& 10 La Partida de un Padre

Capítulo 10

El día que la tierra también nos dejó

Para entonces, en la finca vivían tres familias llegadas de Medellín. Toñito Ceballos y los suyos se habían instalado en una de las casonas. En la más antigua, la primera que se levantó en aquellas tierras, de paredes tan viejas que parecían acordarse de todo, vivía su hermano José con sus dos hijos ya grandes, Eduardo y Nora, y bajo el mismo techo don Luciano y su esposa Céfora, hija adoptiva de José. Nosotros ocupábamos la de Pedernales, junto a la carretera. Era gente de trato amable, con la que cruzábamos saludos y algún favor sin mayor ceremonia. Nada en esos saludos dejaba sospechar nada.

Detrás de esa tranquilidad, sin embargo, se estaba decidiendo algo que nos tocaba a todos. Mientras nosotros tratábamos de acomodarnos a la vida en la finca, alguien negociaba su futuro a puerta cerrada. Los Ceballos lo sabían, y nunca dijeron una palabra. Se fueron yendo de a poco, sin explicaciones ni advertencias, y entre tanta confusión apenas nos dábamos cuenta de los vacíos que iban dejando. Los últimos, si la memoria no me engaña, se marcharon más o menos al tiempo con nosotros. Solo mucho después entendimos que la finca ya había sido negociada, y que habíamos vivido todo ese tiempo de espaldas a esa verdad.

De todo aquello, lo que se me quedó grabado fue el silencio. Ellos sabían lo que se estaba cocinando, y nosotros seguíamos haciendo planes, trabajando la tierra, agarrados a una estabilidad que ya no existía. Los ricos de mentiras éramos también los últimos en enterarnos. Y para completar la ironía, cuando por fin nos instalamos en Itagüí, los tuvimos de vecinos.

La muerte de don Delio nos había enseñado a convivir con una pregunta: qué iba a reemplazar los pedazos de lo que se había roto. Lo que no sabíamos era que detrás venía la otra, la nuestra, sin fecha ni forma. Mientras veíamos a mi padre apagarse, la hacienda entera parecía sostenerse sobre un papel firmado en algún despacho de Medellín que ninguno de nosotros había visto, y del que dependía, aunque nadie nos lo dijera con todas las letras, que siguiéramos teniendo un lugar donde despertar.

En medio de ese terreno movedizo, mi hermano Gilberto se mantuvo donde siempre: al pie de la finca, como si el cuerpo le hubiera decidido, antes que la cabeza, que alguien tenía que quedarse. No hablaba de lo que sentía; nunca lo hacía. Bastaba verlo salir antes del amanecer a revisar el ganado para entender que había cargado, sin que nadie se lo pidiera, con el peso de sostenernos. Alfonso, que había vuelto al redil cuando mi padre enfermó, se puso a su lado, y esta vez se tomó en serio las tareas de la casa. Entre los dos fueron, en esos meses, lo único firme en una casa que ya no sabía bien de quién era.

Sobre mi madre cayó la otra mitad de la carga, la más difícil de nombrar: ocho hijos que la miraban buscando una certeza que ni ella tenía. Mi padre, que había llevado el rumbo de la casa durante tantos años, se apagaba día a día sin que hubiera manera de detenerlo, y a ella le tocó gobernar una casa que hacía agua por todos lados. Leticia, la mayor de sus hijas, y los demás, que todavía no sabíamos bien qué queríamos de la vida, nos arrimábamos a ella como a la única lámpara encendida de la casa.

De Gonzalo, en Medellín, llegaban noticias breves, casi de telegrama, pero en ellas cabía, apenas y sin forma todavía, algo parecido a una posibilidad: que él, con esa astucia suya que no le debía nada a ninguna escuela, encontrara allá un resquicio para todos. Nadie en la familia se hubiera atrevido a llamarlo promesa. Era una luz del tamaño de un fósforo, de esas que uno tapa con la mano contra el viento sin saber si vale la pena, y aun así la tapa.

Por esos días empezaron las visitas de don Héctor Yepes, el único de los hijos de don Delio que vivía en San Carlos, donde tenía una tienda de variedades y un negocio de café. Llegaba siempre con la cortesía de quien ha sido educado para no levantar la voz. Hablaba de cosechas y de lluvias con la soltura de los que compran café, una naturalidad que casi lograba tranquilizarnos. Y sin embargo sus ojos —eso aprendí a leerlo antes de saber leer otras cosas— recorrían las vigas, los cercos y los cafetales con la atención de un comerciante que ya está haciendo cuentas. Nunca dijo la palabra desalojo. No le hacía falta. Una sola vez, al despedirse, dejó caer una frase que a mi madre le costó semanas descifrar: «Ya hablaremos con calma cuando pase el duelo». Sonaba a consideración, y era un plazo. Detrás de cada una de esas visitas estaba don Gustavo, su hermano, el que tenía en sus manos la firma.

En medio de esa espera, mi padre decidió un día llevarme al pueblo a comprar unos remedios. Salimos montados en el caballo cenizo de Gilberto, bajo un cielo que ya venía cargado. A la vuelta cumplió su amenaza: un aguacero cerrado, de los que no negocian, nos alcanzó a mitad de camino. Mi padre, con la terquedad de siempre, se negó a buscar dónde guarecernos. Yo iba aferrado a su espalda, y la ruana que debía protegernos se fue volviendo, empapada, un peso muerto sobre los dos.

Del frío de ese día no me acuerdo. Me acuerdo de que ahí empezó el final, aunque nadie lo dijera. Pocos días después tuvo que ser hospitalizado, y lo que hasta entonces se sostenía a fuerza de costumbre se vino abajo más rápido de lo que alcanzábamos a entender. Mi madre se fue al pueblo a cuidarlo, y en Pedernales nos quedamos frente a un silencio que nunca habíamos oído en esa casa. La ruana de mi padre seguía colgada de su clavo de siempre, esperando un cuerpo que no llegaba, y ninguno de nosotros se atrevía a decir lo que decía la ruana.

La volqueta del municipio llegó por nosotros de madrugada. En Pedernales solo estábamos Gilberto y yo. Me desperté aturdido, con el rugido del motor metido todavía en el sueño, y tardé en entender que ese ruido era por nosotros. Nadie me explicó gran cosa; no había tiempo para explicarle nada a un niño. Mientras los demás ya estaban listos para salir, yo seguía tratando de despabilarme, y por poco me dejan atrás.

En la cabina no cabía nadie más, así que me tocó irme solo en el volco. Estaba vacío, cubierto de arena y de polvo, y me pareció enorme, un cajón de hierro donde yo cabía muchas veces. Me arrinconé contra una de las paredes. Con cada bache la carrocería retumbaba como si alguien la golpeara por dentro con un mazo, y cada golpe me atravesaba el cuerpo antes de perderse en la penumbra.

La carretera destapada, que de día apenas incomodaba, se volvió un camino sin fondo. Amanecía despacio, con una luz gris que no calentaba nada, y el frío se me iba metiendo por la ropa mientras Pedernales se quedaba atrás. Nunca había estado tan solo. Allá arriba, en la cabina, iban los grandes; allá abajo, en el hierro, iba yo con mi miedo, que crecía con cada kilómetro. No sabía qué íbamos a encontrar al llegar. O lo sabía y no quería saberlo. El estruendo no me dejaba pensar, y quizá por eso pensaba en una sola cosa: en mi padre.

En la puerta del hospital estaba mi madre, deshecha. Me abrazó, y en ese abrazo, el único refugio que había esa mañana en el mundo, me envolvió un olor que no se me borró nunca: sudor, manzanilla y algo más que tardé años en entender que era, sencillamente, ella. Ese olor me ha vuelto a encontrar sin avisar en momentos muy distintos de mi vida, y cada vez estoy de nuevo en ese pasillo, a su lado, sin palabras.

Mi padre murió ese día, el 11 de octubre de 1963. No recuerdo ninguna señal en el cielo ni la hora exacta. Recuerdo el pasillo, a los grandes hablando de pronto en voz baja, y la manera en que mi madre dejó de sostenerse en pie. Lo había visto venir durante meses, como todos. No le sirvió de nada.

Esa misma noche lo velamos, según la costumbre de entonces, en nuestra casa humilde del pueblo. Llegaron coronas de gente que apenas conocíamos, y se levantó un altar que, más que consuelo, era un recordatorio insistente de lo que ya no estaba. El hospital, la casa del velorio y el cementerio quedaban a pocas cuadras uno de otro, como si el pueblo se hubiera puesto de acuerdo en no dejarnos alejar del asunto.

Gonzalo recibió la noticia en Medellín y se vino como pudo, empeñado en alcanzar el entierro. Llegó hacia las tres de la mañana. Lo recuerdo pasando junto al féretro: no se detuvo. Se tapó los ojos con la mano y siguió de largo, llorando, hasta perderse en una pieza. Él, en quien teníamos puesta la poca esperanza que nos quedaba, esa noche no fue capaz de mirar a su padre.

El entierro fue al día siguiente, 12 de octubre. Mi madre, que había sido nuestra roca durante meses, no pudo ir: se quebró antes de llegar a la puerta. El cuerpo le cobró de una vez toda la entereza que había tenido que fingir.

De regreso a Pedernales pasamos junto al cementerio y descubrimos que a mi padre todavía no lo habían enterrado. Nadie supo explicar el descuido, y nadie ofreció una disculpa que sirviera de algo: apenas un encogimiento de hombros, como si hasta la muerte necesitara que alguien le recordara sus deberes. Fue una herida pequeña encima de una enorme, y sin embargo fue la que más tardó en cerrársele a mi madre. En los días siguientes andaba por la casa con la mirada de quien ya no espera que el mundo se comporte como debe.

De lo que vendría después, nadie tenía certeza. Para nosotros la hacienda seguía en su limbo, esperando una firma de don Gustavo que quizá ya estaba puesta, y don Héctor volvería, sin duda, con sus visitas de cortesía impecable. Los mayores miraban a los chicos, y los chicos los mirábamos a ellos, y en esa mirada cruzada no había respuestas, solo la pregunta que nadie decía en voz alta y todos cargábamos: qué va a ser de nosotros. Nadie prometió nada; nadie tenía con qué. Lo único que quedaba era lo que Gonzalo lograra abrirse paso a codazos en una ciudad que ninguno de nosotros conocía todavía.

Esa noche, cuando por fin volvimos a Pedernales, el caballo cenizo de Gilberto esperaba solo en el corral; nadie lo había montado en varios días. Me quedé mirándolo un rato largo, sin saber por qué, hasta que entendí que no miraba al animal sino el espacio vacío sobre su lomo, el mismo que había ocupado mi padre bajo la lluvia, terco hasta el final, sin sospechar que ya se estaba despidiendo.

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Queridos amigos:

Al llegar al final de este capítulo, quiero expresar mi más sincero agradecimiento por formar parte de mi vida y acompañarme en este viaje literario. Los invito a sumergirse en estas páginas con el mismo cariño con el que las escribí y a compartir sus pensamientos, anécdotas y reflexiones con sus seres queridos. Sus historias son un valioso complemento a las mías, y nada me alegraría más que saber que estas memorias han tocado su corazón de alguna manera.

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Con todo mi afecto y gratitud,
Abelardo Salazar

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Comentarios

  1. Tienes excelente narrativa. Es agradable leer tu historia. Lo haces de manera pintoresca, emotiva, reflexiva, etc. Te felicito

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