& 14 - Trece almas, un sueño
Capítulo 14
Trece almas, un sueño
—¡Allá, al fondo! ¡Donde está la puerta abierta! —le gritó mi madre al conductor del trasteo, señalando nuestra casa nueva con la seguridad de un capitán que avista puerto.
El hombre sonrió con malicia cuando llegamos. La puerta no estaba abierta: no había puerta. Así entramos a Cristo Rey, con nuestro carrusel de chécheres y la primera carcajada de muchas que nos iba a dar esa casa.
Llegamos a ese barrio más por las vueltas de la vida que por elección propia, y desde el primer día se notó que no encajábamos. Alrededor estaban las urbanizaciones de las grandes empresas, Avianca, Colcafé, la Nacional de Chocolates, todas iguales, ordenaditas, y en nuestra cuadra mandaban las casas de los agentes de policía, cortadas con la misma tijera. En medio de todo eso apareció la nuestra, hecha toda de plancha, más grande que las demás, levantada por la terquedad de Gonzalo y la ayuda de don Jesús Mejía en un terreno donde nadie había pensado construir. Éramos los más pobres de la cuadra, los dueños de la casa más grande y la familia más numerosa. Ni por plata ni por diseño cabíamos en el molde, y quizá por eso mismo el barrio nunca nos olvidó.
El agua fue una novela por entregas. Al principio la conseguíamos con mangueras y favores de los vecinos, en un ir y venir que terminaba siempre igual: alguien cerraba la llave sin avisar y nos quedábamos con la manguera seca en la mano. Mi madre aprendió rápido. Cuando el vecino cortaba el agua, ella ya tenía llena una caneca gigante. La luz nos la trajo don Carlos Cano, un electricista conocido de mi madre desde Itagüí, que con su destornillador y su buena voluntad nos tendió una instalación tan ilegal como generosa. Era luz de contrabando, pero alumbraba igual que la de los policías.
Mi madre armaba la casa con lo que encontraba. Las cobijas eran un remiendo de colores y de telas que no se conocían entre sí; las camas, tablones que hacían lo que podían. Cada vez que salía a la calle volvía con algo: una bolsa de arena, un pedazo de tabla, cualquier cosa que sirviera para seguir levantando el nido. Nunca se le ocurrió que hubiera otra manera de vivir que esa, con la risa por delante y la caneca llena.
A veces, al despertar, encontrábamos unas moneditas junto a la almohada. Nadie preguntaba de dónde salían. Mi madre las recogía sin aspavientos, se las guardaba en el delantal y al otro día las convertía en pan.
En la escuela, cada uno siguió su camino. Martha, Edilma y Nohemy tuvieron la suerte de que la suya quedara a dos cuadras. Francisco empezó a estudiar un poco más lejos. Yo seguí en la Escuela Simón Bolívar, y eso me devolvió a las caminatas largas y solitarias de cada mañana, como cuando iba a pie de la hacienda hasta San Carlos. Había cambiado el paisaje, pero no la distancia.
Lo que nos salvaba a Francisco y a mí era el fútbol. Andábamos juntos para todo, y la pasión nos venía de aquella tarde en que Alfonso nos llevó al estadio, la única vez que fuimos con él, a ver a Nacional contra Tolima. Empataron tres a tres. De ese partido me quedaron el rugido de la tribuna, el verde de la cancha, las banderas al viento y una fiebre que ya no se me quitó. Eso sí, desde el principio nos repartimos los colores: yo, de Nacional; Francisco, del Medellín.
En la casa había un solo radio, y los domingos se convertía en un campo de batalla. Después de muchas peleas firmamos un pacto de caballeros: cuando Nacional jugaba de local, el dial era mío, y cuando jugaba el Medellín, era de Francisco. El pacto funcionaba muy bien hasta que llegaban los hermanos mayores, que no sabían ni les importaba quién jugaba, y se adueñaban del radio para oír música. Entonces nos tocaba salir a la calle como nómadas del dial, recorriendo el barrio en busca de una transmisión. Llegamos a ser expertos en detectar radios a todo volumen a través de las paredes.
Y si no había radio, quedaba otro recurso. En los últimos quince minutos de cada partido en el Atanasio Girardot abrían las puertas del estadio para que fuera saliendo el público, y nosotros caminábamos hasta allá solo para ver ese pedacito final. Una vez, en un clásico entre el Medellín y Nacional, no me aguanté las ganas de verlo entero y me trepé a lo más alto de una de las torres de iluminación. Subí con la correa del pantalón amarrada en bucle a los pies, y desde allá arriba vi el partido como nadie, mientras desde las tribunas la gente me aplaudía la osadía. Hoy, desde la prudencia de los años, no sé si ese recuerdo me da más risa o más susto.
Un día descubrimos que el Medellín entrenaba en la cancha de Industrias Haceb, a pocas cuadras de la casa. Para dos muchachos que habían pisado un estadio una sola vez, aquello fue como tener a los dioses de vecinos. Mario Agudelo, Ricardo Ramaciotti, Germán «Cuca» Aceros, Omar Orestes Corbatta, Dante Álvarez: los nombres que oíamos en el radio estaban ahí, a pocos metros, sudando como cualquiera. Los fines de semana la cancha de Haceb se llenaba también con partidos de barrio, y para jugar nosotros teníamos el baldío de Industrias Noel y El Morro, una loma grande pasando la avenida Guayabal, que hoy es el cementerio Campos de Paz. Allí soñábamos con jugar algún día en el Atanasio Girardot.
El alimento de esos sueños era la revista VEA Deportes. Cada lunes, al salir de la escuela, nos íbamos a escondidas a la parte de atrás de Litografías Medellín, donde la imprimían, y escarbábamos en la basura buscando las portadas que habían salido defectuosas. Encontrábamos a Floreal Rodríguez volando por los aires, a Corbatta cobrando un tiro libre, a Perfecto Rodríguez celebrando un gol. Lo mejor era que esas portadas todavía no habían salido a la venta: durante unos días, nuestros ídolos eran un secreto de los dos. No nos importaban la mugre, ni el olor, ni la mirada del celador.
Después del fútbol, las tardes eran de música: Los Teen Agers y Los Corraleros de Majagual, cuyas canciones nos sabíamos de memoria aunque no tuviéramos con qué comprar un disco.
Pero el tesoro más grande de esos años no salió de la basura sino del monte. Una mañana, en un entrenamiento del Medellín en la cancha de Haceb, mientras los arqueros practicaban, Nelson Cabezas soltó un cañonazo que mandó el balón por encima de las mallas, hacia la maraña de maleza y árboles que había detrás. Los utileros lo buscaron un rato y se dieron por vencidos. Francisco y yo no. Habíamos visto exactamente dónde cayó, y esperamos a que oscureciera. Volvimos con una bolsa y con la memoria por todo mapa, y nos metimos en la maleza. La búsqueda fue larga, y cuando ya estábamos por rendirnos, mis pies tropezaron con algo redondo. Era un Adidas número 5, de los profesionales, de los que nosotros solo veíamos de lejos.
Volvimos a la casa con el corazón a mil, entre la euforia y un poquito de remordimiento, y esa noche dormimos abrazados al balón como si fuera una copa. Durante esas vacaciones y los dos años que siguieron, no hubo día sin él. Yo era su guardián, y lo cuidaba como si fuera de cristal.
Por eso todavía me duele lo que pasó. Un vecino que iba de paseo con la familia en tren a Puerto Berrío me lo pidió prestado. Algo me decía que no, pero la cortesía pudo más. En el vagón, los niños, sin nadie que los vigilara, se pusieron a patearlo de un lado a otro, y los tornillos que sobresalían del techo le abrieron las costuras. Me lo devolvieron destripado. El responsable nunca dio la cara ni ofreció arreglarlo.
Después vinieron otros balones, pero ninguno fue como aquel. Todavía hoy, cuando veo un Adidas número 5, me acuerdo de los tornillos de aquel vagón.
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- 0 - ROLOGO Pinceladas de Recuerdos
- 22 -Una Melodía de Anhelos y Desencuentros
26 -Del Humor al Recuerdo: Historias del Banco y Sus Personajes
- 29.-Cuando el Banco se Convierte en tu Segundo Hogar
- 30.-Historias de Amigos y Aventuras: Galería de personajes bancarios
- 31.-Raspando la «olla anecdótica
- 32.-El Pulso de una Ciudad: Medellín entre la Nostalgia y el Temor
- 33.-Semillas al viento: La odisea de la familia Salazar Suárez
- 34. -Medellín en los 80: Memorias de una Ciudad en Dualidad
- 35.-Maleta de Sueños: Crónica de un Viaje sin Retorno
- 36.-Quemando las naves del destino
- 37.-Aromas de esperanza: Renacimiento en el barrio griego de Montreal
- 38.-La Huella del Exilio: Entre el Frío y la Esperanza
- 39.-Danza de Recuerdos: Espejismos en la nieve
- 40.-Un Alma Suspendida entre Dos Mundos
- 41.-Entre Sombras y Lluvia: Memorias de un Alma Errante
- 42.-El Laberinto del Renacimiento: Un Viaje del Alma
- 43.-El Refugio de la Esperanza: La eternidad de un instante
- 44.-Entre risas y lágrimas: El dulce misterio de vivir
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Acá con este escrito. Se puede decir no los caminos de Itagüí, sino los caminos de la vida, esta canción encierra, todas esas anécdotas que escribes, una canción dedicada a estas madres, tan luchadoras, al ir y venir de esta vida cotidiana. Felicitaciones cada día me encantan más tus escritos... Dolly
ResponderBorrarUn gran homenaje a la tenacidad de tu mamá. Me conmovió mucho el destino trágico del balón Adidas#5, pero la enseñanza de su poder, como amalgama de sueños futboleros y juegos de adolescentes, es más poderosa que el valor del objeto físico, así como lo resaltas en el texto. ~Limontoya64~
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