No 11 "La danza de la luz y la sombra: Un viaje por la vida en la selva de cemento”

Capítulo 11

La danza de la luz y la sombra:
Un viaje por la vida en la selva de cemento


En los rincones más ocultos de la memoria —allí donde las despedidas se entrelazan con los reencuentros en un remolino de raíces fracturadas y brotes esperanzadores— se despliega el capítulo más nostálgico de nuestras vidas. Allí reside la melancolía más dulce, la que consuela con la intensidad de lo que fuimos y la promesa temblorosa de lo que aún podemos ser.

El año 1963 se grabó en el lienzo de nuestra historia familiar con un aire de dualidad: la partida de nuestro padre Juan, cuya sombra todavía se cierne sobre las noches más largas, y el nacimiento de Fabio, el retoño que llegó como amanecer inesperado tras la oscuridad. En esa paradoja descubrimos la enseñanza más pura: cada adiós esconde la semilla de un nuevo comienzo, cada dolor profundo porta la promesa de un consuelo venidero. Aquel año nos mostró el ritmo sagrado de la existencia —un baile entre finales que susurran nuevos inicios, entre inviernos helados que traen en su aliento el presagio de las primaveras.

Mientras avanzaban los meses, navegábamos un mar de emociones contradictorias. La ausencia de Juan se sentía como vacío insondable, herida abierta que el tiempo apenas comenzaba a cicatrizar. Sin embargo, la llegada de Fabio trajo luz nueva, chispa de esperanza que iluminaba los días más oscuros. Su risa infantil resonaba en la casa como melodía recordándonos que la vida, a pesar de todo, seguía su curso implacable.

En las noches de insomnio, cuando el silencio se volvía ensordecedor, me encontraba reflexionando sobre la fragilidad de la existencia. Pensaba en cómo cada despedida lleva consigo una lección, un recordatorio de que nada es permanente y cada momento debe ser atesorado. El pequeño Fabio, con su inocencia y curiosidad, se convirtió en el centro de nuestro universo. Sus primeros pasos, sus balbuceos y sonrisas eran bálsamos que aliviaban nuestras almas heridas. En él veíamos la promesa de un futuro mejor, la posibilidad de reconstruirnos.

Y entonces, una tarde, mientras mi madre mecía a Fabio en el corredor de la casa, noté algo extraño: las flores de papel que Alfonso había traído días antes —esas que cubría con parafina para venderlas en las calles— comenzaron a brillar con luz propia cuando caía la noche, sin vela ni lámpara cerca, como si hubieran absorbido toda la tristeza del día y la devolvieran transformada en claridad. Nadie comentó nada. Mi madre siguió meciendo al niño, yo seguí observando, y aquellas flores continuaron alumbrando el corredor durante semanas, hasta que una mañana dejaron de hacerlo, tan súbitamente como habían comenzado.

Así, el año 1963 se convirtió en símbolo de nuestra capacidad de resiliencia. Aprendimos que aunque la vida nos golpee con fuerza, siempre hay manera de levantarse. En cada lágrima derramada, en cada risa compartida, encontramos la fuerza para enfrentar el mañana.


El ocaso de la hacienda Dinamarca

La hacienda Dinamarca, con sus tierras generosas y cielos que parecían susurrar leyendas antiguas, fue por años el núcleo que sostenía nuestras vidas, el pulso que mantenía a la familia anclada a la tierra. No era solo un pedazo de campo: era refugio de raíces profundas donde los sueños de nuestros antepasados florecían en cada surco, donde el sudor derramado durante generaciones fertilizaba no solo la tierra sino también nuestras esperanzas. Cada rincón estaba impregnado de memorias, de risas y llantos, de alegrías simples y luchas silenciosas.

Pero como todas las cosas que parecen eternas, el tiempo comenzó a desgastar los cimientos de aquello que habíamos considerado inquebrantable.

Todo empezó a desmoronarse tras la partida de Don Delio, el patriarca cuya presencia era tan vital como el agua que nutría los cultivos. Luego, la ausencia de Juan terminó por sellar el destino de Dinamarca. Sin ellos, la tierra pareció perder su vigor, como si en su partida se hubieran llevado la esencia misma que mantenía viva la hacienda. Los corredores, que alguna vez resonaron con pasos firmes y voces vibrantes, ahora solo acogían el eco hueco de un pasado que se desvanecía. Los campos —antes rebosantes de vida, de maíz y plátano bajo el sol— se transformaron en desiertos de nostalgia, reflejos de la tristeza que nos invadía.

A pesar del duelo, una familia recién llegada de la capital antioqueña, los Ceballos, intentó con todo el ímpetu de su juventud devolverle a la hacienda el esplendor que alguna vez tuvo. Con manos decididas y corazones llenos de esperanza, quisieron sanar las heridas de Dinamarca, cultivando sus tierras con el mismo amor con que una madre cuida a un hijo. Pero el alma de la hacienda —esa fuerza invisible que solo los que crecimos entre sus campos podíamos entender— ya no estaba. Y como quien intenta detener el flujo de un río con las manos desnudas, los Ceballos se encontraron luchando contra el destino.

Poco a poco entendieron que la historia de la hacienda no les pertenecía. Que Dinamarca era un relicario de memorias ajenas, una tumba abierta que no quería cerrarse, y ellos solo eran actores temporales en una tragedia que ya había sido escrita mucho antes de su llegada. Cuando decidieron empacar y regresar, lo hicieron con el peso de la derrota sobre sus hombros, dejando atrás una hacienda que nunca pudieron reclamar como propia.

Nosotros, los hijos de la hacienda, observábamos en silencio cómo se cerraba el último capítulo de esa historia que fue nuestra. Dinamarca quedó sumida en el abandono —no solo físico sino espiritual. Lo que alguna vez fue el corazón palpitante de nuestra vida se había convertido en monumento silencioso al paso del tiempo, a lo inevitable de la pérdida. Y así, como flor que marchita cuando nadie la riega, Dinamarca se desvaneció en el paisaje, llevándose con ella los recuerdos de una era que, aunque se resistía a morir, no podía escapar de la realidad de su final.


El éxodo de Gonzalo y Alfonso

Fue en medio de ese paisaje desolado, entre los campos abandonados y las paredes derruidas de Dinamarca, donde nuestros hermanos decidieron que la única forma de salvar lo poco que quedaba de nuestro legado familiar era abandonar el hogar. Una ironía cruel: para preservar lo nuestro, debíamos traicionarlo. La tierra ya no ofrecía consuelo ni sustento, y la sombra de la muerte de Juan seguía alargándose sobre cada rincón. El llamado de la supervivencia era más fuerte, y así, con la tristeza a cuestas y la esperanza prendida de un hilo, se fueron en busca de algo mejor en la capital antioqueña, la ciudad que prometía oportunidades escasas y difíciles de alcanzar.

Gonzalo y Alfonso, hombres de carácter férreo, se lanzaron a las calles como náufragos buscando tierra firme. Sabían que no sería fácil, pero el destino les había enseñado a no ceder ante la adversidad. Gonzalo, con la cabeza en alto y mirada determinada, recorrió las polvorientas avenidas con una maleta llena de artículos del hogar: sartenes, cucharones, ollas y todo lo que pudiera vender puerta a puerta. Cada día era batalla contra la indiferencia de aquellos que apenas podían mirarlo a los ojos, pero él persistía. No importaba cuán vacíos estuvieran sus bolsillos al final de la jornada; lo único que lo movía era esa chispa tenue pero inextinguible de ofrecer un mejor futuro para los que habíamos quedado atrás.

Alfonso, por su parte, eligió otro camino igualmente arduo. Se paseaba por las plazas y esquinas con una cesta de chicharrones de coco y maní, productos humildes que preparaba con sus propias manos. Su voz resonaba entre los vendedores ambulantes, ofreciendo su mercancía con la gracia y el humor que lo caracterizaban. A menudo, el esfuerzo rendía pocos frutos, y las monedas apenas alcanzaban para alimentar su propia hambre, pero Alfonso nunca perdió el ánimo. Sabía que cada pequeño triunfo, cada chicharrón vendido, era un paso más hacia ese incierto futuro que buscaban construir.

Entre ambos tejieron una red de resistencia. Compartían historias al final del día, se apoyaban en los momentos de desesperación, y aunque sus caminos eran distintos, los unía un mismo propósito: no rendirse. Ni siquiera cuando el frío de la noche caía sobre sus cuerpos exhaustos, ni cuando la ciudad parecía volverse contra ellos, aplastándolos con la indiferencia de sus habitantes. Ellos, como titanes de la cotidianidad, avanzaban con pasos firmes, guiados por la única certeza que les quedaba: la familia que habían dejado atrás en Dinamarca, a la que no podían fallar.

La tenacidad de sus espíritus —ese impulso inquebrantable de quienes saben que no tienen otra opción que seguir adelante— quedó marcada en cada paso que dieron por las empinadas calles. Pese a no tener dinero en los bolsillos y vivir día a día al filo de la pobreza, nunca dejaron de soñar. Soñaban con un regreso triunfal, con el día en que volverían a casa no con las manos vacías sino con la promesa cumplida de un futuro mejor para todos nosotros. Gonzalo y Alfonso eran más que dos hermanos enfrentando el peso de la realidad; eran símbolos vivientes de una lucha que trascendía lo material, que se aferraba a algo más grande, más profundo: la supervivencia del espíritu y el renacimiento de un hogar que parecía perdido.


El encuentro con el destino

Bajo el manto de incertidumbre y la pesada sombra de la lucha diaria, fue la mano invisible de la providencia la que, en un giro inesperado, nos ofreció salvación a través de Gonzalo. Como si los astros hubieran decidido alinearse en un baile cósmico, fue un encuentro fortuito el que cambió el curso de nuestras vidas. Gonzalo, en uno de esos días donde la esperanza parecía desvanecerse en el horizonte, se cruzó con Ramiro Cardona, un viejo amigo de San Carlos cuya existencia siempre había estado entrelazada con la nuestra a través de hilos invisibles.

Ramiro, hombre marcado por las cicatrices de su propio destino, conocía bien los vientos tempestuosos que habían sacudido nuestra reciente historia familiar. Con mirada cómplice y sonrisa que hablaba de tiempos mejores, tendió un puente hacia la salvación. Recién mudado de su antigua casa, nos presentó a Don Jesús Mejía, su anterior arrendatario. Con el conocimiento preciso de quiénes éramos y lo que habíamos perdido, Ramiro aprovechó la oportunidad para informarnos que la casa quedaba libre.

Don Jesús, hombre cuya generosidad parecía no tener límites, aún creía en la nobleza de los pactos sellados con la simple fuerza de la confianza —en un mundo donde la palabra ya no tenía el valor que solía. A través de un acto de fe ciega y solidaridad humana, nos ofreció algo más que un techo bajo el cual refugiarnos: nos dio una nueva oportunidad, un lugar donde empezar de nuevo, donde los cimientos de nuestro futuro pudieran erigirse sobre la esperanza.

Este encuentro trascendió la fría formalidad de una transacción, de esas que se rubrican con un apretón de manos y un papel firmado. Lo que sucedió entre Gonzalo y Don Jesús fue algo mucho más profundo: un pacto sellado no con tinta sino con la promesa silenciosa de la palabra dada. Don Jesús, hombre de sagacidad y benevolencia, nos extendió una mano cuando más lo necesitábamos. No fue simplemente un arrendador, un hombre que intercambiaba un hogar por monedas; fue el arquitecto de nuestra esperanza, el guardián de un renacer que creíamos perdido.

Nos ofreció un hogar no solo como refugio físico sino como símbolo de redención, una señal de que el universo, en su inescrutable misterio, aún tenía espacio para la bondad. Con cada día que pasaba en esa casa, fuimos reconstruyendo nuestras almas desmoronadas por las pérdidas y el dolor. La casa que nos ofreció Don Jesús se convirtió en un faro que iluminaba el camino hacia una nueva vida, un respiro después de las tormentas, un espacio donde los sueños podían florecer nuevamente.

Los días pasaban en Dinamarca, y con cada nuevo amanecer la esperanza renacía en nosotros. Gonzalo y Alfonso, luchando aún en las calles, hallaron esa casa para alquilar que generosamente nos ofreció Don Jesús, conscientes ya de que nos mudaríamos pronto. Don Jesús, con su humilde generosidad, fue más que un mecenas; fue el hombre que, sin pretenderlo, nos ayudó a restaurar la fe en el futuro.

En su gesto vimos el destello de luz al final del túnel, tan brillante como la estrella del alba, guiándonos hacia un puerto seguro. En su figura encontramos no solo refugio sino también la promesa de un nuevo comienzo, un símbolo viviente de que incluso en los capítulos más sombríos, la humanidad y la bondad pueden florecer, ofreciéndonos la posibilidad de reconstruirnos, pieza por pieza, en un mosaico de nuevas esperanzas y sueños.

Una vez confirmada la noticia de la casa, Alfonso retornó de las calles y se sumó a los esfuerzos de lo que quedaba en Pedernales con Gilberto. Recuerdo con claridad el día maravilloso en que Alfonso regresó en una tarde, cargado de cajas llenas de los productos que vendía —algo novedoso para nosotros: chicharrones de coco, maní que preparaba con panela. Otra novedad era que él también hacía de forma artesanal flores de papel que cubría de parafina, técnica que nos mostraría después.

El regreso de Alfonso tuvo un impacto grande entre nosotros, tanto por la ayuda y disposición como por lo complaciente que era con todos. Siempre nos tenía un detalle que ofrecer. Trajo consigo una renovada esperanza para la familia Salazar. Su regreso, más que un acto de presencia, fue una decisión consciente de resarcir sus ausencias, reforzando el lazo familiar que la partida de Juan había puesto a prueba. Nos mostró que incluso en los momentos más oscuros, la familia encuentra la manera de reconstruirse y avanzar.

Después del feliz regreso de Alfonso, la dicha plena se completó con la llegada de Manuel y Gonzalo, este último portando la gran noticia de que tendríamos dónde llegar. Con su inquebrantable determinación y liderazgo, no solo encontró el modo de sobrevivir sino que también allanó el camino para que nuestra familia pudiese soñar con un futuro mejor. Cada decisión fue tomada sin mucho dinero en el bolsillo pero con un corazón lleno de coraje, simbolizando la esperanza de renacimiento y la importancia de las decisiones valientes ante la adversidad.

La familia Cardona, Los Plácidos con quienes trabajaba Gonzalo, y ahora Don Jesús —cada uno a su manera— se convirtieron en nuestros ángeles guardianes, tejiendo a nuestro alrededor un manto de solidaridad y apoyo inquebrantable. Nos demostraron que la amistad y la ayuda mutua son faros de luz en los momentos más sombríos.


El éxodo de San Carlos: una odisea familiar

En el umbral de 1964, cuando el tiempo se detuvo y el destino nos empujó hacia lo desconocido, dejamos atrás nuestro antiguo y añorado San Carlos, edén de montañas verdes y cielos despejados. La casa de nuestra infancia —ese baluarte de la memoria— se desvaneció en la niebla del tiempo, símbolo de nostalgia que nos perseguiría en los años venideros.

Rocío, nuestra hermana mayor, fue la primera en emprender el viaje hacia la lejanía. La enviaron a un convento en la capital, esa urbe fría y distante donde el bullicio ahogaba la suave melodía del viento entre los árboles de San Carlos. La ciudad, con su promesa de progreso y modernidad, nos esperaba con una mezcla de indiferencia y oportunidad.

Los caminos nos llevaron a este nuevo mundo, lleno de posibilidades y al mismo tiempo de incertidumbres, donde cada giro de la carretera parecía desafiar nuestro apego a lo conocido. Veía con nostalgia los verdes paisajes que se desvanecían a medida que avanzábamos, como un sueño que se disipa al despertar. El ruido del asfalto resonaba bajo los neumáticos, y con cada kilómetro que dejábamos atrás, también dejábamos una parte de nosotros mismos.

Las luces de la urbe parpadeaban a lo lejos, pero en su mirada fría no había calor, solo el eco de una historia que se negaba a ser olvidada. Poco a poco, el dolor de la separación se tornaba en anhelo profundo, como la tierra árida que clama por la lluvia. Así, nuestro viaje no solo describía distancias físicas sino que dibujaba el mapa de nuestras emociones, llenas de esperanza y de miedo, mientras nos acercábamos a la gran ciudad de las promesas.

Y mientras nos adentrábamos más en esta nueva realidad, luchábamos por encontrar un sentido, un propósito. Cada sombra de nuestro pasado se proyectaba sobre el horizonte, recordándonos lo que éramos y lo que habíamos dejado atrás.

El rugir de los motores —bestias metálicas hambrientas de progreso— reemplazó el dulce canto de los pájaros que antes nos despertaba. El murmullo incesante de las multitudes, como río turbulento de voces anónimas, ahogó el ruido del viento entre los árboles que antaño nos arrullaba. Cada kilómetro recorrido marcaba no solo una distancia física sino un abismo emocional entre lo que fuimos y lo que el destino nos obligaba a ser.

Al llegar, ya no éramos los mismos. Las montañas, el viento, los árboles y la tierra que nos nutrieron en San Carlos quedaron atrás, tan lejanos como los sueños de nuestra infancia. Rocío, ya instalada en el convento, nos esperaba en este nuevo mundo de cemento y cristal, un mundo que nos miraba con ojos indiferentes y fríos.

La capital antioqueña, con su caos y su promesa de futuro, nos ofrecía una página en blanco para escribir nuestra historia. Pero el eco de San Carlos resonaba en nuestros corazones, un recuerdo indeleble de lo que alguna vez llamamos hogar. Era como si lleváramos dentro un pedazo de aquella tierra, un fragmento de cielo que se negaba a desaparecer en medio del paisaje urbano.

Aprendimos a vivir con el ruido de la ciudad —ese monstruo de mil cabezas que nunca duerme— pero nunca olvidamos el silencio de San Carlos, ese silencio que era más presencia que ausencia. Llevábamos con nosotros las enseñanzas de esas paredes dejadas atrás, ahora solo vivas en nuestra memoria, como fantasmas que nos hablaban al oído en las noches de nostalgia.

Entre el asfalto y el cemento, comenzamos a tejer nuevos recuerdos sin olvidar nunca de dónde veníamos. En nuestras venas corría la esencia de San Carlos, y en nuestros ojos brillaba el reflejo de sus montañas aun cuando mirábamos los edificios que ahora nos rodeaban. Éramos como árboles trasplantados, con raíces que se extendían hasta nuestro pueblo natal, nutriéndonos de recuerdos y añoranzas.

La urbe nos acogió pero nunca nos adoptó completamente. Éramos forasteros en esta tierra de oportunidades, navegantes en un mar de concreto. Cada día era una lucha entre el pasado y el presente, entre lo que fuimos y lo que debíamos ser. Y en esa lucha, en ese choque constante entre dos mundos, forjamos nuestra nueva identidad en calles extrañas que aprendimos a reconocer como nuestras.



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