelente. Recuerdo a casi todos los ex- compañeros

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  2. Me gusta tu historia, especialmente, el matiz que le pones. Es amena, graciosa y crea espectativa. ~Beatriz

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  3. Que rico todas esas anécdotas. Cuenten más me encantan

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  4. Abelardo , que gran poeta y también pintor. Nunca imaginé tanto potencial artístico, un talento muy escondido. Felicitaciones por todo lo que haces. ~Luz Mery Montoya~

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