*** 27 "Crónicas del Banco: Entre Cuentas y Anécdotas"

Capítulo 27

Crónicas del Banco: Entre Cuentas y Anécdotas

En las páginas de mis memorias —que se despliegan como pétalos en el jardín de la nostalgia— quiero tejer una remembranza de nuestros días en la institución financiera que fue, durante tantos años, nuestro segundo hogar. Con humor y melancolía a partes iguales, dejo que esos recuerdos vuelvan a respirar.

Antaño —en aquellos días de gloria bancaria— éramos jóvenes y rebosantes de energía, y enfrentábamos los desafíos del mundo financiero con una sonrisa en los labios y un brillo travieso en los ojos. Qué lejano queda ese ayer en que el reloj parecía marcar las horas con pereza, y el corazón latía por sueños que, aunque inalcanzables, nos habíamos jurado no abandonar jamás.

Recordamos con cariño las anécdotas que llenaban nuestros días: las travesuras de oficina, las bromas entre compañeros, los momentos de camaradería que nos unían como familia. Cada jornada era un viaje por el laberinto de la burocracia bancaria, con sus altibajos y sus sorpresas que emergían cuando menos lo esperábamos.

Los primeros años todo era novedad, y por eso los atesoramos como se atesoran las primeras veces. Pero los años siguientes ya tenían memoria con qué comparar, y empezamos a creer que la vida nos repetía sus historias, apagando poco a poco esa chispa de lo desconocido.

Ahora, en el crepúsculo de nuestros años dorados, nos invade la añoranza —esa melodía suave que nos devuelve al pasado— y nos trae recuerdos de tiempos felices. Llegamos ya mermados; el cuerpo nos cobra, con intereses de usurero, cada trasnochada que le exigimos en la juventud. Aparece un achaque nuevo cada día, hablamos más y hacemos menos. Se van yendo, eventualmente, nuestros amigos y seres queridos, como hojas que el viento arranca del árbol de la existencia.

Nuestras conversaciones ya no giran en torno a informes financieros ni estrategias de inversión, sino a temas más cercanos al corazón: la salud, los medicamentos, las visitas al médico, las dolencias que nos acechan con los años. Un ciego famoso, Borges, anotó alguna vez, con ironía: «No soy viejo, pero hace mucho tiempo soy joven». Y siguió disfrutando la maestría de vivir, él que —decía— «con magnífica ironía, recibió a la vez los libros y la noche».

Pero incluso en medio de la melancolía encontramos motivos para reír, para sonreír ante el contraste entre el ayer y el hoy. Nos reímos de nuestras propias limitaciones, de nuestras anécdotas de despistados, de cómo el tiempo transformó nuestras vidas de un modo que nunca anticipamos.

Entre risas y recuerdos, entre suspiros de melancolía y momentos de gozo, bordamos con hilos de colores la trama de nuestras vidas, llena de matices y claroscuros. Pero, sobre todo, impregnada de amor y de amistad. Porque lo que realmente importa no son los números en una cuenta bancaria, sino los lazos que nos unen como compañeros de vida y de aventuras compartidas.

Juventud, qué lejos estás. Y sin embargo, si por ventura nos devolvieran las facultades que el tiempo nos fue quitando, seguramente volveríamos a cometer, uno a uno, los mismos errores de aquella época dorada: envejecemos, en el fondo, para volver a ser niños, aunque vamos claudicando poco a poco ante los sueños de la infancia y nos consolamos con doctrinas que nos absuelven de no haber cumplido la proeza de realizarlos. La juventud y la vejez son, después de todo, las dos caras de una misma moneda: una nos empuja a conquistar el mundo con nuestros sueños más audaces; la otra nos invita a detenernos y a valorar la sabiduría —y también la belleza de lo simple— que solo dan los años.


El Reyecito y sus andanzas por las casas del placer furtivo

Permítanme transportarlos a esos viejos tiempos del banco, donde los personajes eran tan peculiares como hilarantes. Hoy les presento a Gustavo Quintero, mejor conocido como el Reyecito —o el Reyeno, por su contextura física—: un hombre discreto y callado, pero cuyas ocurrencias nos hacían más amables las intensas jornadas laborales.

Con su estatura diminuta y su corazón enorme, el buen Gustavo irradiaba simpatía. Lo que más llamaba la atención era su inseparable corbata, que llevaba puesta hasta los fines de semana, para ir a hacer mandados a la tienda de la esquina. Uno lo veía sin ese aditamento y ya no lo reconocía, como si el hombre y la corbata fueran una sola entidad indivisible.

En esos tiempos en que los profesionales no abundaban, cada vez que entablábamos conversación, el Reyecito encontraba la manera de mencionar, con mucho orgullo, a «su hermano el profesional». No importaba de qué habláramos: él siempre lograba meterlo en la charla, sobre todo cuando quería impresionar a alguna posible conquista —una estrategia tan predecible como entrañable—.

Tenía también sus secretos. Mantenía una amiguita en la Administración de Hacienda, y a mí, como mensajero, me tocaba llevarle los recaditos de amor. Cuentan las malas lenguas —de esas que no me gustan pero me divierten demasiado— que la susodicha le llevaba, de paso, algunos calendarios de más.

Existían entonces los mal llamados viernes culturales —nunca supe de dónde salió lo de "culturales"—, la excusa perfecta para que el Reyecito, después de una semana dura, se echara su canita al aire. A esas salidas se sumaban otros personajes curiosos: el perro Quintero —imagínense de dónde vendrá el apodo—, Alberto Ochoa, a quien el Negro Rubén bautizó Tenorio por lo de don Juan, y algunos más que solían visitar a Melania, la Madame —una versión ligera de la legendaria Marta Pintuco—, dueña de una casa de lenocinio donde los amores fugaces se vendían al por mayor. Melania y sus alegres musas de la noche daban clases prácticas de deportes de alcoba: primero la práctica sobre el terreno; la teoría, ya se sabe, vendría después.

Al llegar, un resplandor carmesí se filtraba por las entradas, como un faro que guiaba a los navegantes del placer. Unos ojos expertos nos examinaban por un discreto orificio en la puerta —los centinelas del deleite, decidiendo con su mirada si éramos dignos de cruzar el umbral—. Bastaba un gesto para abrirnos las puertas del edén o condenarnos al purgatorio de la frustración.

Ah, otros tiempos aquellos, de locura y desenfreno, donde el Reyecito y sus amigos eran los reyes de su propio reino efímero. No los juzguemos: ¿quién no ha sido joven y ha cometido alguna pilatuna etílico-amorosa? Lo importante es recordar esas anécdotas con cariño, celebrando la vida y sus pequeños placeres, por fugaces que fueran.

La casa de Melania quedaba por los lados del barrio Colombia o San Diego, y fue el mismo Reyecito quien nos guio por esos caminos, como Virgilio llevando a Dante —aunque por círculos bastante menos divinos—. Allí se transformaba en un verdadero monarca, rodeado de su corte de doncellas que lo conocían y lo veneraban. Su único punto flaco: se emborrachaba con una facilidad pasmosa. «Se paraba en una tapa de cerveza y con eso quedaba ebrio», decía Alberto Ochoa entre risas.

Pero Melania, siempre atenta a sus clientes distinguidos, tenía el remedio infalible: un consomé levanta-muertos, de menudencias de pollo con jugo de limón, que devolvía la dignidad perdida entre copa y copa. El Reyecito era cliente tan querido que hasta crédito le fiaban, privilegio reservado a los parroquianos de mayor confianza.

Y hablando de créditos: cuenta la leyenda que una vez el Reyecito quiso pagarle a una de las chicas con un billete de cien pesos cuando el servicio solo valía cincuenta. Ella, con la picardía de siempre, le contestó:

—Oye, Gustavo, vas a tener que salir al segundo round, porque no tengo cambio.

Ahondemos un poco más, ya que estamos, en los pequeños engaños de aquellos reinos prohibidos. En esos antros de media luz, al calor de los primeros tragos, todas las damiselas de compañía lucían como reinas de belleza —de ahí, sospecho, el viejo apelativo de embellecedores para esos tragos, y doy fe con la autoridad que da la experiencia—. Con unas copas encima, esos rostros maquillados adquirían un aura irresistible, y el Reyecito y sus amigos caían rendidos, convencidos de estar en compañía de diosas terrenales, cuando la realidad era, digamos, algo menos celestial.

Ah, el cruel desengaño que esperaba a la mañana siguiente. Uno se despertaba —aparte del guayabo— pensando que había pasado la noche con una Natalia París o una Sofía Vergara, y se encontraba con un severo reque de vieja. La magia se rompía sin piedad. Porque el enguayabado, para quien no lo sepa, es un ser lastimero que quiere arrepentirse de todo: de lo que hizo la noche anterior y de lo que ya no recuerda. Sufre en lo físico y en lo moral; es, en rigor, un pobre diablo con un infierno en el estómago y otro en la conciencia.

Y sin embargo, ni el guayabo ni el desengaño detenían a los más aventureros de repetir la experiencia una y otra vez, como si la memoria selectiva fuera un don concedido especialmente a los trasnochadores impenitentes.

Ah, la ironía de la vida. Ahí estaba yo, como pez fuera del agua, actuando de chaperón involuntario mientras mis amigos se entregaban a los placeres mundanos. Anatómicamente habría podido lanzarme a la aventura, pero mi bolsillo no estaba tan bien dotado del vil metal como el de mis compañeros de travesía —una limitación tan prosaica como definitiva—. Me convertí, entonces, en observador atónito de toda la parafernalia de damas alegres que se dedicaban a tomar pistola: un trago sin trago, ideado para exprimir la billetera del incauto huésped, y que a ellas les dejaba una jugosa comisión por cada ronda despachada. Festín para sus bolsillos; pesadilla financiera para el desprevenido don Juan.

Ahí estaba yo, alimentando el ojo con un espectáculo que no se ve todos los días, mientras mi bolsillo quedaba, por fortuna o por pobreza, intacto. Al menos volvía al banco con una anécdota más para el repertorio. ¿No es así, después de todo, como funciona la economía de las experiencias vividas?


¡El Reyecito y la tractomula infernal!

En los tiempos dorados del banco, cuando los números bailaban al ritmo de la calculadora y las hojas de contabilidad se apilaban como montañas, existía una máquina temida por todos: la tractomula. Un armatoste de metal y engranajes que engullía cifras y escupía informes, manteniendo las finanzas del banco en orden con la precisión implacable de un dios menor.

El Reyecito era el único capaz de domarla. Día tras día se subía a su trono de acero y surcaba las olas de datos, sorteando errores y cuadrando cuentas con precisión milimétrica, como un navegante solitario en un mar de cifras infinitas. No era trabajo para cualquiera: la soledad era su compañera, interrumpida apenas por el murmullo de la impresora y el tintineo de las teclas. Las horas extras se acumulaban en su bolsillo como monedas, atrayendo a algún aventurero sin miedo al tedio, como Fernando Castañeda, que también se atrevió a domar a la bestia.

¿Se imaginan cometer un error ahí? Una hoja mal escrita, un número fuera de lugar, y el caos financiero se desataría como plaga bíblica. Sudor frío le corría por la frente al Reyecito cada vez que lo pensaba. Pero él, con su carácter firme, terminó conquistando y domesticando a la tractomula, convirtiéndola en su aliada —y convirtiéndose él, de paso, en una pequeña leyenda del banco: el héroe anónimo que mantenía las finanzas en orden y a los números bailando al compás de la calculadora.


Hernando Balvín: el muy querido y recordado Negro Balvín

Ya les presenté antes, de pasada, al flamante recién egresado del SENA que llegó pidiendo la luna en su primer día de trabajo. Pero quiero contarles ahora quién era en realidad Hernando Balvín, más allá de aquella entrada triunfal. En mis casi quince años de trinchera bancaria fue uno de esos personajes que a uno lo marcan para siempre. Compartimos puesto de trabajo y fui testigo de todas sus corridas de teja.

El Negro Balvín tenía una mente prodigiosa para los números de cuenta de los clientes. Imagínense: en una época prehistórica, sin computadoras, trabajando a lo picapiedra, él se sabía de memoria todos los números —oficiales, comerciales, personales— con una facilidad que dejaba a la gente boquiabierta. Los clientes se sentaban con Arturo Giraldo, nuestro jefe de cuentas corrientes, y bastaba con que Arturo preguntara en voz alta:

—¿Negrito, cuál es la cuenta de fulano?

Y Hernando, como un ordenador andante, soltaba el número completo con todos sus dígitos imposibles. La gente se partía de la risa y del asombro, como quien presencia un acto de magia cotidiana.

Venía de una familia numerosa, oriunda de un lugar cercano a Yarumal, Antioquia —Los Llanos del Cuivá—, donde, según él mismo contaba, la gente se casaba entre primos y había tres o cuatro Balvines por habitante cuadrado. De hecho, Hernando era Balvín por los dos apellidos, y si uno seguía escarbando en su árbol genealógico encontraba más Balvines todavía enredados en las ramas. Él mismo bromeaba con que eso de que se le corriera la teja de vez en cuando tenía mucho que ver con los parentescos entre sus padres. Su madre, según recuerdo, tuvo dieciocho hijos y apenas cumplía quince años cuando nació Hernando: su regalo de quince primaveras.

Vivía orgulloso de su origen y decía, con humor, que venía de un pueblo donde nacían muchos y se criaban pocos —¡todos se morían de hambre!—, de calles pavimentadas con cabeza de cristiano, donde no se le temía a nada más que a una ira de Dios y a una escasez de mujeres. Se vanagloriaba, además, de tener la salud del burro y la fe del carbonero.

Recuerdo bien el día en que Jaime Obando y Bernardo Rivera intentaron llevarlo a una evaluación médico-psiquiátrica. No le dijeron nada, solo que los acompañara. Salieron del banco, y más adelante, cruzando el Parque de Berrío, voltearon a mirar: el negrito había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra o su instinto de supervivencia lo hubiese alertado del peligro.

En otra de sus crisis lo internaron, con medicamentos fuertes de por medio, en el hospital mental de Bello. Cuentan que, al llegar, encontró a todos los pacientes reunidos frente al televisor, entretenidísimos. ¿Y qué hizo Hernando? Lo apagó, y les dijo que hicieran algo productivo. Sobra decir que casi lo linchan. Así era él: un personaje único e irrepetible.

Hay otra anécdota suya que, aunque trágica en el fondo, es de las que más me ha hecho reír, y retrata a la perfección su singularidad. El hermano mayor de Hernando falleció en un accidente mientras conducía el vehículo repartidor de la panadería familiar, por los lados de Girardota. En el banco, cuando fallecía un familiar, uno tenía derecho a tres días libres por duelo, permiso que emitía Ligia Isabel Arias, secretaria de la administración. Ella notó que Hernando no los reclamaba, y le preguntó, con su curiosidad de siempre:

—Negrito, ¿y usted no va a sacar los días libres por su hermano que falleció?

A lo que Hernando, con toda la naturalidad del mundo —que por esos días andaba en sus cabales—, respondió:

—No, Ligia Isabel, yo verdaderamente no siento nada por el difunto. Además, ya estaba muy viejito, y esa gente así es mejor que vaya saliendo de circulación.

Imagínense la cara de Ligia Isabel. Pero la historia no termina ahí: en una visita a la casa de doña Teresa, la madre de Hernando —señora mayor, conversadora y muy querida—, Ligia fue testigo de otra escena pintoresca. La casa funcionaba también como panadería familiar, y mientras recorrían los estantes llenos de pan fresco, el padre de Hernando las seguía de cerca, vigilante, para que a nadie se le fueran a ir las manos con un pan de más. Toda una estrategia de seguridad digna de película cómica.

Mis jornadas comenzaban muy temprano, sobre todo después de los fines de semana, y ahí estaba siempre el Negrito Balvín, secundándome en mis labores. Éramos, como él decía, parceros —fue la primera persona a quien le escuché esa palabra, hoy tan conocida en el mundo como el café colombiano, y que entonces nadie más usaba—.

Por las mañanas me invitaba a desayunar en un lugar peculiar: un restaurante pueblerino de don Próspero, en los bajos del Edificio Portacomidas, en la Plazoleta Nutibara. Don Próspero era paisano suyo de Los Llanos del Cuivá, lo que nos garantizaba atención más rápida, mejores porciones y, si se ofrecía, hasta crédito. Hernando tenía con el viejo —rechoncho, descuidado en su arreglo, una suerte de Santa Claus jubilado y menos pulcro— una amistad estrecha; se divertía, además, con sus propias ocurrencias, pues según él don Próspero era "más verde que una iguana en un llerval". Cuando llegábamos, Hernando le decía: "Don Próspero, hoy quiero lechita caliente en totumita de cuero", y el viejo captaba el doble sentido y se reía con la complicidad de quien entiende la broma sin necesidad de explicaciones.

El menú era una delicia: desayuno montañero con huevo revuelto, arepa afrechuda, queso, mantequilla, todo artesanal y de campo, y una taza de chocolate con canela para chuparse los dedos. Pero Hernando siempre me advertía:

—Parce, limítese a comer y no mire mucho para los lados, que no se me vaya a fruncir.

Fruncir —otro verbo de su cosecha— quería decir asustarse. Y con razón: el día que decidí hacer un escaneo disimulado del lugar, descubrí un par de gatos paseándose con toda la elegancia del dueño entre los alimentos sin preparar. Y donde hay gatos, pensé, seguramente hay también ratones viviendo la vida loca, y tal vez alguna cucaracha voladora. ¡Uy, tenaz, parce!

Con todo y eso, la comida de don Próspero tenía una sazón campesina capaz de hacer olvidar cualquier reparo sanitario. Hernando entraba siempre de espaldas, sin mirar para ningún lado: "Es el secreto para disfrutar de un buen desayuno sin sobresaltos", aseguraba con una sonrisa. Así empezaban nuestras mañanas, entre risas y anécdotas, con el Negrito Balvín, capaz de convertir cualquier situación —por trágica que fuera— en una historia digna de contarse.


El Tigre Julián y el bar de las conejitas

En el géiser de mis recuerdos siguen brotando anécdotas de aquellos días. Hoy le toca de nuevo el turno a Julián PalacioJulio, o el Tigre, como también lo llamábamos, por aquel saludo suyo tan propio: "¡Hola, Tigre!"—. Con él vivimos un capítulo especialmente memorable, junto a su mejor amigo, Darío, compañero de estudio y parcero de vieja data.

Darío era el clásico hijo de papi y mami, de esos que trabajan en la notaría familiar haciendo vueltas y poco más. Pero no se crean: el tipo era un partidazo, con plata de sobra y un físico que ya quisieran muchos. Las mujeres caían rendidas a sus pies como moscas a la miel. Julián, en cambio, era otro cantar. Nunca le conocimos novia ni ligue. Él mismo decía que con su labia no vendía ni un tamal en un terremoto, que no convencía ni a un perro de comerse un hueso. Y tenía razón.

Un día, después del trabajo, nos fuimos los tres a echarnos unos embellecedores. Darío, generoso como siempre, nos invitó a un bar de caché en Maracaibo, cerca de la Junín: el Bar de las Conejitas. Todos conocíamos su fama, y la curiosidad hizo el resto. Apenas nos sentamos, los tragos empezaron a caer uno tras otro, y los efluvios etílicos hicieron su efecto. Darío, conocido y celebrado en el lugar, entró en confianza con las chicas y con el administrador, y nos dieron trato de reyes.

Como no había mucha gente esa noche, Darío aprovechó para poner en marcha su plan maestro: hacernos, a Julio y a mí, un favor. Tras unas negociaciones relámpago, salimos ya entrada la noche en busca de un lugar adecuado, y aterrizamos en Residencias Primavera: tres parejas listas para lo que viniera.

Cumplidos, sincronizadamente, nuestros deberes extraconyugales, cada uno tomó su rumbo. Días después, Julio me confesó una infidencia: mientras la chica que había estado con él se duchaba, aprovechó para sacarle del bolso el dinero que le había pagado por la noche.

—¿Tigre, por qué hiciste eso? —le pregunté, incrédulo.

—Es que yo esos servicios no los pago —contestó con total naturalidad—. Porque el que pone la energía soy yo. Y además, ellas disfrutan más que uno.

Y ahí me dejó, sin palabras, pensando que a este Tigre no había quien le ganara una discusión, por absurda que fuera su lógica. Porque esa era la filosofía de Julián: convertir hasta sus propias trampas en un argumento irrefutable, al menos dentro del pequeño universo donde él era el único juez y el único jurado.

Así era el Tigre, y así éramos casi todos en aquellos años del banco: capaces de convertir un desliz en anécdota, y una anécdota en leyenda, mientras cuadrábamos las cuentas ajenas con más rigor del que le poníamos a las propias. Puede que el balance moral de aquellas noches no cerrara del todo, pero esa es, como tantas otras cosas de la juventud, una cuenta que uno decide, con los años, no volver a revisar. Y así, entre errores propios y ajenos, entre risas que hoy suenan distinto de como sonaron entonces, seguimos cuadrando la memoria: no porque cierre bien, sino porque, a fin de cuentas, sigue siendo la nuestra.

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Comentarios

  1. Abelardo, no te imaginas cuánto he disfrutado y me he reído de todas las pilatunas, vividas por ustedes en esa época. Tu forma de escribir me recuerda mucho la manera de escribir del Doctor Jorge Franco, quien escribió "Hildebrando" en ese libro narra la vida de un médico que vivió aventuras muy parecidas, en la época del Guayaquil entre los años 40 y 70. ~Limontoya64

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  2. Ay, Abelardo, no he hecho sino reírme leyendo tus escritos, repasando los, una y otra vez.
    Qué recuerdos aquellos, que días aquellos y que nostalgia tan grande frunce el corazón al repasar tus líneas. ~Fernando C.~

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  3. Sin palabras, todo excelentemente documentado, no se escapa nada, recordar es vivir........ Que personajes 😂😂😂😂😂.
    Ojalá no se agoten los escritos y las anécdotas 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 ~Jairo~

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  4. Jairo totalmente de acuerdo contigo, que personajes como olvidarlos y esa descripción que hace Abelardo y como cuenta todas esas anécdotas me encanta! ~Dolly~

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  5. Me gusta tu libro, más allá de la historia, de experiencias compartidas, me gusta la forma como narras. Espero un buen desenlace de este libro y espero también que continúes escribiendo otros libros, más poemas, reflexiones. Son agradables y muy interesantes. ~Beatriz~😊

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